« Un día de locos - Óscar Alonso Molina | >> Portada << | Una historia de once años - Junot Díaz »
Mayo 08, 2008
Por perderle el asco a Bernhard - Juan Maya Avila
Originalmente en Hoja por hoja. A propósito de El asco. Thomas Bernhard en San Salvador, Horacio Castellanos Moya, con Nota final de Roberto Bolaño, Barcelona, Tusquets, 2007.
Novela que levantó ámpula en El Salvador por ser un crudo retrato de esa nación centroamericana, este homenaje de Castellanos Moya a Thomas Bernhard tiene como protagonista a un personaje como los creados por el escritor austriaco. A decir del reseñista, sin embargo, estorba a la obra una excesiva admiración, que lleva al autor incluso a imitar la prosa del homenajeado.
Cuando Horacio Castellanos Moya publicó El asco, en 1997, recibió amenazas de muerte que lo decidieron a dejar su patria, El Salvador. Ciertamente el texto que causó el escándalo es perturbador porque raspa en los aspectos más íntimos de una nación. Pero lo que no entendieron sus amenazantes detractores fue que el autor facturó sus burlas siempre amparado por la diosa Literatura y que su afán no era el de mancillar las sagradas costumbres de un país sufriente pero en eterna promesa de restauración.
No, ni siquiera es pensable que Castellanos Moya hubiera maquinado todo para generar especulaciones y revuelo ante la publicación de El asco. Amparado, como dije, por la diosa Li-teratura, se fabricó un disfraz a la medida, Edgardo Vega, que lo deslinda de las opiniones más cruentas —como los improperios contra Salarrué y Roque Dalton— y al mismo tiempo le deja despotricar contra la que —parafraseo al autor— algunos despistados todavía llaman nación. Un lugar que sólo por lo grotesco no provoca risa. El Salvador.
Pero que no se olvide. Todo es una farsa. Un carnaval que no busca sacar pústulas; sino, mediante el escarnio, provocar el movimiento, la acción de sus lectores. Quizás es que el humor llega demasiado tarde, quizás es que aún se encuentra inacabada esta obra en su estructura. El título completo de la novela incluye a Thomas Bernhard. No sólo eso. La obra de Castellanos Moya se cocina siguiendo las recetas del buen Thomas que, como bien se sabe, nunca pudo mantener la boca cerrada y ha impactado en un público consi-derable gracias a su prosa devastadora, que todo destruye, que jinetea a la palabra como ángel del Apocalipsis. Una prosa tan bien definida, tan propia, que ante cualquier intento de imitación pierde la magia. Algo similar a lo que sucede con Borges, calca y purgatorio para un buen número de cuentistas en ciernes, que se evidencian no sólo en el desarrollo de temas tópicos, sino hasta en la conjugación de los verbos. Entonces podemos hablar, sin lugar a dudas, de una cantaleta borgiana y asimismo de una cantaleta bernhardiana. Ahora bien, esta última no le hace, creo yo, ningún favor al texto, más aún, lo fuerza, le estrecha los caminos a esa prosa que desea estallar, que no puede contenerse. En cambio, en el afán por recrear una cadencia, repite, alarga, detiene lo mejor de la historia y al que pudo ser el entrañable Vega.
¿Para qué traer lo más obvio de Bernhard, su monolítico párrafo sin cortes, su insuperable cadencia? Eso lo intenta el apasionado lector tras el entusiasmo de agotar alguna obra del austriaco que de manera mágica lo ha incitado a escribir. Ya no era necesario en un escritor experimentado como Castellanos Moya. Si quería rendirle un homenaje a Bernhard o si su deseo era parodiar un estilo, lo pudo conseguir contundentemente con Vega, personaje verdaderamente bernhardiano en sus matices más invisibles; Vega, el justo que critica toda vulgaridad, más las de su origen; el que enaltece su espíritu en el arte y en la música de Tchaikovsky; tal es su refinamiento, tal la frialdad, que cínicamente la raíz de su perorata es el dinero, un dinero que le hace regresar a San Salvador. Y no cualquier dinero, el dinero de su madre muerta a la que no miraba hacía años.
Un culero al puro estilo de Bernhard, al que recuerdo ahora frente a la tumba del sobrino de Wittgenstein.
Lo mejor es que en su plenitud literaria, el personaje de Vega es una parodia tan bien facturada, que al final se pudo haber independizado y dejar de ser una sombra, pues tam-bién traía consigo ese humor propio, ácido y paulatino, aunque tan paulatino que entonces peca de retardado, más en esa camisa de fuerza en que se convirtió la prosa. Vega es genial en su misantropía exagerada que lo hace odiar a los niños y a los ostiones sean salvadoreños o no; es hilarante en su gradual mariconería que lo hace chillar ante los sombrerudos rancheros que lo acompañan en el avión o frente al negroide gigantesco que le invita cervezas Pílsener en un burdel de quinta; es, en resumen, el disfraz perfecto. Y desaprovechado.
Juan Maya Avila, narrador, actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas
Enviado el 08 de Mayo. << Volver a la página principal << |
