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Abril 23, 2008

MAMBO HAPPY DE UNA REVANCHA IMPOSIBLE - Héctor Antón Castillo

hectoranton-u.jpg“La revancha (la crítica cubana se dedica al arte)”, acogida entre marzo y abril de 2008 por la galería “Servando” bien pudo titularse “La descarga”. En definitiva, el arte contemporáneo es una descarga inevitable en sus modalidades extremas: tanto para quienes lo asumen desde un compromiso ético-social, como desde un cinismo gozoso del plagio, del soborno y la repetición de gestos-fórmulas sin límite de copias. Pero la cuasi-mediática exhibición habanera no desembocó en el fracaso que sus detractores auguraban. Con el menudo interés de unos y la inesperada entrega de otros, los catorce participantes llenaron el espacio vacío con una dignidad que evadió las muecas indolentes.

Esta iniciativa del crítico y curador Píter Ortega no pretendía desafiar el estigma del oficio de la crítica o el ensayo como asidero para “creadores frustrados” o “parásitos de la imaginación ajena”. Todo fluyó a la manera de irrumpir en el terreno desconocido. Una aventura dispuesta a trocar los roles establecidos sin ínfulas cerebrales. Al final, los llamados artistas continuarán produciendo artefactos de diversas formas, colores y precios, mientras que los denominados críticos seguirán escribiendo sobre lo que productores grandes o pequeños, incorruptibles o desfachatados, valoran (o patentizan) bajo el rubro de “ARTE”.

“La revancha...” ilustró una suerte de anatomía visual de sus protagonistas. También demostró que los críticos se parecen a las fantasías de sus objetos de análisis-fetiche. ¿Acaso un continente identificado por el modo de nombrar el sexo masculino y femenino en América Latina o un loro hecho de alambre con una corbata roja no resultan bromas comparables a las de un Wilfredo Prieto o un Maurizio Cattelan, perpetrando herejías chistosas que simulan jugárselo todo sin arriesgar nada? ¿Qué diferencia hay entre una instalación reciclada de Nelson Herrera Ysla y una catarsis intimista de Ezequiel Suárez, o la “columna infinita” de Yolanda Wood -erigida con libros, videos, catálogos- y un ensamblaje de Kcho imitando una espiral de Tatlin?

Entre las propuestas de Nelson y Yolanda se estableció un contrapunto azaroso desde la autoreferencialidad, como segmentos identitarios, y la noción de autor-lector como pose intelectual. El regodeo hedonista inspirado en su propia vida se desbordó en “Biografía de un curador” (2008), donde Herrera Ysla recapituló viajes y reencuentros, antiguas complicidades y nostalgias recientes. Con este recuento autocomplaciente, N. H. Y. desahogó un secreto de su ego disfrazado de humildad: presumir de sus vivencias antes que de su larga trayectoria profesional.

Una operación contraria se percibió en la oferta tridimensional de Yolanda Wood. En la “cumbre literaria” de volúmenes de su autoría o revistas especializadas donde colaboró, se reafirmó el sesgo encartonado de la academia que, a la vista pública, escamotea la confesión de obsesiones vitales. En fin, que la profesora de arte caribeño no dejó de ser la profesora de arte caribeño ni al abandonar las aulas.

La reacción polémica de la muestra la generó el propio curador Píter Ortega. Este trasladó a la galería una pelea de gallos finos. La intención primaria era recontextualizar un divertimento natural del campo cubano. En este sentido, la tradición rebasaba a la transgresión. No hay evidencia mayor que uno de los propósitos de la maniobra performática: un homenaje en tiempo real al pintor de gallos como símbolo de la bravura insular Mariano Rodríguez (1912-1990). Pero la caída momentánea del débil causó repulsión en los conservadores más tercos que preferían un simulacro. Estos refutadores de salón olvidaron que tanto la censura epidérmica o el cuestionamiento profundo funcionan como resortes de legitimación.
“Mariano vs. Mariano” (2008) devino una alegoría de la ley fundamental de la vida moderna: quiénes vencen y quiénes pierden, como saldo de una contingencia que no perdona la fragilidad del cuerpo o la mente. Una pugna que incluye a macropoderes y micropoderes emblemáticos de una supervivencia bajo presión.

“La revancha...” (com)probó cuán absurdos son los roles que separan al artista “como productor de ideas” del crítico “como exégeta-deudor de la experiencia del otro”. ¿Acaso los buzones recopilados por Darys Vázquez y Azael Ferraz no simbolizan ese “arte de la espera” que ha reemplazado el correo postal por el correo electrónico aguardando un mensaje esperanzador? ¿No podrían formar parte de un Salón de Arte Cubano Contemporáneo o hasta figurar en una resistente Bienal de La Habana?

El arte como desaparición escapó de las manos de Sandra Sosa, editora del sello editorial Artecubano –junto a Elvia Rosa Castro- en su etapa más cuestionadora y menos enrevesada en la prosa (2002-2006). Ella repartió cien copias de su texto inédito “Mambo happy” (2008). En un abrir y cerrar de ojos ya no quedaba rastro del ensayo sobre los altibajos de la política cultural, aplicada desde arriba a las artes plásticas cubanas, ni de su autora. ¿Desmaterialización o simple afán de “participar sin participar” como recomienda el poeta y ensayista Pedro Marqués de Armas? ¿Apego a la escritura o desconfianza hacia cualquier variante de engaño visual?

La actitud de Sandra Sosa logró desmarcarse de quienes desecharon la oportunidad de intervenir en “La revancha...” porque: “no se les ocurría nada pertinente que valiera la pena enseñar”. Una reticencia similar a lo ingenuo de concederle un aura de complejidad al libertinaje del arte contemporáneo. Por otro lado, fue una lástima que críticos invitados del exilio descartaran su participación por razones más justificables. Tales son los casos de Lupe Álvarez, Suset Sánchez y Andrés Isaac Santana.

En cuanto a las palabras al catálogo de Lázaro Saavedra, acabaron en una tediosa parodia al cripticismo de nuestra crítica de artes visuales. Como fiel conceptualista, L.S. hizo malabares con el lenguaje hasta convertirlo en una cloaca verborreica. Vale aclarar que ya pasaron los tiempos de la “metáfora instruida” o metatranca (teoría dura “a lo cubano”), fértil en los noventa durante la reivindicación del paradigma estético y la vuelta al oficio del arte. En la presente década se impone un estilo más directo (con menos ansiedad teórica) por encima de esos collages de exergos, párrafos-citas, referencias y analogías multiculturales que gustan fugarse de la realidad plástica.

Casi no queda nadie en Cuba del juego de pelota celebrado en el estadio José Antonio Echeverría del Vedado (1989). Solamente permanecen islados: Abdel Hernández, Lázaro Saavedra y Gerardo Mosquera. Por suerte, estos dos últimos estuvieron involucrados en el guiño-homenaje de críticos jóvenes y establecidos a la recordada protesta deportiva contra la censura de la institución-arte en Cuba. Salvando las distancias de época y actitud, estos desacatos festivos intentaron fulminar ese complejo de impotencia (paralizante) ante lo que imaginamos y no concretamos.

“La revancha...” es una provocación que se verificará cuando algún artista con manía de escribano se disponga a romper el silencio de su capacidad para desdoblarse: sólo un gesto semejante completaría el intercambio de roles. En lo que llega una posible respuesta, esta descarga mantendrá su condición de mambo listo para amenizar el olvido de quienes optaron por ignorarla.


Enviado el 23 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

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