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Diciembre 10, 2007
Una colección de tiempo encapsulado. Fernando CASTRO FLÓREZ
Originalmente en ABCD:
«Maté -escribe Warhol en sus Diarios- una cucaracha y fue un trauma». La vida de Warhol parece un combate permanente o, mejor, un olvido de lo siniestro. Sin embargo, el sentimiento de la fragilidad de la vida, la inminencia de la vejez, la proximidad del desastre, le obsesionan. Su búsqueda paranoica del glamour no consigue apartar la sensación áspera de una condena. El arte es en Warhol un paraíso de afectación, un espacio para el culto narcisista, pero también algo nimio en lo que se puede creer. La vida es para este artista algo horrible, por ello es la muerte el eje de la redención. Warhol es un artista de la desesperación, alguien que no confía en algo que fuera común, un experto en profilaxis. Las imágenes movidas, casi temblorosas, protegen frente al acelerado paso del tiempo. La detención es la estrategia warholiana; en un mundo de velocidad, él aparece como un secreto neoclásico, alguien que confía en los gestos congelados, en lo teatral, en lo deliberadamente decadente.
«Enfermas, te mueres». Si acaso hay alguna tragedia en Warhol será en su reducir las imágenes a cadáveres, a superstars crepusculares. El mito es sometido a hibernación. «¿Qué es la vida? Te pones enfermo -anota en sus Diarios con aparente frialdad- y te mueres. Eso es lo único que se puede hacer, estar lo más ocupado posible». Warhol es un incansable; son raros los días en los que no trabaja. Una jornada excepcional en la que hace el vago es porque se pone a pensar en las polillas de su alfombra. La imagen de lo que es devorado casi a traición paraliza a este artista, que retrata con la superficial despreocupación de un médico. Warhol está ocupado para no pensar en la destrucción irremediable. El arte exorciza la catástrofe: Marilyn contra las polillas. El tiempo es preservado en la repetición, en la charlatanería de las películas de la Factory, en la utopía del «tiempo real» filmado. En el fondo, nada le permite a Warhol apartar la idea de que él es una persona herida, un solitario por propia decisión, alguien para quien el sexo va asociado con una nostalgia inexplicable: «¿Cuánto tiempo te puedes pasar chupándole la polla a alguien?... No sé. Supongo que me he perdido muchas cosas en esta vida. Nunca he ligado en la calle, ni nada. A veces tengo la sensación de que la vida me ha pasado de largo». Warhol parece inmóvil, hierático, mientras todo pasa sin rozarle: la máscara soñada del glamour paraliza como la Gorgona.
Nos devuelven la mirada. El artista que pensó en vender su aura no ha renunciado a ese milagro que Benjamin encontrara en las cosas: éstas nos devuelven la mirada. El arte puede mostrar obscenamente sus cicatrices (como Warhol en la fotografía que Richard Avedon le hiciera mostrando el torso, melancólicamente, tras recuperarse del intento de asesinato perpetrado por Valerie Solanas), alardear de su fatiga, disfrutar, aunque parezca paradójico, del aburrimiento.
Puede que Ballard tuviera razón cuando dijo que Warhol era el Walt Disney de la era de las anfetaminas: «Las latas de sopa y las celebridades, los criminales y los disturbios racistas proyectados sobre seda resultan ahora incluso más vívidos que sus fuentes originales, y dejan a la vista la espeluznante banalidad del mundo que han creado las comunicaciones modernas». Con más propiedad que Dalí, a Warhol le venía «al pelo» el sobrenombre de Avida Dollars: lo suyo es el dinero y sobre todo la capacidad para gastarlo. «Me gusta -escribe en Mi filosofía de A a B y de B a A- el dinero en la pared. Supongamos que vas a comprar un cuadro de doscientos mil dólares. Creo que deberías coger ese dinero, atarlo y colgarlo de la pared. Así, cuando alguien te visitara, lo primero que vería sería el dinero en la pared».
El secreto de la mercancía. Puede que nunca dejara de ser un escaparatista, un experto en marketing, alguien que conocía el secreto de las mercancías. No por casualidad se apropió de las latas de estropajos Brillo. Tenía la certeza de que el guiso de la modernidad estaba completamente pegado en el fondo del cacharro. Acaso cuando orinaba sobre el lienzo o cuando empleaba semen para pintar estaba radicalizando el destino escatológico del arte y, al mismo tiempo, reclamando un contacto sexual que, por otro lado, le daba miedo.
Este singular Tancredo del arte contemporáneo que se autodefinió como una «máquina grabadora» tenía una enorme pulsión de coleccionista. Le interesaban sobre todo los muebles y los objetos decorativos; empleaba mucho tiempo y bastante dinero en comprar antigüedades en casas de subastas o mercados de viejo. El mismo Warhol dijo que estaba siempre tras el objeto de cinco dólares que realmente vale millones. Tenía en muchos sentidos rasgos de tacaño o por lo menos quería que el money fluyera hacia sus bolsillos. «Recientemente -escribió Warhol con un deje de estupefacción marca de la casa-, una empresa se mostró interesada en comprar mi aura. No querían mis productos. Insistían: "Queremos su aura". Nunca pude saber qué querían. Pero estaban dispuestos a pagar mucho dinero por eso. Y pensé que, si alguien estaba dispuesto a pagar tanto dinero por mi eso, debía procurar saber de qué iba el asunto. Creo que el aura es algo que únicamente pueden percibir los demás. Sólo puedes ver un aura en gente que no conoces muy bien o que no conoces en absoluto. La otra noche cenaba con todos en el taller. Los chicos del taller me tratan fatal, porque me conocen y me ven cada día. Pero resulta que estaba allí un tipo simpático que alguien había traído y que no me conocía, ¡y el chico apenas podía creer que estaba cenando conmigo! Todos me veían a mí, pero él veía mi aura». Lo cierto es que Warhol vendía el retrato de la sociedad glamourosa al mismo tiempo que embalsamaba casi melancólicamente el tiempo.
Pelucas para el «look». En los archivos del Warhol Museum de Pittsburgh se conserva una colección inmensa de cuadernos con recortes de notas de prensa referidos a su obra, accesorios y materiales que utilizó a lo largo de los años, carteles publicitarios de sus exposiciones y películas, más de tres mil cintas con entrevistas y conversaciones entre Warhol y sus amigos, miles de fotografías documentales, una edición completa de la revista Interview, que fundó en 1969, una enorme biblioteca y hemeroteca, infinidad de objetos personales y unas treinta de pelucas de platino que eran parte esencial de su look. Pero lo más suculento de ese archivo son las Time Capsules, cajas en las que guardaba de todo, desde un tratado alemán del siglo XVII sobre la técnica de la lucha, a un pie momificado, calzoncillos usados, facturas de restaurantes, recibos del taxi, un banderín de los Rollong Stones o unas botas vaqueras de cuero blanco. Si, por un lado, revelan el carácter fetichista de Warhol, también tienen el aspecto de una cueva de Ali-Babá contemporáneo. El erotismo mórbido warholiano (recordemos su afición a fotografiar los cojones de los varones que pasaban por la Factory) es consecuente con el momento de glaciación estética que inaugura el pop. Esa extraña colección de trivialidades aspiraba a detener el tiempo no porque pensara que la eternidad era suya, sino porque sentía que el presente estaba a punto de disolverse para siempre.
Enviado el 10 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
