« Cultos hasta la náusea - FÉLIX DE AZÚA | >> Portada << | La conquista del tiempo - Miguel Á. Hernández-Navarro »

Mayo 13, 2008

Otra pelea cubana del tiempo contra el espacio - Héctor Antón Castillo

infinite-time-u.jpg(Primer round)

“Memoria y palabras” es la primera incursión de Damián Aquiles en un espacio legitimado del circuito visible del arte hecho en Cuba. Al no pertenecer al selecto listado de ninguna institución oficial o comisario influyente (llámese Gerardo Mosquera o Dan Cameron), esta dificultad de inserción orgánica sugiere el mito de su otredad insular. De ahí que su carrera haya sido tan lenta como el arduo proceso que exige la obra. Su última aparición nacional se remonta al año 2000, en una muestra colateral a la VI Bienal de La Habana. Ese año participó en la “intervención” de una casa ubicada en la periferia habanera (gracias a la humilde flexibilidad de su dueña Vicenta Águila Borges), junto a Ezequiel Suárez, Ángel Delgado, Alberto Casado, Ernesto Leal, Jhon Morton (“El yuma peligroso”) y Kersting Zurbrigg. La céntrica galería “Servando” interrumpió este prolongado silencio, abriendo sus puertas para que un “ilustre desconocido” se exponga a la apatía, consenso o disenso de una impredecible recepción artística.

(Segundo round)

La propuesta de Damián Aquiles (La Habana, 1971) sigue la pauta de una desobediencia histórica: la reacción del arte povera, matérico o procesual contra la abstracción del arte conceptual y la geometría perfecta del minimalismo imperantes en los sesenta. Nutriéndose de las actitudes antiforma surgidas en la fructífera década, Damián redescubrió la esencia de sus orígenes. Así concibió su poética mediante operaciones de reciclaje o modos de dialogar con esa energía que emana de materiales aparentemente disfuncionales. También lo movía la necesidad de comunicar una (su) historia, obviando lo anecdótico de circunstancias políticas tan efímeras, longevas o vaciadas de contenido simbólico como la naturaleza de sus residuos matéricos.

Damián cuenta sin narrar su enigmática inconformidad ante la vida y el arte. A veces son los materiales quienes albergan “locuciones sin voz” o “frases encontradas” que sobreviven al abandono de la memoria colectiva: “Ahora la pintura mete sus manos en el miedo” o “El tiempo no desgasta. Todo está terriblemente intacto”. “Cuando yo viva. Siempre moriré”. Aquí se advierte una reticencia a la alternativa de agrupar consignas para ensalzar o cuestionar excesos retóricos. Se diría que vienen a ser manipulaciones textuales cargadas de una espontaneidad donde la historia reposa en sus documentos públicos inéditos.

Mientras otros artistas de fuerte acento político explotan la noción de panfleto (a lo Tomas Esson o Tania Bruguera), Damián opta por situarlo en un “esbozo de apariencia” libre de ideologemas construidos por la nomenclatura hegemónica. Así prefiere “dejar a la intemperie” a los “sujetos invisibles” (presuntos grafiteros anónimos) privados de encontrar un hogar seguro para llegar a ser políticos o apolíticos, irreverentes o conservadores.

Por otra parte, insiste en fijar un testimonio de su incertidumbre con ese oficio pictórico que no desdeña el lienzo como soporte convencional. Ello justifica su admiración por los pintores emblemáticos del neoexpresionismo alemán de la posguerra o la transvanguardia italiana de los ochenta. Ello le permitió que, junto al magisterio del “cubanizado” Joseph Beuys, confluyeran en su imaginario visual: Anselm Kiefer y Sandro Chia, Georg Baselitz y Francesco Clemente. Su desarraigo radica en la imposibilidad de asociar esas combinaciones de manchas y grafitis con algún pintor canónico de la vanguardia cubana. Al carecer de una “vehemencia tropical”, los cuadros trascienden las fronteras identitarias sin perder el aura de la claustrofobia insular.

(Tercer round)

El tiempo caótico que inspira la obra de Damián Aquiles nunca se despliega en un ámbito plástico sin orden ni ley. Durante el tránsito de la mala a la buena pintura, devino en productor matérico de una antiestética regida por el diseño. Al final, todo se resuelve en un puzzle de forma y contenido. En éste se funden gestos y palabras, la aspereza objetual y la pulcritud instalativa, lo cálido y lo frío. Su heterodoxia no aspira a la pose del artista contestatario outsider o genio incomprendido que no es profeta en su tierra. Construir el silencio de iconos-palabras-islas derrochando inventiva, voluntad y paciencia es parte inseparable de su impronta procesual. Solo que éste misterio fue revelado al emplazar sus artefactos y lienzos en una galería del contexto que lo estimula a visualizar pausas, asombros y repeticiones.

Una de las obras sintomáticas de una primitiva limpieza donde la idea diseñada neutraliza una supuesta controversia entre materia y concepto es: “Infinito tiempo, Infinito color, Infinita memoria” (2008). ¿Hacia dónde van esas hileras de hombrecillos de metal multicolores sin reparar en la “oscura cabeza negadora” que gira en sentido contrario? ¿Serán almas ancladas en el tiempo cuya robotización les obstaculiza percibir las diferencias del espacio que habitan? ¿Arcoiris casi humano o rompecabezas para autistas? ¿Lo infinito es lo finito o lo que acaba nunca termina? La peculiaridad de estas preguntas es que ninguna ofrece una esperanza de respuesta.

Esta pieza sin una versión definitiva, inconclusa por naturaleza, muda en su pujante elocuencia, revela el desconcierto de cuanto esconde: el vacío que generan las burdas manipulaciones del arte y la política. Dichas maniobras resultan tan inútiles como esas figuritas obedientes atornilladas a la pared, encaminadas a una meta desconocida, dispuestas a propinarle una lección de firmeza a la debilidad. Un crítico de “ojo curatorial” recomendaba que los hombrecillos podrían estar desperdigados por toda el área bidimensional de la galería sin afectar al resto de las propuestas. Ello prueba que los minúsculos emblemas poseen la capacidad de inundar un espacio sin connotarlo de rasgos individuales específicos. De tanto aludir a la “infinita totalidad”, bastaría la orden de romper filas para ver trocada una marcha de la “conciencia colectiva” en una suma de fragmentos no precisamente vitales.

(Veredicto final)

En “Memoria y palabras” (abril-mayo 2008), el tiempo volvió a salir airoso frente al espacio. Pero transcurrió una pelea sin la intervención del toque costumbrista, las fobias políticas o el ajuste de cuentas con golpes o derrotas que no se perdonan. La esencia de éste quehacer visual es una lucha interna por hallar un equilibrio entre la rudeza de la materia bruta y el refinamiento pictórico más conceptual ante el desafío lanzado por un enorme lienzo virgen. Donde quiera se exhiban estas piezas tendrán una marca que rebasa su origen y destino.

El resultado final de esta “porfía de imágenes” impide etiquetar a Damián Aquiles dentro de los clichés habituales de “artista cubano de raza” o trotamundos replegado a los desprejuicios o ventajas del llamado “lenguaje internacional del arte”. Digamos: que su estrategia es la propia falta de estrategia. Pero no todos los senderos que se bifurcan conducen al cinismo en sus variantes extremas. Actuar en “zona de nadie” tratando de encontrarse frecuentemente consigo mismo en La Habana o en New Orleans constituye la premisa donde se concentra la fuerza de un artista que merece su inclusión en el panorama visual cubano.

Enviado el 13 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del dueño del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: