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Abril 07, 2008
J. Rosefeldt: «Persigo el lado cómico del existencialismo» - Javier Díaz-Guardiola
Originalmente en abcd
Julian Rosefeldt (Alemania, 1961) es consciente de que Réquiem, el proyecto que presenta en Helga de Alvear, es atípico en su producción (de hecho, en el almacén de la galería, al alcance de muy pocos, descansa Ship of Fools, su producción más reciente, mucho más acorde con lo que nos tiene acostumbrados). Y no le preocupa que esta rara avis sea su carta de presentación en un espacio privado en España. El que lo conoce y lo sigue encontrará similitudes entre este canto ecológico y series anteriores como Asylum, su obra cumbre hasta la fecha, que en nuestro país forma parte de la colección del MUSAC y que anteriormente pudo verse en el DA2. Un trabajo rodado por primera vez en exteriores reales, en el que vídeo y fotografía se complementan... Rosefeldt analiza aquí el lugar en el que ahora se encuentra.
Algunos textos críticos hablan de usted como un artista que analiza como un científico los aspectos más absurdos de la existencia y la vida cotidiana.
Mi formación es arquitectónica, pero desde que me diplomé me centré más en el arte. De hecho, mis primeros proyectos aún se conectaban con lo arquitectónico. Después, con el tiempo mis intereses se desplazaron hacia los medios de comunicación. Como muchos artistas de mi generación, me sentí atraído por la idea del archivo, la sensación de que el mundo ofrece tantas imágenes que ya no es necesario crear nuevas, sino centrarse en las producidas y recuperar el aura que ámbitos como la publicidad o la pornografía les arrebataron. Dirigí mis intereses hacia el cine, no como fin, sino como medio, sobre todo porque me di cuenta de que seguía habiendo imágenes que no existían y que sólo así podría crear. Es así como llego a Asylum, un proyecto muy ambicioso, que despliega con fuerza temáticas políticas y sociales que antes habían aparecido en mi trabajo. Siempre me interesó analizar su impacto en el individuo y hacerlo desde distintas perspectivas.
Sin embargo, al científico se le presupone cierta distancia, cierta objetividad de los resultados. Eso en el artista es imposible.
Desde luego. Ni siquiera en el que se considera más objetivo o documentalista. Sólo por el hecho de fijar su mirada en un entorno, Thomas Ruff hace fotografía subjetiva. Y lo mismo ocurre con los Becher que renuncian, subjetivamente, a un tipo de perspectiva. A mí, ese tipo de discurso no me llama la atención. Del científico no me interesa más que la imagen de aquel que toma dos líquidos, los mezcla y halla un tercero, es decir, más el método y la curiosidad que otra cosa. Yo nunca podré ser neutral. Y, sin embargo, tenemos mucho en común científicos, artistas y filósofos porque todos nos basamos en el análisis y en la repetición de unas premisas en pos de unas supuestas conclusiones.
¿Existencialista significa pesimista?
No. De hecho procuro que mi trabajo sea algo romántico, poético. Lo humorístico y lo cómico tienen asegurada su cabida. El mito de Sísifo es recurrente en algunos de mis trabajos, como en La trilogía del fracaso, donde, en una de las instalaciones, un hombre destrozaba su hogar en una pantalla y lo reconstruía en la contigua, o en Asylum, donde las diferentes comunidades de inmigrantes ejecutaban actividades absurdas que no les conducían a ningún sitio. A mí me gusta imaginarme a Sísifo como un sujeto feliz, es decir, un hombre que cada vez que comienza a empujar la piedra montaña arriba lo hace pensando que esa será la última vez. Ese tipo de pensamiento a veces funciona. Eso es lo que convierte lo trágico del existencialismo en cómico.
«Réquiem» es un proyecto extraño en su producción. ¿Por qué era necesario hacerlo?
Réquiem es una lectural del ámbito natural pero también es una metáfora sobre la vida. Para mí es un proyecto atípico, sobre todo porque ha sido rodado en un contexto externo ya existente. Yo generalmente trabajo en escenarios ficticios, sets artificiales en los que se desarrollan acontecimientos casi surrealistas en los que se crea una cierta alquimia, una cierta curiosidad. La verdad es que las cosas salen solas, sin que uno se pregunte muy bien por qué. Mi mujer es brasileña, y paso mucho tiempo en Brasil. El tema de esta instalación, que es muy actual, me interesa mucho. En cualquiera de mis proyectos siempre hay alusiones a problemáticas muy del momento. Tal vez aquí ha sido algo de curiosidad.
¿En qué consiste este conjunto?
Réquiem, en sí, es un proyecto muy sencillo en comparación con los anteriores, mucho más complicados de producir. En un principio, quería que el sonido jugara un papel fundamental en el vídeo, hacer una composición con motosierras como si de una partitura se tratara, pero al final opté por algo menos evidente, sobre todo porque descubrí lo crudo que ya era por sí oír los árboles caer. Había que cederles a ellos el protagonismo, seres vivos de más de cien años que caen en cuestión de minutos. Y me pareció más interesante dejarlo todo muy abierto: que no se vea a las personas que los talan, que el entorno pueda ser cualquier país del mundo...
Y la historia del arte como telón de fondo.
En todo lo que hago hay alusiones a la historia del cine y del arte. Asylum era un conjunto de auténticos tableaux vivants, que remitían a grandes cuadros de la Historia del Arte. En las fotos de Réquiem, que no nacen del vídeo, sino que lo complementan, hay alusiones a la pintura barroca, a Caravaggio, sobre todo en los gestos casi heroicos del hombre que sostiene las herramientas, lo que convierte en románticas acciones que no dejan de ser brutales. Me interesaba que hubiera un gran contraste entre foto y vídeo. En este último han sido eliminados los sonidos de las herramientas y no aparece el ser humano, para que el trabajo sea más abierto y no tan documental. En las fotos ocurre lo contrario: empleo el vocabulario de la fotografía etnográfica. El ser humano está muy presente, es el foco, pero se difumina en una determinada manera de «pintar» muy barroca.
Hablemos de esa narratividad, que nace de la ficción, presente en sus vídeos.
Normalmente compongo las escenas que voy a filmar y creo estructuras en las que se suele fundir el comienzo con el final, aunque, como es lógico, también hay excepciones. Narratividad no significa contar una historia, sino ofrecer algo como un ritual, como algo folclórico. Mucha gente siente interés sobre cómo lo estético se integra en el trabajo o por qué no me lanzo al cine convencional. Yo prefiero ocuparme del cine en el contexto del arte, porque ahí se trabaja con mucha mayor libertad. Alguna vez he colaborado con el teatro -y ahora recientemente lo he hecho con el cine-, donde la estructura, la afluencia de público, su manera de entrar en la historia que te cuentan, es totalmente diferente
¿No se ve entonces haciendo largometrajes?
La manera de trabajar sería la misma y seguiría necesitando un equipo. Pero solo me arriesgaría a hacer un largometraje si me golpeara una historia aquí dentro que tuviera una necesidad de contar. Lo que tengo claro es que no me interesa coger un libro, la historia de otro, y traducirlo a imágenes.
¿Qué espera del espectador?
Mi trabajo es muy barroco, y algo agresivo, porque no te deja relajarte, ni bajar la guardia. Asylum era muy envolvente, muy teatral. En ese proyecto se trataba de involucrar al individuo con el otro. Y creo que esa es la forma que ha de tener cualquier obra política hoy. En las últimas Documentas hemos visto piezas con intenciones muy políticas que calcan el papel de los medios: una cámara al hombro que actúa a modo de taquígrafo. Yo, con todo el respeto, me pregunto sobre qué espacio dejan al espectador, obras que además parten de la obviedad, de cosas sobre las que todo el mundo está de acuerdo. Son sólo verificaciones. Mi recurso a la belleza, a lo artificioso, sirve para atrapar, pero también para ir contra esa «corrección estética» de muchas obras de arte actuales. Se cae en la trampa de que determinados temas deben ser tratados con dejadez. Eso debe hacerlos más serios. Lo que a ellos les sobra es lo que puede utilizar Bill Viola en sus vídeos. Ship of Fools, mi último proyecto, trata sobre los símbolos nacionales alemanes y el problema de identificación que todavía vive Alemania. Esa pieza es muy opulenta, muy Wagner, y su contenido no es incompatible con su representación.
¿Aún le pesa a Alemania su Historia?
Sí. De hecho, y para responder de una forma más interesante, le diré que el pasado año con lo del Mundial de fútbol, incluso las páginas de cultura de los diarios se dividieron entre los que alabaron la forma de jugar de la selección alemana, cómo habían ofrecido su cara más simpática, cómo eso nos había permitido identificarnos con los símbolos sin problema, y los medios que se quejaban de una especie de vuelta atrás, de repetición de la Historia... Eso abría de nuevo el discurso, que, a mí como artista, me interesaba. Y yo me divertí mucho, porque por fin Alemania jugó al ataque... Pero es cierto que todavía la identidad allí es un problema. No sabemos como definirnos. Durante mucho tiempo, los artistas han intentado ser neutrales. Pero poco a poco se está produciendo un deshielo, porque la obra de todo artista debe estar ligada a su contexto.
Cuando uno alcanza el rigor y la complejidad de un proyecto como «Asylum», lo fácil es repetirse.
Asylum era un trabajo sobre nosotros basado en los otros. En los vídeos se reproducían acciones absurdas que no llegan a ningún punto, y así analizaba la propia existencia humana de forma más general, esa rueda de hámster en la que nos encontramos todos, repitiendo rituales que no entendemos muy bien. Me gusta mucho pensar cómo entendería un extraterreste que dos amigos deciden celebrar su encuentro en un bar, uno tomándose un café y otro un zumo de naranja. Nosotros no nos lo planteamos, pero ambos beben para celebrar, y uno lo hace con algo caliente y el otro con algo frío. Son rituales que a mí me fascinan. Tuve la suerte de que además logró muy buena acogida, porque cuando el impacto es muy grande también es más fácil ser carne de crítica. Sin embargo, cuando uno se involucra tanto en un proyecto, conoce perfectamente cuáles son sus puntos débiles.
¿Por qué no «Ship of Fools» para esta presentación española?
Cualquiera de los dos conjuntos podían funcionar bien, pero tal vez no iba a interesar tanto el tema de la identidad alemana aquí en España, donde quizás estéis más sensibilizados con la destrucción del paisaje. De todas formas, las dos series están presentes en la galería, y supongo que se las enseñarán a los que estén interesados.
Enviado el 07 de Abril. << Volver a la página principal << |
