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Marzo 16, 2008

Elecciones y políticas culturales - José Luis Brea

Pasada la campaña electoral, cabe ya decir lo que ha sido bien evidente: lo decepcionante que ha resultado ésta en relación al ámbito de la cultura. Es verdad que el programa electoral del PSOE vuelve a dedicarle algunas líneas lúcidas –desde el mismo reconocimiento de su importancia como creadora de riqueza, que encabeza la propia definición del epígrafe dedicado a cultura en el programa- pero se nota que la izquierda resuelve mal todavía la asimilación de lo que representa la idea de la “cultura como recurso”, y el nuevo papel que entonces la cultura cumpliría en las nuevas lógicas de la producción –lo que se traduce en titubeos constantes en relación al estímulo o no del sector privado, el evidente desconcierto en relación a la protección de los derechos de autor (donde el titubeo se convierte en incapacidad para decidir si se toma partido por los derechos privatizados de propiedad del conocimiento o por la promoción de su libre circulación, por beneficiar a los “compañeros de viaje” o por ensanchar al contrario el espacio del pro-común) o al pronunciamiento sobre las una y otra vez ambiguamente valoradas “industrias culturales”.

Ni el programa mejora la intuición de lo que ese nuevo rol de la cultura reclama –más bien parece que dé pasos atrás en relación con la importancia que se le concedía cuatro años atrás a la innovación creativa y cultural- ni se ha resistido la tentación de instrumentalizar el apoyo partidista –y siempre con tufillo a clientelismo- de los creadores culturales y las continuas concesiones a los intereses jurídicos de éstos, ni la de manipular facilonamente las torpes declaraciones del candidato de la derecha en todo ello. Esperábamos un poquito más, hay que decir, sobre todo después del anuncio de la incorporación de Rifkin como asesor. Pero parece que se eligió ponerle a decir simplezas en relación a las políticas energéticas en vez de rentabilizar su conocimiento de lo que en el contexto de desarrollo de un capitalismo cultural puede precisamente la cultura tener que aportar.

Así, es verdad que hay algunas líneas del programa “suenan” bien. ¿Ejemplos?: las que hablan de “incorporar líneas culturales en el Programa Nacional de I+D+i”, las que anuncian la creación de una “Agencia Española de Industrias Culturales” o un “Atlas de la Cultura Inmaterial” , o las que se refieren a la puesta en marcha de un “Programa para el Fomento de la Nueva Creatividad” favoreciendo el desarrollo de “proyectos interdisciplinares”. Todo ello, en efecto, parece apuntar en direcciones sugerentes: pero falta la mínima precisión que ayude a entender en qué van a concretarse esas proyecciones, y si detrás de las palabras hay algo más que una voluntad más oportunista que oportuna de parecer que se está a la pàge.

Cuando a la contratación estrella del nuevo director del Reina Sofía le siguen, a tan corto plazo, declaraciones tan decepcionantes como la de su voluntad de convertirlo en un MoMA del siglo XXI –pero quién necesita un MoMA en el siglo 21, nos preguntamos- o de rescatar para la colección “el arte de la República” o la figura del manoseado ya hasta el hastío Valcárcel Medina -come on! pero si ese rescate ya lo hicimos nosotros en Antes y después del entusiasmo, en 1988-, uno se queda muy dubitativo de la veracidad y densidad del compromiso de la izquierda con esa nueva comprensión del papel de la cultura en los tiempos del capitalismo postfordista.

De modo que si dudas despierta lo declarado en el programa, aún mayores despierta la apuesta que por impulsar ese nuevo papel asumen no ya quienes redactan los programas (que al fin y al cabo parece que para esto sí se eligiera a gente con algo de información, cuando menos), sino aquellos a los que se encarga la mucho más crucial tarea de cumplirlos, ejecutarlos.

Ahí el célebre documento de buenas prácticas –al que todavía se da amparo en el programa- funciona de un modo inquietante. Parece que con él se pretendería –vieja técnica del avestruz- seguir escondiendo bajo tierra la cabeza: eludir la responsabilidad política en el diseño y la ejecución de las políticas culturales, dando por bueno el reclamo corporativista gremial (y choca que nadie haya protestado ni siquiera la relación entre el elegido y alguna de las asociación profesionales promotoras del documento) de separación entre gestión cultural y política. Si hay algo que precisamente caracterizaría a las políticas de izquierda bien podría ser el no dar por buena esa separación, jamás.

Quizás sea por ello que sintamos que, al cabo, sigue habiendo algo muy positivo para el decurso de las políticas culturales en que haya democracia –y por lo tanto, elecciones. Digamos, el que por mucho que los gestores culturales se sientan amparados en sus puestos para hacer cualquier memez, declarada o no, por el mero hecho de que han atravesado un previo proceso de concurso –sin que en realidad casi nadie haya podido conocer con qué programa se han avalado sus nombramientos, y sin que estos concursos tengan ni siquiera el rigor que ha de atravesar cualquiera para simplemente ejercer de profesor de instituto- cuando menos hay un programa electoral que sí es público, y desde el que, por tanto, quienes hemos sido sus votantes, el total de la ciudadanía en su legítima expresión de delegadora del poder de gobernanza de los asuntos que nos interesan en común, tiene el derecho a reclamarles cumplimiento.

Pónganse pues ya a ello, que el largo período de gracia ensanchado por un recambio a destiempo de ministerio y sus principales cargos, ante la proximidad de unas elecciones –pese a que la victoria era fácil, dada la mediocridad del contrincante-, que ese largo período de gracia, digo, ya ha tocado a su fin. Y hay mucho por hacer, y mucha política que empezar, de una vez, a cambiar. Y a hacerlo en función de programas -aunque los gestores concretos sólo hayan declarado los suyos en petit comité, los del partido que los nombra son públicos- que definen las responsabilidades y compromisos con la ciudadanía, nuestro tiempo y los intereses colectivos, que les son exigibles. Y que les serán exigidos, con todo el derecho y toda la legitimidad.

Enviado el 16 de Marzo. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Me dijo una vez un Director General de Bellas Artes que, acto seguido, pasó al deporte olímpico con buena mano: "Mira, el cargo de ministro, consejero o concejal de cultura, es el último que se decide. A nadie le importa demasiado, pero sirve para hacer algún favor pendiente".

A falta de un gran proyecto cultural o al menos de una tendencia indicada, es normal que las cosas sigan igual.


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