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Mayo 18, 2008
La construcción (visual) del sujeto - Víctor Zarza
Originalmente en ABCD
Refiriéndose a las primeras experiencias del llamado videoarte, Rosalind Krauss señalaba la frecuente presencia del cuerpo humano en este tipo de obras. Una presencia que se extendía más allá de la aparente del propio artista -muchas veces sujeto/objeto visible de su trabajo- hasta alcanzar al del espectador, quien, desde aquel momento, comenzaría a verse involucrado de forma activa en el proceso de recepción; como consecuencia de ello, de paciente pasaría a convertirse en coagente del «funcionamiento» de las piezas. Esto es lo que reclama de manera inequívoca Judith Barry (Columbus, Ohio, 1954), de quien ahora se muestra una selección de obras que recoge algo más de dos décadas de su producción audiovisual y que constituye su primera muestra de estas características en Europa.
Al igual que se dice de la comida y dado el régimen panescópico en el que nos hallamos instalados, podemos afirmar aquello de que «somos lo que vemos». Y no sólo el qué sino también el cómo lo vemos, es decir, cómo y de qué manera se nos administra o nos acercamos a todas esas fuentes de imágenes a las cuales vivimos enganchados. La condición del ciudadano moderno es la de iconodependiente y, de modo más específico, la de pantalladicto.
Múltiples factores.
Entre los apocalípticos, con Giovanni Sartori a la cabeza, hay quienes aseguran que la televisión aniquila nuestro sentido crítico, al ofrecérsenos las imágenes como entes que en sí mismos parecen decirlo todo (ellas son la información, es en su concreción donde ciframos nuestra certeza) cuando lo único que hacen es mostrar: el dato puntual acaba sustituyendo -de manera cómoda y ventajosa- al concepto, obstruyendo así nuestra capacidad intelectual. Consciente de esta situación y sabedora de que el estilo del discurso (la ideología que lo motiva) predispone a efectuar una recepción determinada, la artista estadounidense reclama nuestra participación activa, llevándonos incluso a realizarla físicamente. En primer lugar, digamos que en esta exposición la sensación de estar recorriendo un espacio (un itinerario) se hace más patente que en otras ocasiones.
Prácticamente todas las piezas se encuentran instaladas en salas independientes; de este modo -más allá de que el aislamiento sea condición necesaria para el montaje de las obras de carácter audiovisual- al ir entrando en cada una, enseguida nos vemos sumergidos en un espacio (en un ambiente inmersivo) dominado por la oferta visual que allí hay dispuesta, a la cual intentamos dar un sentido recorriéndola con la vista y también con los pies. Nos movemos en torno a las proyecciones (el cuerpo, no sólo la cabeza, se involucran en este proceso) y es entonces cuando advertimos que lo que se nos está planteando es hasta qué punto se encuentra determinada nuestra percepción o, dicho de otro modo, cómo es susceptible de ser modificada, inducida por múltiples factores. Factores que van desde lo estrictamente fisiológico (Model for Stage and Screen) a lo ideológico, comprendiendo un conjunto de registros que evidencian la fatal ambigüedad de un panorama visual que creemos dominar. Ella misma lo ha expresado: «Nada es lo que parece, sin embargo, al final todo tiene sentido, incluso cuando puede llegar a tener varios significados simultáneamente»
Una vez que aceptamos la imposible aprehensión de cuanto pasa ante nuestros ojos (como de manera ejemplar se pone de manifiesto, gracias a su compleja articulación, en la envolvente The work of the Forest y In the shadow of the City?), convencidos de que no hay más relato que el que nosotros seamos capaces de arañar (habría que decir, inventar o imaginar o, acaso, aquello en lo que estemos dispuestos a creer) a unas imágenes tan escurridizas como, en algún caso, sospechosamente familiares, sólo nos queda entregarnos sin más a un ejercicio de saludable reflexión del que extraer alguna consecuencia crítica. De no hacerlo así, corremos el riesgo de que nos suceda lo que al personaje de Voice off, quien, a pesar de romper la pared para desvelar el secreto de unos sonidos de origen desconocido, finalmente se ve poseído por la causa de su inquietud.
Ceremonia de la confusión.
Podríamos definir el conjunto de la exposición como una inteligente y bien orquestada ceremonia de la confusión, que pretende ser reflejo esclarecedor (o el doble, en sentido estricto, especular en este caso) de aquella en la que habitualmente participamos, inermes, sentados ante nuestras omnipresentes pantallas (la artista, refiriéndose a sus montajes, habla de los que llama «puestos de sujeto»), desde donde el mundo asiste a sus más altas cotas de desrrealización.
Enviado el 18 de Mayo. << Volver a la página principal << |
