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Marzo 17, 2008
Esa sonrisa de la inteligencia - Juan Antonio Álvarez Reyes
Originalmente en abcd
No es que te partas de la risa, pero bueno, a veces el rostro alrededor de los labios se relaja y esboza una imagen amable y simpática. Reírse es necesario, sobre todo de uno mismo. Esto se sabe bien en el arte contemporáneo, aunque a veces se aparente lo contrario, y pese a que a menudo se vaya de seriedad total. En las salas de la planta baja de la Hayward no se escuchan las carcajadas de los visitantes -lo cual tampoco es que sea fruto de la famosa flema británica-. De hecho, el silencio sólo es interrumpido por la ya también tradicional contaminación sonora de los vídeos y piezas varias que lo incorporan. Tampoco es que uno salga con la cara de la Mona Lisa, con la media sonrisa petrificada en la cara. No, nada de esto: ni partirse de risa, ni una sonrisa permanente en los labios. Hay, eso sí, buenos momentos a lo largo del recorrido.
Lo más difícil. En los últimos años hemos asistido en el arte reciente a toda una sucesión de ocurrencias y bromas, algunas de ellas pesadas. Desde luego, las bromas son necesarias, pero no pueden elevarse a categorías. Existe o ha existido toda una tendencia, sin embargo, de convertirlas en la base del arte actual, y así se ha pasado con facilidad de la broma al chiste, del ingenio a la ocurrencia. Si esto ha sucedido -y de hecho, una parte de las piezas de la exposición son claro manifiesto de ello-, no se puede dejar de señalar que la ironía es, sin embargo, esencial en todo proceso que implique a la inteligencia. A menudo se suele decir que hacer reír es lo más difícil, añádasele a esta dificultad el intentar hacerlo en una lengua extranjera y tendremos casi la imposibilidad, el más difícil todavía que esta muestra colectiva intenta con un no abrumador éxito. Hacerlo en Londres, capital mundial de las academias de inglés, a donde acuden millones de alumnos de múltiples nacionalidades y lenguas de origen, resulta entonces del todo oportuno. De hecho, seguramente sea la ciudad donde, paradójicamente, se hable porcentualmente al día un peor inglés y donde, entonces, por ese retraso o imposibilidad en la comprensión de lo que el otro u otros expresan, se esbocen un mayor número de sonrisas. Ya se sabe: cuando uno no entiende, sonríe por si acaso (o asiente con la cabeza repetidamente).
Así, aquí el modelo Lost in Translation bien pudiera ser invertido: las sonrisas e incomprensiones pueden ahora ser entendidas al revés, como de autores no occidentales sobre Occidente, desde la cultura dominante sobre el resto planetario y desde una comisaria japonesa -Mami Kataoka, la nueva International Curator de la Hayward- trabajando en la antigua capital del imperio británico. Todo esto, combinado con preguntas que sobrevuelan el proyecto sobre si es posible apreciar el humor del otro, si puede ser entendido por gentes de diferentes culturas o si ha de servir como catalizador de lo extraño.
Decir otra cosa. Wladimir Jankelevitch, en un famoso ensayo sobre este tema, escribió que «la ironía podría llamarse, en el sentido propio del término, alegoría, porque piensa una cosa y, a su manera, dice otra». O, más bien, consigue decir aquello que piensa diciéndolo de una forma no directa donde el humor tiene su sitio. En cualquier caso, Jankelevitch consiguió con una frase definir claramente la ironía como «una sonrisa de la inteligencia». Una de las características del ironista, según Richard Rorty en otro no menos famoso ensayo sobre el tema, «es la puesta en cuestión continua de lo que le rodea y, sobre todo, de sí mismos». Y, sin duda, el arte contemporáneo lleva décadas, casi un siglo, poniendo en cuestión todo lo que se le pone al alcance y, sobre todo, a sí mismo como tal, como arte. Sería entonces la ironía una de las bases desde la que han operado las artes visuales en la contemporaneidad. La comisaria, sin embargo, no cita a Jankelevitch o a Rorty y se decanta por un ensayo de Henri Bergson sobre «lo cómico».
Para desarrollar estos planteamientos, ha seleccionado a más de treinta artistas que realizan comentarios humorísticos sobre algunos temas que afectan tanto a cuestiones culturales, como sociales o cotidianas. Sin duda, el principal foco de atención es el de la Torre de Babel, donde se interrelacionan asuntos de práctica colonial con dominación cultural. Está muy presente en, por ejemplo, un vídeo de Olaf Breuning -francamente divertido-, en el que mezcla comentarios poco correctos con una visión disparatada del otro y de sí mismo a lo largo de un viaje que le lleva a Nueva Guinea, Japón, Ghana o a una región de su Suiza natal.
«Mí no comprender». También ahondan con desigual éxito sobre la incomprensión cultural y el extrañamiento cómico que ello produce -incluido un deje melancólico, como en Lost in Translation- tanto la instalación de Candice Breitz dedicada a la lengua japonesa y a la construcción de estereotipos, como las fotografías de Peter Land, donde pide comprensión hacia sí mismo por su condición de extranjero en Nueva York o Chicago y por no hablar un correcto inglés. A esto último se suma el japonés Makoto Aida, con un trabajo donde se ve una protesta pidiendo en las calles de la Gran Manzana a los norteamericanos que hablen inglés de manera más sencilla y con una pronunciación correcta.
La opereta y lo cutre -en un sentido no muy lejano al del cine de la primera Movida- está también presente en la muestra, como, por ejemplo, en la telenovela de un travestido Kalup Linzy, que interpreta secuencias donde se habla de género, raza, sexualidad, relaciones personales o política artística. O bien en el vídeo de un siempre disparatado John Bock. El dibujo humorístico, por su parte, está bien representado por Nedko Solakov o David Shrigley, pero se olvidaron del siempre certero Dan Perjovschi.
Entre tanta broma pesada y sal gruesa, un poco más de humor británico -sutil y lacerante a la vez- hubiera sido oportuno y necesario. Quizás, el extraño trabajo del londinense Marcus Coates aporte algo de esto, pero, sin duda, perdidos en la traducción y sus incomprensiones, no parezca suficiente ante tanta obra que le acompaña basada en la ocurrencia. Definitivamente, en el arte contemporáneo se necesita un poco más de sutileza e incisión, aunque con ello tampoco te partas de la risa.
Enviado el 17 de Marzo. << Volver a la página principal << |
