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Abril 21, 2008
Obsesiones históricas - Fernando Castro Flórez
Originalmente en abcd
No hace falta ser Gregor Samsa para asistir a las más raras metamorfosis. Tampoco tenemos que habernos encontrado con que el dinosaurio, como apuntó Monterroso, todavía estaba allí. Fabre, teatral y excesivo, entregado a una barroquización siempre al borde del naufragio, lleva años materializando sueños raros en los que un insecto puede estar insertado en lo alto de un afilado mástil (Tótem, 2004), o una figura, siempre la suya, galopando a lomos de una tortuga como si quisiera desafiar al inmenso océano. Frank Maes ha señalado que su obra está dominada por la interacción entre vida y muerte, por las visiones de lo embrionario y lo siniestro; y, sin embargo, todas sus esculturas, instalaciones y dibujos transmiten un vitalismo demencial. Su narcisismo primordial no le lleva a la depresión; antes al contrario, incluso colgado (Dependens, 1979-2003) sigue exhibiendo la seguridad de que podemos transformar nuestro cuerpo en algo radiante. En la pasada Bienal de Venecia instaló una impresionante serie que tenía algo de línea de resistencia contra la mezcla de «corrección» e insustancialidad que presidía el proyecto de Storr. Fabre no tenía ningún pudor en convertirse en protagonista del salto al vacío, e incluso de alegorizar el suicidio o la falta de sentido de todo lo que forma parte de su mentalidad «escénica». Pocos artistas son capaces de llegar hasta ese límite obsceno en el que él es capaz de rescatar lo poético y eludir lo kitsch sin, por ello, lanzarse hacia el terreno de lo filosófico.
La excepción a la regla. El proyecto de Fabre en el Louvre es, en mi opinión, la excepción que confirma la regla. Porque habitualmente los artistas contemporáneos en los museos «históricos» fracasan estrepitosamente al intentar imponerse de forma provocadora o por seguir una estrategia de mimetización. En la mente de este flamenco están en permanente ebullición las obras del pasado, especialmente las de Hans Memlimg o Robert Camping; enfrentado a Rubens o Van der
Weyden, ofrece al público la posibilidad única de comprobar las virtudes y defectos de las nuevas estrategias de la museografía y de la «Historia del arte». Fabre ha declarado que su obra está más cerca del arte medieval, especialmente de las visiones del Apocalipsis, que del arte contemporáneo. En la sala dedicada a Maria de Medici ha acumulado lápidas entre las que aparece un inmenso gusano que vuelve a ser un autorretrato. Alude así a un desplazamiento subterráneo o, mejor, a una labor creativa que socava una realidad fosilizada. Lo que Fabre quiere es atravesar la Historia y sus fantasmas para mostrar que al friccionar lo ya sido con sus obsesiones puede surgir algo diferente. A la manera de la intempestividad nietzscheana, apuesta por el arte como aquello que nos cura del epigonismo y de esa ironización cínica que es autocomplaciente. Aunque se presente como un enano frente a Van der Weyden no sufre, ni mucho menos, la angustia de las influencias paralizantes, ni es un mero «apropiacionista» que se contente con hacer una cita «bizantina».
Dar guerra. En El ángel de la metamorfosis no se juega a la ceremonia del respeto. Fabre está dispuesto a plantar cara y, si es preciso, dar guerra. Algunas de las piezas que ha realizado son maquetas de batallas como Waterloo, sólo que, en vez de soldados, los protagonistas son escarabajos. Su celebración ininterrumpida de la finitud le lleva a plantearse con lucidez la cuestión de si es posible conservar la tradición y a la vez mirar al futuro e introducir nuevas ideas. Retorna, en un tiempo de fantasmagorías electrónicas, la cruz, el ataúd o la calavera. La facies melancólica termina mordiendo un canario o un conejo; la vanitas se torna siniestra. Fabre sale vivo de sus ejercicios de taxidermia. Porque incluso ese cisne sobre el colchón, tragado por el imaginario insectívoro, es una joya, un memento mori que aparta del alud de banalidad.
Entre lo grandilocuente y lo crudo, Fabre disemina elementos que obligan al espectador a poner en marcha la interpretación: bañeras multiplicadas; un microscopio formado por oscuros insectos; la punzante figura que está fijada a la mesa (Yo, soñando, 1978) o las armaduras metamorfoseadas en formas animalísticas. Incluso cuando apoya la nariz sobre una pintura histórica, está estableciendo una distancia en la que tiene cabida el delirio del otro. Se ha hablado de «terrorismo poético» en torno a la intervención, enormemente lúcida, de Fabre en El Louvre, aunque lo cierto es que ni el miedo, ni la violencia están presentes en esta okupación. Este artista no pertenece a la legión de los «traumáticos» o de aquéllos que nos tienen que recordar, en una letanía patética, que todo va mal. «Mi obra -dice Fabre- es la posibilidad de un hombre nuevo. La obsesión surge porque intento eso, pero se trata de una imposibilidad. La obsesión es una metáfora». En último término, se trata de un viaje por la mente de un sujeto que sabe que habitamos en un cuerpo extraño y que la Historia, entre el monumento, la destrucción y lo místico, no puede ser algo ajeno.
Enviado el 21 de Abril. << Volver a la página principal << |
