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Abril 17, 2008

Entrevista a Lara Almarcegui - Javier Hontoria

Originalmente en el cultural

22949_1-u.jpgLara Almarcegui (Zaragoza, 1972) vive desde hace años en Rotterdam y desde allí viene produciendo un conjunto de trabajos centrado en una muy particular percepción del lugar. Cualquiera que visite la Sala Rekalde de Bilbao podrá constatar cómo esta noción de lugar no debe ser confundida ni con el paisaje ni con el modo tradicional de entender la naturaleza. Es más bien una forma de relacionarse con el espacio urbano desde una perspectiva conceptual y análitica, un ánimo registrador, un querer plantearse por qué ocurre lo que ocurre en nuestras ciudades y un deseo no confesado de que sigan siendo exactamente eso: nuestras ciudades. El trabajo de Almarcegui reverbera con fuerza en el concierto internacional. Su obra se puede ver ahora en Turín y en Bilbao. Y próximamente en la Bienal deTaipei.

-Lleva ya unos años trabajando con descampados. ¿Cómo surge la idea de clasificarlos?
-La Guía de descampados localiza terrenos que se esconden de la ciudad. Además de señalar los descampados, dedica bastante espacio a cada uno con un plano detallado y una descripción que recorre su historia, su presente y su futuro: si había un edificio, qué uso tenía, cuándo se quedó vacío, cuándo fue demolido, qué hay en el descampado actualmente, quién es el propietario y si hay planes. La idea es que cada descampado es diferente y ofrece una experiencia distinta de la ciudad. La guía está llena de historias diferentes; incluye desde terrenos con pasado industrial que se van a convertir en espacio recreativo a terrenos completamente nuevos, recién ganados al agua, que son una hoja en blanco.

Transformaciones fulgurantes
-¿Y qué conclusiones obtiene?
-Hay ciudades que tienen descampados más interesantes que otras. Bilbao con su pasado industrial, la crisis y la operación de construirse una imagen que atraiga la inversión actual, está cambiando rápidamente y generando descampados continuamente. Aunque este proceso afecta a toda la ciudad, la ría de Bilbao parece que concentra todo este cambio. Además, la impresión de que muchos de estos descampados van a desaparecer muy rápido genera la urgencia de conocerlos antes de que sea demasiado tarde.

-Su trabajo parece muy analítico pero, ¿qué tiene de poético? Hoy se habla a menudo de la veta romántica, poética, del postconceptual en oposición al conceptual sesudo, lingüístico y analítico...
-He aprendido mucho de los 70, fundamentalmente de los artistas de acciones. Los suyos eran trabajos que me han impresionado por su relacción con los materiales y los lugares. Pero seguramente, al igual que a muchos amigos de mi generación, lo que me une más a los 70 es la repulsa a todo lo que nos llegó de los 80, década de la que, deliberadamente, hemos intentado alejarnos al máximo.

-¿Lo dice por la relación con el objeto de arte, recuperado y enaltecido en los años 80?
-Cualquier relación de adoración con el objeto artistico me provoca repulsa. Mi acercamiento a él es el de coger un juguete, destrozarlo para ver de qué está hecho y dejarlo ahí tirado para dedicarme a otra cosa. Los objetos apenas me interesan, lo que me obsesiona son los lugares y mi relación activa con ellos; me parece aterrador el modo en que nos han enseñado el arte: producir objetos en el taller que viajan en camión a la sala de exposiciones, donde se exhiben. Yo no quiero eso y me gusta mucho la gente que le da la vuelta a ese esquema. Por eso admiro mucho a los auto-constructores, porque la autoconstruccion no se acaba nunca. Cuando se termina una cabaña se hace otra, luego un garaje y un gallinero y la ampliación de la primera cabaña... Es un proceso, es como el arte; no se trata de construir una cabaña maravillosa, ni de hacer la gran obra, es un proceso que no se acaba nunca, una forma de vida, de relaccionarse con el entorno.

-Pero no hace mucho se quejaba en las páginas de El Cultural de que "en España se escribe y se publica mucho pero se produce poco"...
-Me refería a que a menudo se dedica mucha más energía y dinero a publicar catálogos que a producir proyectos nuevos. Claro que hay que documentar los trabajos pero también hay que realizarlos; a menudo mis proyectos desaparecen tras un tiempo pero para que puedan hacerse realidad hace falta mucha negociación, permisos, conseguir involucrar a empresas... y sin la ayuda de un centro de arte es dificil.

-Su obra excluye toda utilidad práctica. Es como el mito de Sísifo sobrevolando sus trabajos...
-Sí. Suelo invertir una energía enorme siendo consciente de que voy a lograr un resultado mínimo. Cuando se habla de arte en el espacio público a menudo se trata de proyectos útiles que mejoran, mediante su transformación, las condiciones del lugar. Sin embargo, cuando yo me aproximo a un lugar nuevo lo que intento es aprender lo máximo sobre ese lugar, no tanto para transformarlo sino para que el propio lugar me transforme a mí. Necesito trabajar lugares que admiro mucho. Mi primer proyecto completamente inútil fue renovar un mercado que iba a ser demolido; pensé que renovarlo era la mejor forma de mostrar mi admiración.

Entre el Land Art y la ecología
La obra de Lara Almarcegui ha sido recientemente incluida en la importante exposición turinesa Greenwashing, dedicada a las relaciones entre el arte y conceptos como ecología o desarrollo sostenible, que con cada vez mayor frecuencia contribuyen a modelar la noción contemporánea del paisaje.
-¿Qué opinión le merece que su trabajo se inserte en este tipo de lecturas? ¿Se siente más cerca de estas nuevas percepciones en torno al paisaje que del Land Art, al que alguna vez se le ha adscrito?
-El punto de partida de mi trabajo siempre ha sido más una crítica a la arquitectura que un trabajo sobre la naturaleza, pero al quitar espacio a lo construido estoy dando lugar a la naturaleza, así que es normal que estos proyectos se inserten en discursos ecológicos; de hecho, los ecologistas de los 70 en Holanda se dedicaron a comprar terrenos para evitar el crecimiento del aeropuerto. Lo que hago yo se puede situar en esa línea aunque yo nunca compraría un terreno; hay un botánico especializado en flora silvestre bastarda y extranjera que crece inesperadamente en la ciudad que tiene mucho interés en los trabajos de los descampados y a veces colaboramos. Del Land Art me gusta su acción sutil. Las grandes brechas en el desierto, el hecho de dejar una gran marca, no me interesan.

-Situarse en frente de su trabajo, ¿ha de ser una experiencia estética o debe sencillamente satisfacernos comprobar cómo una idea puede hacerse visible?
-Me gustaría que mis proyectos lleven al observador a pensar en la ciudad, cómo se construye y cómo funciona. A menudo hay gente que me cuenta que tras haber visto mi trabajo, ese descampado que estaba en su barrio, ha cambiado; o me cuentan sus recuerdos de infancia jugando en ellos. Esto me encanta. Yo vivo junto a un molino en el que Daniel Knorr, un artista rumano, hizo un proyecto estupendo y desde entonces para mí este molino siempre va a ser diferente, incluso disfruto más cuando veo cualquier molino. Digamos que los descampados me interesan más que un discurso artístico. Aunque soy consciente de que éste es un posicinamiento y, por tanto, un discurso en sí mismo.

Enviado el 17 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

la idea de almárcegui sobre los objetos me parece extrema. y me hace pensar qué es la arquitectura sino un conglomerado de enormes objetos plantados en el paisaje?. almárcegui se olvida que los objetos, así como el descampado, tienen historias detrás, como todo producto hecho por el hombre.


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