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Mayo 19, 2008
Resistencia pasiva contra los «camaradas» - Fernando Castro Flórez
Originalmente en ABCD
El principio según el cual un acontecimiento, para convertirse en histórico, debe existir en el instante, ha sido introducido por la fotografía, no cabe la menor duda. «Tanto si se trata -señala Vicent Lavoie- del cliché que representa la muerte heroica del soldado republicano durante la Guerra Civil española, de la imagen de la niña vietnamita quemada por el napalm, de la que muestra a un soldado en Berlín pasando al Oeste o de la fotografía que presenta la inmolación de un monje budista, el principio es el mismo: la fotografía de acontecimientos cristaliza los episodios más marcantes de la historia». Tenemos bastantes instantáneas de aquel momento en el que la máscara del «socialismo con rostro humano» fue sustituida por el semblante hierático de un militar que, a fin de cuentas, no entiende nada.
40.000 tanques. El 20 de agosto de 1968 165.000 soldados del Pacto de Varsovia con 4.600 tanques invadieron a la indefensa Checoslovaquia; los estudiantes intentaron detener la ocupación sentándose ante los blindados o hablando en ruso con los militares que tenían órdenes estrictas de mantenerse ajenos a cualquier tipo de provocación. Sin embargo, las balas impusieron su ley y el himno nacional sonó en Radio Praga para dar la señal dramática de que todo había terminado. En las calles aparecieron grafitis en los que la furia se mezclaba con el humor negro: «Ha llegado el circo nacional ruso, al completo con gorilas y todo», «Esto no es Vietnam!», «¡Lenin ha resucitado!».
Pájaros de cuidado. Algunos pensaron que era una pesadilla o, por lo menos, eso es lo que decía una canción de Karel Cernoch. Todos, hasta los niños aburguesados que agitaban demencialmente el libro rojo de Mao en las calles parisinas o se entregaban a la perorata infinita en las aulas atiborradas, comprendieron que un telón grotesco había caído con estrépito. En Moscú comprendieron, literalmente, que la habían cagado. Las imágenes de tan deshonrosa «acción militar» habían atravesado el planeta y su ignominia estampaba las primeras planas de los periódicos y las revistas. Hasta Tito y Ceaucescu, dos pájaros de cuidado, denunciaron abiertamente la invasión, que consideraban «un gran error». Los líderes de los distintos partidos comunistas de distintos lugares del mundo comprendieron que para aquel veneno no habría antídoto. Marcuse declaró que era «el acontecimiento más trágico de la era de la posguerra» mientras que Fidel Castro, con su proverbial tozudez, alegó que la invasión era dolorosa pero necesaria.
Koudelka estuvo allí, llegando por los pelos el día antes a Praga, procedente de Rumanía donde había estado fotografiando una comunidad de gitanos. Su cámara se convierte en el instrumento privilegiado para un testimonio febril. Ojeando el magnífico libro Invasión Praga 68 editado por Lunwerg asistimos a la epopeya civil de la resistencia pasiva. Hay tanques por todas partes y multitudes que sufren la ocupación como la peor de las humillaciones. El «anónimo fotógrafo checo», que fue distinguido con la medalla de oro Robert Capa cuando su reportaje se publicó en 1969 por la agencia Mágnum, formaba parte de esa ciudadanía que apenas había comenzado a experimentar una «mínima» democratización y sintió cómo el duro puño del Kremlin caía sobre los llamados «contrarrevolucionarios».
Las banderas y periódicos. Algunas mujeres no pueden contener el llanto, la mayor parte está al principio perpleja y luego fuera de sí. Lo que se blande contra las armas son banderas y periódicos que van de mano en mano. El intento de dialogar con los militares es completamente inútil, como el gesto del joven que se arrodilla junto a un tanque para detener el avance. Koudelka traza un impresionante friso humano en plena desolación, pero sobre todo, conocedor de la técnica teatral, genera una suerte de pieza escénica en la que podríamos decir que sobran las palabras. Desde los que cantan el himno nacional delante del edificio del Comité Central del Partido Comunista a los que pintarrajean con cruces gamadas los blindados, de la defensa del edificio de Radio Checoslovaquia a las barricadas humeantes, ventanas con los cristales rotos, víctimas de la invasión, la plaza de Wenceslao desierta en un tiempo subrayado desde un reloj de pulsera o la gente sentada en la calle negándose a aceptar un destino funesto.
Las consignas revelaban que todo se había torcido: «Proletarios de todos los países, ¡largaos!». En la edición extraordinaria del 27 de agosto de 1968 de Sensity pro mladou literaturu se advertía que «esto» suponía el fin de la ideología y la revelación del imperio ruso como puro despotismo asiático: «Fulminados por la revelación de una mañana, hemos perdido todas las ilusiones que nos quedaban y nos estremecemos con la idea de la seguridad del mundo, que confina con el absolutismo oscuro y despiadado». Habían sido precisamente los «aliados» los que aplastaron cualquier esperanza. En los pedestales de las estatuas aparecía una sórdida ecuación según la cual el nazismo sería idéntico al comunismo.
Aquella «primavera» que comenzó en Praga en Febrero con la abolición de la censura y la libertad de reunión fue demasiado para unos «reformistas», como fue el caso de Dubcek, que en el fondo nunca dejaron de ser leninistas. El famoso Manifiesto de las dos mil palabras invitaba a la actividad civil y, sin embargo, fue el pórtico de la fulminante represión. Las memorables fotografías de Koudelka entregan la atmósfera única de aquel levantamiento general contra la barbarie de los «camaradas».
«La resistencia nacional a la invasión -apuntan Hoppe, Suk y Cuhra en el prólogo histórico a las imágenes tomadas por Koudelka- también fue una especie de teatro para el mundo, sirvió para que se viera, y no se olvidara, el alzamiento pacífico de un país pequeño contra una gran potencia: «No estamos solos, el mundo está con nosotros. Lápiz y papel: nuestro fusil». La opinión pública distinguía todos los personajes del drama, incluso los principales, vivamente, casi de forma shakesperiana». Frente a la lectura parisina del 68 que va buscando permanentemente protagonistas, desde Cohn-Bendit a Sartre, gente aferrada al megáfono, la potencia plástica de la rebeldía política en Praga es la de un colectivo, en la que Koudelka subraya, constantemente, las barreras, la incomunicación y la falta completa de sentido.
Con unas botas gastadas. Entre las fotografías destacan la de un joven que, con una mano extendida, intenta convencer, en la avenida Vinohradská, a los soldados impertérritos, fijando en primer plano unas botas gastadas, o la de una mujer hermosa, vestida con un traje claro de falda corta, que vuelve la cabeza delante de un edificio arrasado por las balas; lleva de la mano a su hija de pelo rubio y ensortijado que sostiene contra su pecho un muñeco como si también ella fuera una madre imaginaria.
Pocas «obras de arte» son capaces de transmitir la intensidad crítica que encontramos en estas imágenes, tomadas sin pretensiones «museales», aspirando a rendir el más honesto de los testimonios. Una frase de la época es también un compendio de todo lo que no puede expresarse de otra manera: «Nos cagamos en Occidente y la mierda nos llegó de Oriente. Eso prueba que la tierra es redonda». Cuarenta años después de este naufragio del internacionalismo, todas las fotografías de Josef Koudelka no necesitan ninguna clase de legitimación estética, son, con todas las letras, el documento absoluto de la barbarie: algo que nunca debería ser olvidado.
Enviado el 19 de Mayo. << Volver a la página principal << |
