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Mayo 30, 2008

Ricardo Menéndez Salmón: el monstruo está dentro - Vicente Luis Mora

A propósito de Derrumbe, Ricardo Menéndez Salmón, Seix Barral, Barcelona 2008. Originalmente en el Diario de Lecturas de Vicente Luis Mora. Dado el interés, no sólo recogemos la reseña, sino el extraordinario intercambio de comentarios que la ha seguido.

915184.jpgPrevia
No sé si últimamente me complico demasiado la vida con las reseñas. Para hacer ésta he leído –antes, durante y después de la lectura de Derrumbe–: No Country for old Men, de Cormac McCarthy y La noche feroz (KRK, Oviedo, 2006), del propio Menéndez Salmón (RMS en adelante); he terminado Gritar (Lengua de Trapo, Madrid, 2007), que tenía a medias, he releído La ofensa (Seix Barral, 2007) y partes de Los demonios de Dostoievski y de El corazón de las tinieblas de Conrad. El motivo de leer a McCarthy es, obviamente, que es considerado como el continuador de lo que Faulkner empezara y tiene al mal como eje de su narrativa; parejos eje y maestro tiene RMS, por lo que creo que hay varios puntos de enlace entre sus obras.

Habrá quien se pregunte: ¿merece la pena leer y releer tanto para hacer la reseña de un solo libro y, en concreto, para reseñar éste? La respuesta, en el primer caso, es sí, por supuesto. Releer y leer cosas nuevas siempre merece la pena, es un ejercicio valioso en sí mismo. Además, lo bueno de releer es que se descubren cosas curiosas. El episodio de la visita al circo en Derrumbe y la llamada nocturna equivocada (pp. 99-105) estaban en Gritar, reunidos como relato bajo el significativo título de “El terror”.

La respuesta a la segunda pregunta, si ha merecido o no la pena hacerlo para esta novela de RMS, supongo que se deducirá de lo que viene a continuación.

Obertura
Reconozco que mi lado de crítico malvado (de vez en cuando me sale) sonrió al leer que la nueva novela de Ricardo Menéndez Salmón iba a versar sobre un asesino en serie. ¿Tu quoque, fili mi?, pregunté para nadie, ¿también tú vas a venderte al mercado, como han hecho algunos de tus mayores, vas a traicionar tu leyenda de autor exigente por conservar las inesperadas ventas masivas? El miedo se arrastró aún cuando en las dos primeras páginas el planteamiento recordaba al de un capítulo de CSI (antes de la primera pausa publicitaria, presenciar un hecho violento y conocer el modus operandi del criminal). Pero no, falsa alarma, por fortuna. A las pocas páginas se reconoce al autor de La ofensa y comienza la larga serie de pistas que hacen de este libro un ahondamiento en los temas favoritos de RMS: la inutilidad del conocimiento para la mejora de la vida social (y acaso personal) y la consideración del mal como el elemento más definitorio de lo humano. Aprovecho para decir que Derrumbe me parece una novela mucho más ambiciosa y sólida que La ofensa.


Conrad – Kurt / Kurtz – el horror

El mal es su propia expectativa.
Mortenblau

Uno de los símbolos más añejos del conocimiento lo presenta como un viaje. El viaje es la metáfora que sustenta la Bildungsroman o novela de aprendizaje (de construcción, según la raíz alemana), y es la imagen preferida también de RMS. Kurt, el protagonista de La ofensa, es descrito “en su viaje hacia el corazón de la nada” (La ofensa, p. 76). Manila, el sentencioso detective de Derrumbe, determina: “Estamos tratando del Mal, con mayúscula. Una de las palabras más cortas; uno de los viajes más largos” (p. 34). Los protagonistas de los libros de RMS llevan a cabo viajes circulares al abismo de sí mismos, al conocimiento consistente en el no-conocimiento, en el aprendizaje no de la decepción, sino de la incertidumbre. Esperan llegar a la sabiduría de Rousseau o Kant, que ven al hombre como el Buen Salvaje, como un ser probo, ético y responsable, que lleva la ley moral en su corazón bajo el cielo estrellado, y acaban viendo al mal absoluto, al horror total del hombre en un viaje –más conradiano o de Dostoievski que de Céline– al fin de la noche.

RMS comparte una convicción con Hobbes, Joseph Conrad o J. G. Ballard, entre otros: el corazón del hombre (o su interior psicológico, o su alma, o su inconsciente; opte cada cual por el concepto con que se sienta más cómodo) es el lugar del horror. En cada uno de nosotros, según este pesimismo antropológico, hay un animal atávico y terrible, cuyo apetito[1] es capaz de las peores cosas. Del mismo modo que el Kurtz de El corazón de las tinieblas, “Kurt descubrió el reverso (…) de aquel horror padecido diez meses atrás hasta aceptar que pavor y fiereza no tienen patria, y que anidan en todos los corazones por igual: franceses, alemanes, rusos, americanos, japoneses, españoles, qué más da, es la sucia materia del hombre la que está sobre la balanza, su corrupción, su vileza, su arrogancia de animal idólatra, no su patronímico ni su credo ni sus gustos culinarios” (La ofensa, p. 89). El Kurtz de Conrad muere, en la versión cinematográfica de Coppola, con la palabra horror en los labios; para RMS “nada deja tanta huella como el aprendizaje del horror” (La noche feroz, p. 30). Creo que la homofonía de los nombres no es casual, desde luego. Pero el pesimismo no ha decaído en Derrumbe, más bien todo lo contrario, como puede verse en esta excelente y conradiana frase: “fue como si Valdivia ya pudiera adivinar [en su hija] el implacable rostro de la gran bestia mostrando su cadavérico señuelo, la voz de la sangre y la tiniebla, el perro carnicero que, huesos adentro, a todos habitaba y consumía” (p. 111). Recordemos la cita de Dostoievski que abre la novela: “el terror es la maldición del hombre”. O el hombre mismo.

Roberto Bolaño escribía en Estrella distante que su personaje Carlos Weider “encarnaba el mal casi absoluto”. En la última literatura es frecuente que esta descripción coincida siempre con los oficiales nazis del Holocausto o con el retrato de las personas que generan, sostienen o ayudan a dictaduras militares en Latinoamérica, como el caso de Weider. Frente a esa dimensión, más política o comprometida, según casos, RMS opta por un modelo psicológico, individual, de portador del mal, que actúa solo pero que, en realidad, encarna todo el mal sociológico de la época, el criminal soterrado que la agresiva sociedad capitalista, basada en un modelo competencial de superviviente que se presenta como el rol básico a desempeñar. También es interesante traer a colación otra frase de Bolaño, ensayística esta vez: en un artículo de Entre paréntesis escribe que “el crimen parece ser el símbolo del siglo XX”; RMS parece entender que también lo será del XXI. Entremos en el examen de ese individuo epítome del terror, de ese aleph del mal absoluto.


Asesinos en serie: posibles modelos
La mañana hacía pensar en el decorado de una película de terror. (…) El fantasma de Jack el Destripador sesteaba en cada esquina.
RMS, La ofensa

“Monstruo es una palabra gastada” (p. 32), dice en Derrumbe uno de los personajes, y tiene mucha razón; nuestro imaginario de los malvados está tan saturado que es difícil crear un asesino original y creíble; ni siquiera la realidad suele superar a la ficción, en estos casos. Decenas de años de cine policíaco y novela negro, primero, y de archivillanos y asesinos en serie después, de El estrangulador de Boston a Natural Born Killers o Seven, pasando incluso por teleseries como Dexter, nos han dejado sin imaginación.

Por ello, ciertos aspectos utilizados por RMS para su psicópata en Derrumbe (no es el primer psicópata que hay en su obra[2], por cierto) nos recuerdan, inevitablemente, a otros. En Henry, retrato de un asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, John McNaughton, 1986), el asesino recomienda a su nuevo cómplice no repetir ni lugar ni manera de asesinato, para que la policía no pueda seguir el rastro ni establecer un perfil psicológico. En el caso del asesino de Derrumbe, “el instrumental del horror era amplísimo: navajas para rasurar el vello púbico, corbatas para estrangular, una Star del calibre 9, un bote de ácido para desfigurar un rostro, un hacha para decapitar” (pp. 27-28). En El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991), el asesino deja larvas de insectos en la boca de los cadáveres; aquí el psicópata “introdujo bajo la lengua del cadáver el homenaje de una mariposa viva” (p. 36). La relación que tiene Mortenblau (tal es su nombre) con su madre recuerda a la de Sylar, el archivillano de la exitosa serie Héroes, con la suya. Pero quizá el mayor parecido sea con el Chigurh de No Country for old Men, de McCarthy. En primer lugar, el hecho de que la fisonomía del asesino no sea clara, de que no haya un retrato definido del mismo, de modo que el lector pueda ampararse en un retrato imaginario. Por otro lado, como vio agudamente la crítica del Guardian Adam Mars-Jones[3], Chigurh es un esteta, un “artista” de la muerte, que estudia cuidadosamente a las víctimas y genera un escenario para cada ejecución, amén de intentar ser “original” (palabra que utiliza uno de los policías al ver cómo ha matado Mortenblau a una mujer con una pelota de golf). Manila se sorprende ante la palabra utilizada por su compañero: “Manila sopesó la originalidad como concepto. En arte, se solía considerar una de las marcas del genio” (p. 29). De eso se trata, de una deliberada actitud estética, tanto en el psicópata de McCarthy como en el de RMS.


El protector
Frente a la figura del archivillano, nos encontramos que cada vez aparece más depauperada la figura de su antítesis, del personaje anticlimático que debería ser el detective, el policía. Los asesinos, sobre todos los psicópatas, son personas inteligentes y brillantes (vgr., el John Doe de Seven, la película de David Fincher, que es un superdotado que además escribe, como el de RMS), son admirables y cultos[4]; el desafuero llega a su extremo en la serie televisiva Dexter, donde el asesino en serie es una persona… entrañable. Frente a su poderío simbólico, el policía suele ser un inepto, un perdedor, alguien quizá brillante pero patético. Como suele decir el filósofo José Luis Molinuevo, la representación icónica del mal siempre suele ser más potente que la del bien. Los malos son bellos, arrolladores, visten de primera marca, como el Bateman de American Psycho (Bret Easton Ellis, 1991; novela vertida al cine en 2000 por Mary Harron), o llevan uniformes de gran impacto visual. En el cine, sobre todo, su puesta en escena es mucho más elaborada y contundente que la del pobre policía que intenta detenerle, normalmente el estereotipo de policía perdedor, divorciado, al borde del alcoholismo y decepcionado con el sistema. Algunos agentes de policía descritos por RMS están descritos con un asco y una prevención (ver pp. 151-153) que choca frente al cariño o el cuidado con que se describe al propio asesino. Como explica Edmundo Paz Soldán, hablando de los detectives de Bolaño, pero en términos que podemos extrapolar a los detectives que se oponen a los serial killers, “no hay ninguna nostalgia por los detectives tradicionales del género (…) Esas figuras, que servían para dar fe de la inteligibilidad del universo y de la autoridad de la razón para desbrozar el caos en torno nuestro, existen ahora para decirnos que la razón ha sido derrotada, y para articular una reflexión existencialista en que el mundo se revela sin sentido”[5]. Parece estar hablando, también, de la novela de RMS, donde la concepción es exactamente la misma, lo que podría animar –aunque no es este el lugar de hacerlo– a hablar de un Angst epocal, de una cosmovisión negativa sobre las posibilidades de la razón y el orden que une a una multitud de escritores en diversas partes del mundo: sin dificultad podríamos extender estos razonamientos a escritores como Chabon, Franzen (clarísima esta actitud en su Ciudad 27, 1988), Roncagliolo, Ellroy, Lorenzo Silva, Ballard, Villoro, Fuguet, Egolf, DeLillo, el citado McCarthy y un inacabable etcétera.

El detective, por tanto, se configura como la propuesta triste y humana ante la evidencia de la inhumanidad brillante y excepcional, creativa en su destrucción, germinadora en su actitud extintiva, del psicópata. En ese sentido, también Manila tiene paralelismos con el detective Bell de No Country for old Men; aunque Manila no es un geezer, es más joven, también contempla con distancia el mal, reflexiona gravemente sobre él, y asistimos al relato de sus sueños nocturnos. Ambos están acabados, uno por viejo y otro por otros motivos. La postura de Bell no es muy diferente de la del Bartleby de Melville, o quizá es más negativa: no actúa porque no quiera, sino porque piensa que, filosóficamente, no se puede hacer nada contra un mal de esa naturaleza: “you aint goin to do nothing about it. That´s what you’re goin to do”[6]. La humanidad devastada de ambos es el punto emotivo de enlace con el lector.


Pasadizos entre Derrumbe y otras obras de RMS

1)
“no pudo evitar una punzada de vergüenza al contemplar a su familia varada allí con sus pequeños fracasos, sus pequeños anhelos y sus pequeños miedos, como extraños que no lo estuvieran despidiendo a él, sino a su doble, a su sosia, a un usurpador vestido con un traje de buen paño que no le sentaba del todo mal” (La ofensa; p. 24).
“aquel que fue junto a él, bajo él, en él, sobre él; su exacto reflejo, su doble, su sosia, la forma irresoluble de ese acertijo que llaman vida” (Derrumbe; p. 26).

2)
El alma, hasta hoy, nadie la ha visto. (La noche feroz, p. 26).
(…) pueden seguir pronunciando palabras como alma (…) (La ofensa, p. 56).
Manila aún no se atrevía a emplear la palabra alma. (Derrumbe, p. 47)

3)
El león, que sonreía de forma casi imperceptible, menos solemne que irónico, heredero de la vieja y mayestática Esfinge, parecía demandar de Kurt una respuesta urgente. (La ofensa, p. 114).
Al volver a mirar el televisor descubrió al león erguido delante de los tres muchachos (…) Y lo miraba a él. Buscaba sus ojos con una larvada promesa de ferocidad” (Derrumbe, p. 142).

4)
porque, al fin y al cabo, aunque parezca poca cosa, un nombre es lo que somos (La ofensa, p. 92).
todos estaban desnudos bajo su nombre (…) porque prestado era el nombre que llevaban (Derrumbe, p. 108)

5)
y las estrellas allá arriba, ajenas, sin astucia, bólidos fríos (La noche feroz, p. 81).
admiró el discurrir de aquellos bólidos fríos, ajenos a la angustia humana (Derrumbe, p. 47)

6)
Los siameses pigópagos de Nairobi agonizan (Gritar, p. 22)
Los tres amigos llevaban días leyendo en la prensa y oyendo en la televisión que los siameses pigópagos agonizaban (Derrumbe, p. 84).


Lucha contra el hiperconsumo
Derrumbe, no sé si conscientemente o no, tiene también elementos de contacto con Fight Club (El club de la lucha), la novela de Palahniuk publicada en 1996 y llevada paroxísticamente a la gran pantalla por David Fincher en 1999. La segunda parte de Derrumbe abandona el tema del psicópata por el del terrorista, encarnado esta vez en un grupo de tres chicos, autodenominados Los Arrancadores, y que actúan contra el exceso hiperconsumista de la sociedad (como luchan los jóvenes de El club de la lucha contra las compañías de crédito, encabezados por el anarcoide Durden). Mientras que el protagonista bipolar de El club de la lucha quiere abandonar su vida, alterada por el consumismo obsesivo para decorar su casa (“nesting instinct”[7], sintetiza Palahniuk), los tres terroristas de Derrumbe “pensaron en Corporama como en un insulto de la abundancia y se amotinaron. El exceso los inspiró en el terror. El hartazgo los enardeció” (p. 77). El filósofo César Rendueles ha estudiado recientemente la trama de la versión cinematográfica de Fight Club, esclareciendo esa lucha contra el exceso hiperconsumista, y relacionándola con la obra de J. G. Ballard, especialmente con Rascacielos[8]. RMS tiende sus puentes más bien al protagonista de Los demonios, de Dostoievski, novela donde, como es sabido, se narra (de una forma casi naïf, como apuntó Borges con acierto), un caso de terrorismo perpetrado por un grupo ruso de idealistas de izquierda[9]. El hecho, como recuerda Moisés Mori, estaba basado en un atentado real, donde Iván Ivanov había muerto a manos del grupo liderado por Nechaev (trasunto del Verhovenski de Los demonios)[10], y para Dostoievski, tan religioso, tanto mal sólo podía concebirse si los terroristas tenían un diablo en su interior. También aluden los tres terroristas de Derrumbe a La condición humana, sin esclarecer (en un buen detalle intelectual) si la referencia es a la novela procomunista, ma non troppo (Vargas Llosa dixit) de Malraux, o al ensayo de Hanna Arendt; suponemos que por la condición de estudiantes de Filosofía de los jóvenes (p. 79) se hace al segundo, pero quién sabe, mejor dejar ciertas cosas en una sabia indefinición.

La cuestión es que los tres jóvenes “descubrieron, casi sin darse cuenta, la fascinación de la violencia” (p. 80), como le había pasado también al Kurt de La ofensa: “un poco de aquel sentimiento viril de posesión y ruptura, de violación infinita que parecía adueñarse de los roncos gritos de estímulo de sus compatriotas, le hizo sentir en el pecho un atisbo de esa calidez que según las crónicas antiguas embarga a los conquistadores en el ejercicio de sus empeños y afanes” (p. 41). Del mismo modo que Kurt es un soldado sin mucho ardor guerrero, “la cólera que les procuraba la sociedad, la estulticia, la decadencia de su época” es “un móvil laxo” (Derrumbe, p. 80) para los tres jóvenes. Pero, a pesar de todo, Kurt combate y ellos llevan a cabo actos terroristas. Puede que el autor quiera decir con esto que la fascinación interior que la violencia procura, sobre todo a los jóvenes, genera la abundancia de violencia gratuita que ellos mismos producen o la que consumen, vía libros, películas o videojuegos. En este caso, su odio a la sociedad en la que viven (Promenadia, que ya estaba en otras obras de RMS como La noche feroz, y que es, ahora más que nunca, Gijón[11]) les hace elegir rápidamente la palabra que van a utilizar como mantra, terror: “les pareció una palabra tan redonda, tan viril, tan diáfana como un dardo de luz en el agua de un pozo” (p. 81).

Hay que hacer notar que, si no me equivoco, Derrumbe es la primera novela española que introduce una variante no territorial del terrorismo. Como explicaba Julián Jiménez Heffernan en un ensayo sobre la novelística española que toca el tema, los propósitos ideológicos que mueven las historias centradas en el terrorismo patrio acuden siempre a la relación de éste con la tierra, con el terruño localista y heideggeriano a defender[12]. Así, desde luego, funcionan las novelas estudiadas por Heffernan (La cuadratura del círculo, de Pombo; Momentos decisivos, de Félix de Azúa, y Volver al mundo, de González Sainz); pero también funcionan con esa lógica novelas posteriores que abordan el tema, como La fiesta del asno, de Juan Francisco Ferré, o España, de Manuel Vilas, por no hablar de los relatos de Iban Zaldua. Sólo se me ocurre, como posible antecedente de terrorismo no vinculado a la tierra (aunque sí vinculado a lo atávico, a las costumbres de la tierra), a Sapo, el terrorista que combate contra la Semana Santa sevillana en Nadie conoce a nadie (1996), de Juan Bonilla. Pero la trama terrorista de Derrumbe es, hasta donde conozco, una novedad, sustentada única y exclusivamente en la lucha contra el ultracapitalismo, una descripción de un terrorismo global –antiglobalizador, suponemos–, metafísico, en el sentido de más allá de la tierra concreta.


Desconsolatione philosophiae


La verdadera significación de un crimen está en su condición de ruptura de la fe
con la comunidad humana.
Joseph Conrad, Lord Jim


En un artículo titulado “Filosofía. Desconsolatione philosophiae”, Javier Muguerza pone en crisis el concepto de la materia y, retorciendo el quizá ingenuo título de Boecio (480-526), plantea el fracaso de la razón[13] y hace del autocuestionamiento de la propia Filosofía y del concepto de realidad (íbidem, p. 181) la clave del proceso intelectual, intentando evitar, sin conseguirlo, parecer pesimista al respecto. Menéndez Salmón, a mi juicio (y como yo mismo), vive en similar dicotomía: ama la Filosofía, pero duda de que ésta sea capaz de dar respuestas a sus/las preguntas fundamentales. “Nadie, ni siquiera el filósofo más sutil, ha podido encontrar un sentido preciso a ese absurdo que es la voluntad humana” (La ofensa, p. 109). En Derrumbe asistimos a este diálogo:

-Es como la vida. –dijo Manila.
-Como la vida. –Repitió el Inspector.
-El sentido de la vida es su carencia.
-Entiendo. Es usted filósofo.
-A ratos. (p. 21)


Un filósofo que sostiene que no hay sentido, sino carencia del mismo, es evidentemente un filósofo muy autocrítico, muy consciente de la inutilidad estructural de hacerse las grandes preguntas. “No encontraba consuelo; no encontraba sentido; no encontraba sino un frío atroz” (La ofensa, p. 53). Para sus personajes, lo divino no existe, lo humano demiúrgico tampoco y estamos, pura y simplemente, en manos del azar: “comprendió que el asombro, al fin y al cabo, es una categoría de lo cotidiano, y que sólo hay un dios, el azar, y que sólo existe una religión, la casualidad, y que cualquier otra interpretación de la vida y de sus accidentes no sólo está abocada al fracaso, sino que condena a la más absoluta ceguera” (La ofensa, p. 132). “¿Es esto lo que aquí se dirime? ¿Una cuestión de orden? (…) Un accidente. Una fatalidad. ‘El rostro del azar es ciego y voluptuoso’. ¿Un versículo? ¿Un epigrama? ¿Un consejo paterno? ¿Lo dijo el oráculo de Delfos, un novelista contemporáneo, una galletita china de la suerte?” (Derrumbe, p. 34). La filosofía, los treinta siglos de sabiduría humana, incapaces de explicar el sentido de la violencia[14]. El hombre azotado por las oscuras fuerzas del caos. Un sistema en que la Filosofía no da consuelo; un mundo como lugar shakespeariano, lleno de ruido y furia: “dedujo que el mundo era un lugar extraño, confuso y lleno de recovecos en los que la vida y la muerte jugaban una partida obscena” (Derrumbe, p. 17); “el mundo era un teatro de soflamas y ruido” (La ofensa, p. 28); “el mundo se estaba transformando en algo parecido a la balsa de la Medusa” (Derrumbe, p. 43; aprovecho para decir que el mundo no sería tan malo si de verdad fuera tan fácil encontrar policías que conocieran el cuadro de Géricault), y podemos encontrar más manifestaciones del mismo tenor en otros lugares de la obra de RMS[15].


Cierre
Puede que sorprenda a muchos que alguien con educación literaria clásica, formado e interesado primordialmente en los grandes nombres del XIX y principios del XX, también guste del fragmento como forma constructiva. Puede que sorprenda a muchos que un novelista que no pocos etiquetan como no-mutante o como anti-mutante (dependiendo del grado de odio o recelo contra este grupo), sea tan tecnológico, mediático y científico como lo es RMS[16]. A mí no me sorprende. Lo vengo diciendo: así es el mundo que nos rodea, científico, hipertecnificado, casi convertido en simulacro (una palabra frecuente en el léxico de RMS) por la acción de los mass media y las nuevas formas de conocimiento (excelente la reflexión sobre los parques temáticos, que convierte a RMS en un George Saunders serio), un mundo donde la información nos llega fragmentariamente, de forma sincopada y trunca, como en pastillas. RMS es un escritor inteligente, y consciente por ello de que hacer hoy una novela a la decimonónica, con capítulos muy largos, sólo tiene cabida (salvo ciertas excepciones) en una novela de ciencia ficción, porque la realidad, hoy, es ya otra cosa.

Como muchas otras veces en su obra, el cierre de Derrumbe es circular. En La ofensa, Kurt muere al volver al lugar del horror. Pero ya se había advertido antes, en cierto punto de la novela: “si pudiésemos admirar el dibujo de los pasos de un hombre (…) nos sorprendería descubrir que, tras tantas idas y venidas, tras tantas tentativas de viaje, a menudo el final de trayecto conduce a un lugar no muy alejado del punto de partida” (La ofensa, pp. 109-110). La figura del Uroboros está siempre presente en la narración, sobre todo en lo que tiene la figura mitológica de dentellada a sí misma. Hay retornos, sí, tan eternos como indefectiblemente violentos. Hay una secuencia inacabable de terrores, como si la vida fuese pasar de una situación terrible a otra. El “derrumbe” del que habla la novela es, a mi juicio, el de nuestra civilización, que espolea por su civismo impuesto (la idea es de Ballard) y ultratranquilizador al animal salvaje que llevamos dentro. Uno de los escasos personajes humanos y con sentido común de este libro, la madre de Vera, sentencia al volver una noche a su casa: “vivimos en Bizancio”. La caída del hombre a la existencia desolada, cruel y cainita; la debacle de los dioses y los valores, y el derrumbe de la civilización occidental a manos de sí misma, son los temas de esta novela terrible, que consolida a Ricardo Menéndez Salmón como uno de los autores más sólidos, profundos e interesantes de nuestros días.

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Notas
[1] Es muy significativa la cita de Spinoza que abre la muy faulkneriana novela de RMS La noche feroz: “(…) y lo que se llama ‘causa final’ no es otra cosa que el apetito humano mismo, en cuanto considerado como el principio o la causa primera de alguna cosa”. Esta novela me ha recordado mucho, por varios motivos, a La noche del cazador, de David Grubb.
[2] Está también el José Mendoza de “El placer de los extraños”, en Gritar.
[3] http://books.guardian.co.uk/reviews/generalfiction/0,,1635183,00.html.
[4] Como los oficiales nazis retratados por Steiner, Litell y Vollmann, el asesino es un hombre culto, que lee a Montaigne, Huysmans y Kafka (Derrumbe, p. 45). Este tópico del “mal culto” es abordado en la propia novela: “Manila (…) pensó en la belleza. En su inutilidad frente al mal. Cimabue vencido por Gilles de Rais. Beethoven pisoteado por Hitler en Auschwitz. Versos de Rimbaud abrasados en Hiroshima. El aria final de las Variaciones Goldberg no le trajo calma” (Derrumbe, p. 27). También es curioso pensar, en La noche feroz, la relación entre el grado de cultura del asesino respecto al entorno.
[5] Edmundo Paz Soldán, “Roberto Bolaño: Literatura y apocalipsis”, PRL. Primera Revista Latinoamericana de Libros; septiembre / noviembre 2007, p. 4.
[6] Cormac McCarthy, No Country for old Men; Vintage Books, New York, 2006, p. 160.
[7] La expresión de Palahniuk alude, oblicua e inteligentemente, al síndrome del nido que sienten algunos mamíferos (incluidas algunas mujeres embarazadas) de preparar una casa para la criatura en gestación. En el caso de las madres, surge al quinto mes de embarazo.
[8] César Rendueles, “En la lucha final”, en S. Zizek, Jorge Alemán y César Rendueles, Arte, ideología y capitalismo; Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2008, pp. 85-86.
[9] Los demonios es una referencia constante en la obra de RMS. Una de sus frases abre Derrumbe, y el profesor Homero, de La noche feroz, la tiene siempre sobre la mesa de su escuela (p. 31).
[10] M. Mori, Estampas rusas. Un álbum de Ivan Turgueniev; KRK, Oviedo, 2007, p. 209.
[11] Así lo ha reconocido, sin ambages, el propio autor en una entrevista en El comercio, 22/04/2008.
[12] Julián Jiménez Heffernan, “Tierra: Terror: Error. Tres crónicas de heroísmo errado”, De Mostración. Ensayos sobre descompensación narrativa; Antonio Machado Libros, Madrid, 2007.
[13] J. Muguerza, “Filosofía. De inconsolatione philosophiae”, en Miguel Ángel Quintanilla (ed.): Diccionario de filosofía contemporánea; Editorial Sígueme, Salamanca, 1984, p. 167.
[14] “De todos los placeres que conoce el hombre, ninguno mayor que el de causar dolor (…) Y el hecho de que los filósofos no hayan encontrado todavía una razón convincente, decisiva, irrefutable, para justificar esa característica de la naturaleza humana, es uno de los misterios más hondos que existen” (La noche feroz, p. 57).
[15] “Lo que comprendí de forma diáfana, como si hasta entonces mis ojos hubieran vivido ocultos tras unas gafas mal graduadas es que, si se observa con atención, el mundo es un lugar tan extraño que hemos de corregir nuestra mirada de modo constante para que el terror no nos invada en la mesa del desayuno, en las reuniones de trabajo o mientras practicamos el sexo una vez por semana”; Ricardo Menéndez Salmón, “La vida en llamas”; Gritar; Lengua de Trapo, Madrid, 2007, p. 15. “Hasta la más pedestre filosofía enseña que la vida se parece más a un cuadro de El Bosco que a un bucólico desayuno sobre la hierba” (La ofensa; pp. 29-30).
[16] De la recepción de una tecnología de la comunicación, la primera proyección de cine de la historia, se habla en el relato “Las noches de la condesa Bruni”, de Gritar, y en La ofensa.

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COMENTARIOS:

Vicente Luis Mora dijo...
Por cierto: por contener gemelos, circo y sensación de final de época, es recomendable esta canción como banda sonora para la lectura de la reseña (o del libro):
http://www.youtube.com/watch?v=7gdIvC86tdk

12:57 AM
L´ HABITACIO D´ARLES dijo...
Apabullante.

Difícil a través de las palabras y de su razonamiento en bruto, responder a las preguntas fundamentales a estas alturas de la partida, aunque hacen de soporte a lo que la ciencia y la técnica proporciona.
La filosofía, la literatura ponen el exoesqueleto y el conocimiento científico la estructura interna. De una forma extraña se complementan. Creo que nadie es capaz de responder al por qué.
El tema de la violencia es el límite de toda explicación, tal vez porque los paradigmas todavía no sean los adecuados, y nada es tan descarnado como lo que sucede.
Dejo una referencia de un libro escrito por un psiquiatra (habría que hablar ya de neurociencia y sus derivados) que tuve la suerte de tener como profesor en la universidad. Ha escrito varios libros. En el que traigo a colación desgrana algunas bases de la agresividad de nuestra especie en todas sus etapas (desde niños a adultos) y creo que aporta algo de luz al tema que tan brillantemente has expuesto. Por supuesto habla del cómo biológico pero no responde a los motivos de Chigurh, por ejemplo [por cierto no entendí el sueño final del "marshall"]

ANATOMIA DE LA AGRESIVIDAD HUMANA. DE LA VIOLENCIA INFANTIL AL BE LICISMO. ADOLF TOBEÑA (De Bolsillo; o en Galaxia Gutemberg).

Muy bueno Vicente.

2:07 AM
Vicente Luis Mora dijo...
Bueno, como dice el propio RM Salmón en "La noche feroz", todas las relaciones entre un padre y un hijo son mitológicas. El sueño de Bell, si recuerdas, habla sobre su padre. No hay que comprenderlo, es un mito, una manera de atarse a algo seguro en un momento de declive en su vida, cuando todo lo demás ha perdido sentido. A mí me encantó. Será que también echo de menos a mi padre.

Saludos, L'H.

2:50 AM
Anónimo dijo...
El personaje de Conrad se llama Kurtz, supongo que es una pequeña errata.

9:55 AM
Antartica dijo...
Me ha encantado esta reseña. Tanto, que la he leído varias veces (de hecho, soy un poco decimonónica y me cuesta leer en pantalla. Me frustra no poder hacer anotaciones al margen).

Me han llamado la atención tres temas en especial. El primero, la caracterización del asesino, tanto en esta novela como en sus antecedentes. Cito: "el hecho de que la fisonomía del asesino no sea clara, de que no haya un retrato definido del mismo, de modo que el lector pueda ampararse en un retrato imaginario”. En efecto, todo es más terrorífico en el imaginario propio (especialmente aquello que el autor se niega a nombrar y ocupa, así, en un espacio alternativo al tranquilizador binomio cultura-lenguaje). Por otra parte, la falta de definición de la fisonomía del asesino promueve, en cierto modo, que el lector pueda incluso verse a sí mismo reflejado en ese espacio vacío, al rellenarlo de su propio significado. La figura del asesino funcionaría como una especie de espejo Lacaniano, por decirlo de algún modo, una (per)versión del lector. No se si esto que digo tiene mucho sentido.

Por otra parte, o relacionado con lo anterior, la estereotipada figura del policía que intenta desentrañar el misterio/fascinación que produce el Mal. Cito de nuevo: "En el cine, sobre todo, su puesta en escena [la del asesino] es mucho más elaborada y contundente que la del pobre policía que intenta detenerle, normalmente el estereotipo de policía perdedor, divorciado, al borde del alcoholismo y decepcionado con el sistema”. Como tú mismo aludes al cine y a la novela de McCarthy en varias ocasiones, no he podido evitar establecer un pasadizo mental que me ha llevado a Fargo y a la entrañable figura de la policía que interpreta Frances McDormand en esa película.

Ya termino. El tercer tema que me ha seducido en esta reseña es el del cuestionamiento de la Filosofía como proveedora de respuestas a las preguntas más fundamentales. Sigo pensando en este último punto, aunque creo que será ineludible otro pasadizo mental que me llevará hasta Baudrillard. Ya veremos.

10:02 AM
Antartica dijo...
P.S. Se me ha olvidado comentar que el título de la reseña me ha recordado al libro de Julia Kristeva titulado Etrangers à nous-mêmes (Paris: Fayard, 1989).

10:11 AM
Hautor dijo...
Uno de los libros más interesantes de la temporada, sí señor. Antes del 11-S la literatura (y la humanidad) parecía haber olvidado lo que era el mal. El mal era un vestigio del pasado que encarnaba (como tú dices) de vez en cuando en oficiales nazis. Estoy convencido de que es el gran tema, no sé si de este siglo, pero sí de la década. Enzensberger (El perdedor radical), J. P. Dupuy (Avions-nous oublié le mal?) son sólo dos ejemplos de los libros que vienen y vendrán. Efectivamente, hay mucho de McCarthy en Salmón. Eso sí... Me extraña que no hayas comentado nada de los zapatos que deja el asesino cada vez que comete un crimen. ¿No te suena de algo este tema de los zapatos?

3:27 PM
Vicente Luis Mora dijo...
Corregido el mispelling de Kurtz, no sé cómo me ha pasado. Si leéis la larga entrada que tengo sobre El duelo de Conrad (ahora mismo no recuerdo si en este blog o en el antiguo), veréis que también deslizaba un Kurz entre los Kurtz, qué cosa más rara.

Hautor, me tienes en ascuas con lo de los zapatos, la cuestión es que me suena, pero no me acuerdo. Dinos algo.

3:43 PM
Natalia dijo...
Echo de menos un antecedente, una huella en el recorrido inverso de la obra de RMS, el viejo y demente sexagenario Winter y la Casa de los Zurdos (recordemos que es espacio físico de mal en Derrumbe). Una vez más el círculo ficcional de RMR; la vuelta al lugar de donde se salió.
No es un león, pero el animal (perro o caballo)"turbias voces de perro y caballos al galope resonaron sin pausa en el teatro de sus oídos" espolea el ¿alma? ("la negrura interna, trepando por las ramas de su terco esqueleto, jugando a ser la matrona de su ruina física") del viejo "mendigo pedófilo".
Y el mal. Y el hombre.
Panóptico (Ricardo Menéndez Salmón, 2001) arroja mucha luz sobre Derrumbe o acaso dibuja un bucle; lo cierto es que estamos ante una gran novela vista a través de una lupa exquisita: la reseña es magnífica.

3:46 PM
Vicente Luis Mora dijo...
Lo que son las cosas, precisamente hoy le preguntaba a RMS si tendría algún ejemplar de Panóptico, que desde el título me parece muy sugerente. Cuando la lea, añadiré algo a este post, todas mis reseñas son incompletas y en marcha, work in progress esperando ser algo decente cuando tenga sesenta años y haya leído y pensado lo suficiente. Gracias, Natalia.

3:55 PM
Hautor dijo...
¿No estará discutiendo RMS -así, entre líneas- con AFM, a propósito de los zapatos? ¿Zapatos-horror vs zapatos-pop?

3:56 PM
Anónimo dijo...
Magnífica reseña. El tema se presta. El autor también. La lágrima que contiene al mundo quizás muestre un fondo en el que el mal comparta mesa con el bien. Ese cuerpo que frente a lo Peor claudica (en La ofensa) también dice algo de nuestro recinto de bondad.
¿El aburrimiento y el "civismo impuesto" son el detonante de algo en la realidad, o sus síntomas se muestran sólo en el terreno de la literatura?

Saludos.

Oche.

6:17 PM
Vicente Luis Mora dijo...
Respecto a tu última pregunta, Oche, me remito a un texto que saldrá en julio, dentro del catálogo de una exposición sobre J. G. Ballard que tendrá lugar en el CCCB de Barcelona. Ahí desarrollo este tema a la luz de la obra del narrador inglés, que es quien, a mi juicio, mejor ha visto y desarrollado el tema.

6:24 PM
L´ HABITACIO D´ARLES dijo...
Gracias Vicente por la explicación, porque me quedé inquieto con ese final. Había sido todo tan evidente desde el principio que el sueño me descolocó.
Tienes razón, para él todo ha perdido sentido, sin embargo y a pesar de estar de vuelta de todo, no es el típico quemado con su trabajo, es algo más especial, una especie de sabio que finalmente ha distinguido que puede o no puede cambiar. Me inspiró mucha ternura.

8:36 PM
Vicente Luis Mora dijo...
A mí me inspiró, más bien, sentimientos contrapuestos: una parte de ternura, sí, pero por otro lado, no puedo olvidar que al final se rinde. Y eso no me parece bien, supongo que es cuestión de temperamento personal. Entre su postura y la del Manila de "Derrumbe" (no puedo concretar más, para no revelar sorpresas de la trama), me quedo con la de Manila sin dudar. A veces es mejor el rostro que hay debajo de la caperuza del loco que el del sabio que se quita los problemas de encima. Saludos.

9:02 PM
L´ HABITACIO D´ARLES dijo...
No sé si se quita los problemas de encima o aplica la máxima de Sun - Tzu: evita la batalla que no puedas ganar (el "speech" que se marca al inicio es una declaración de intenciones). El hecho que me redime con el personaje es que si te acuerdas, entra en la habitación del motel intuyendo que Chigurh está en ella y sin embargo se arriesga a enfrentarse a él, cuando ya no le quedaba ningún motivo para hacerlo.
Bueno, al menos es la interpretación que le doy.
Saludos

9:39 PM
Vicente Luis Mora dijo...
Hombre, yo creo que sí tenía un motivo: es sheriff, e intenta resolver el caso. Su trabajo es entrar en esa habitación. Pero bueno, no tiene mayor importancia. Saludos.

9:50 PM
Juan Carlos Márquez dijo...
Impagable el post, este recorrido-ensayo por el horror (añado dos viajes a este completísimo itinerario de asesinos y detectives: M, el vampiro de Dusseldorf (que en principio iba a titularse "Asesinos entre nosotros", pero cuyo título cambio porque ya se sabe cómo andaba Alemania por aquellos años) y El Cebo)) bajo el paraguas de "Derrumbe". Con estas claves, la lectura de la novela, que aguarda en mi mesilla, será seguramente más intensa. Muchas gracias, Vicente.

6:40 AM
Anónimo dijo...
Hola Vicente (y a todos),

Sencillamente decirte que muy bueno este paseo por el túnel del horror. Te recomiendo, aunque supongo que a estas alturas ya le habrás incado el diente, es al LAwrence Block y la saga del detective Sccuder.

Saludos
p.c.

2:27 PM
Anónimo dijo...
Continuando con los temas alrededor de Derrumbe, esto a lo mejor aumenta la información:

Relato de RMS, de 2006, aparecido en el blog de la AEN.

http://escritoresnoveles.wordpress.com
/2006/11/19/el-terror
-relato-inedito-de-ricardo-menendez-salmon/


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El Terror

Cuando el teléfono suena, miro el reloj, sus dígitos fosforescentes dentro de un vidrio. Son las cuatro de la madrugada.

-La hora del lobo -digo en voz alta.

Comprendo que estoy descolgando el auricular como si el tránsito del sueño más profundo a la más atenta de las vigilias hubiera sido automático, parecido a pulsar un interruptor. Comprendo que estoy pensando eso con total claridad: el hecho palmario, evidente, incontrovertible, de que soy una especie de interruptor que alguien o algo enciende y apaga a voluntad.

Al otro lado de la línea escucho una voz de mujer. Es una voz joven, grave, con acento del sur. Prestando fondo a la voz, cuyas palabras no consigo descifrar, se oye música electrónica, tres únicas notas que se repiten de modo hipnótico: sube-baja-sube, sube-baja-sube, sube-baja-sube. El sonido es nítido, parece que estuviera aquí mismo, en el centro de nuestra habitación.

De pronto distingo lo que la voz dice:

-Papá.

Sé que mi hija está durmiendo plácidamente en su cama, pero aun así pregunto:

-¿Vera?

-Papá, creo que le ha reventado el corazón. Creo que al chico le ha reventado el corazón.

-¿Con quién hablo? ¿Vera?

Sube-baja-sube, sube-baja-sube, sube-baja-sube filtra el tubo, mientras mi mujer me aprieta el brazo y pregunta qué sucede.

-¿Vendrás a ayudarme? ¿Lo harás?

La voz ha perdido su acento. Un velo de lágrimas parece atenazarla.

Ahora percibo una voz de varón, una voz que dice “deprisa, joder, deprisa”, y pronuncia el nombre de Carla. Dos veces: “Carla, Carla.”

-Papá.

-No soy tu papá. Soy…

-Papá, al chico le ha reventado el corazón. Había bebido mucho y luego tomó un puñado de pastillas. ¿Lo entiendes? Está muerto. Muerto encima de mi cama.

Entiendo que es la hora del lobo, el instante decisivo de la lucha entre la oscuridad y el alba, el sube-baja-sube de las tinieblas y la luz.

-Carla -digo-. ¿Eres tú, Carla? Escucha. Tranquilízate. No temas. No soy tu padre, pero no temas. Dime tu nombre, pronúncialo, Carla, déjame oírlo para que así podamos hablar.

-Papá -dice la voz-. Papá, soy Carla y el chico está muerto, con el corazón reventado por culpa de esa mierda.

Entonces cuelga.

Permanezco así, en pijama, viva imagen de la estupefacción, con el auricular pegado a la oreja y mi mujer rodeando mi brazo como si fuera una almohada.

-Era una chica -digo-. Estaba en una fiesta y alguien se ha muerto encima de su cama. Drogas y alcohol.

Mi mujer se limita a respirar pausadamente, el sube-baja-sube de su pecho llenando los segundos.

-Estaba aterrada. Llamaba a su padre.

Llamadas perdidas. Voces de socorro abortadas, llegando a oídos que nada pueden hacer. Mensajes para nadie. Algo que uno imagina sólo sucede en las películas o en los libros. Como Bartleby, el escribiente de Melville, que trabajó en la Oficina de Cartas Muertas de Washington y albergó hasta el final de sus días toda esa pena en su corazón.

Mi mujer se levanta, se recoge el pelo, se pone la bata. La noche ya está gastada; el sueño, condenado. Bajamos de la mano hasta la cocina, como dos enamorados, y me siento a la mesa mientras ella prepara café.

Es bueno charlar entre las cuatro paredes de nuestra vida en común, de pronto alterada por esa muchacha que tiene un muerto encima de su cama. Me apetece despertar a mi hija Vera, decirle que corra a hablar con nosotros ahora que puede, ahora que estamos ante ella y tenemos oídos para sus palabras.

Mi mujer enciende el televisor y escucho decir: “Un suicida se equivoca de número de teléfono y es salvado por un sacerdote.”

Hoy veremos amanecer aquí. Recibiremos los primeros rayos de sol como una especie de bendición, veremos cómo entran por el ventanal orientado al este y recorren lentamente el suelo y la escudilla de nuestro perro, admiraremos cómo trepan por los muebles y los electrodomésticos hasta tocarnos manos y cabello, inflamarnos de vida, calentar nuestra piel.

Muy a lo lejos, apenas audible, el canto de un ave.

Escucho el rugido de mis intestinos. Escucho el murmullo de la carne de mi mujer mientras se ajetrea con la mermelada, la fruta, los bizcochos. Escucho todo este ruido que hacemos en nuestra pequeña vida condenada a desaparecer, todo el sube-baja-sube de nuestros míseros esqueletos.

-Sin azúcar, por favor -informo como un visitante educado mientras me abrazo al cuerpo de mi mujer como a una tabla de náufrago.

Ricardo Menéndez Salmón

© 2006

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c.m.

2:35 PM
Anónimo dijo...
Otras caras del terror. Posibilidades del exterior.

“Piensa que estoy loco, pero es posible, quiero decir que tan sólo consideraras la posibilidad de los films como una forma de vida maligna que llegó a la Tierra hará unos cien años, y que gradualmente ha llegado a dominar no sólo nuestros sentimientos si no también nuestros pensamientos. Se alimentan de nosotros, nos han obligado a inventarlos, y darles la materia de su existencia, que es celuloide, o más recientemente, cinta. Quizá entiendas mejor lo que digo si comparas su deseo de succionarnos como una tenia dentro de nuestras tripas. Un gusano planar alimentándose de la tierra, esquilmando las ciudades, el campo, los mares y las montañas.”

(E. L. Doctorow, Ciudad de Dios)

--
c.m.

2:41 PM
Vicente Luis Mora dijo...
Querido Carlos, ese relato es el que digo que aparecía en "Gritar", y que ahora forma parte (por la página 102, no tengo ahora mismo el libro a mano), de "Derrumbe". Un texto estupendo, por cierto. En "Circular" también describo a un hombre que está noche, solo en su casa mirando en la tele, y recibe una llamada equivocada de una mujer, que intenta decirle algo íntimo, personal. Ella está conduciendo, y por los problemas de cobertura él no puede decirle que no la oye bien. A los pocos segundos, ella tiene un accidente de tráfico. Él escucha por el móvil como el coche sale de la carretera y se estrella, hasta que se hace el silencio. Ella había llamado con la opción de número desconocido. Él ni siquiera puede avisar a la policía para decirles que una mujer acaba de tener, en alguna parte del país, un accidente de tráfico.

3:04 PM
Anónimo dijo...
Ambos textos podrían haber sido pasajes del mejor Lynch.

Oche

3:39 PM
Vicente Luis Mora dijo...
Guau, qué piropo! Me hubiera bastado con que dijeras "del peor Lynch". Abrazos.

3:46 PM
Anónimo dijo...
Fuga

El mal es un punto de vista. El senador Palpatine camina describiendo círculos, mientras el joven lo mira sin decir nada. Si ha alcanzado el interior de los ojos, el resto del mundo queda contaminado para siempre. Está dentro de una casa, al final de un incendio que siempre está en su primera llama. Al final de una carretera perdida, en un pasillo sin luz. Dos ancianos pasando por debajo de una puerta hasta ese momento que no se dice, dice sin detenerse en ningún lado de la habitación. Continúa, y es así como siempre ha sucedido. Está en el dinero que no tememos usar, y con el que soñamos sonreír. Estuvo aquí antes que nosotros. No hay forma de esconderse si quiere encontrarte. No hay que saber nada más.

4:08 PM
DLG dijo...
Me habéis recordado al pop rock visceral de Fernando Alfaro ("Pop d de anuncio de móviles"):

Juanjo habla con su mujer por el móvil sin parar,/
ella conduce siempre a gran velocidad,/
se oye de repente un estruendo de metal,/
ahora se oye la radio, y ya no se oye más.

4:08 PM
Anónimo dijo...
¿qué es lo propio de lo temible en cuanto tal, de lo temible que comparece cuando tenemos miedo? El ante qué del miedo tien el carácter de lo amenazante. Lo amenazante comprende varias cosas: 1.Lo compareciente tiene la forma de condición respectiva de lo perjudicial. Se muestra dentro de un contexto respeccional. 2.Esta perjudiciabilidad apunta hacia un determinado ámbito de cosas que pueden ser afectadas por ella. En cuanto así determinada, ella misma viene de una zona bien determinada. 3. La propia zona y lo que desde ella viene son experimentados como "inquietantes". 4. Lo perjudicial, en cuanto amenazante no está todavía en una cercanía dominable, pero se acerca. En ese acercarse, la perjudicialidad irradia y cobra su carácter amenazante. 5. Este acercamiento acontece dentro de la cercanía. Lo que puede ser dañino en grado máximo y se acerca, además, constantemente, pero en la lejanía, no se revela en su temibilidad. Pero, acercándose en la cercanía, lo perjudicial es amenazante: puede alcanzarnos, o quizás no. A medida que se acerca, se acrecienta este "puede, pero a la postre quizás no". Es terrible, decimos. 6. Esto significa que lo perjudicial, al acercarse en la cercanía, lleva en sí la abierta posibilidad de no alcanzarnos y pasar de largo, lo cual no aminora ni extingue el miedo, sino que lo constituye.

Martin Heidegger.

5:21 PM
Anónimo dijo...
Sobre la territorialidad internacional de la violencia, además del agente secreto de Conrad, la revisión de los demonios de Dostoyevski a cargo de Coetzee, y las continuas reflexiones de Don DeLillo sobre el terrorista (en relación con la literatura, y su posibilidad de alteración de la realidad); la referencia puntual a Palahniuk me ha llevado a pensar en los talleres de escritura peligrosa de Tom Spanbauer. Siempre he pensado que sus libros son, una vez tras otra, variaciones sobre la experiencia de compartir secretos, como los que expuso y a los que se vio expuesto en los del escritor de Pocatello. Las alusiones a Faulkner, McCarthy, y la violencia presente en la prosa de Spanbauer podría servir de complemento/contrapunto a Derrumbe.

“Aparentemente puede no parecer algo peligroso o atrevido, pero lo es. Cuando las palabras que uno cree verdaderas sobre sí mismo finalmente se escriben, consiguen un poder que ya no controla exclusivamente el escritor. Estas palabras dejan ver a todo el que las lee el corazón desnudo del escritor, se convierten en entidades separadas, un documento inacabado sobre quien las escribe.”


http://en.wikipedia.org/wiki/Tom_Spanbauer


She breaks your heart


http://www.laweekly.com/
index.php?option=com_
lawcontent&task=view&id=3590&Itemid=9

Tartas perfectas y escritura peligrosa. Rodrigo Fresán, en El País

http://www.elpais.com/articulo/
semana/Tartas/perfectas/
escritura/peligrosa/
elpepuculbab/20070505elpbabese_2/Tes

REPORTAJE: LA ESCUELA DEL RIESGO
Tartas perfectas y escritura peligrosa

RODRIGO FRESÁN 05/05/2007
El Método Spanbauer de escritura consiste en poner el dedo en la llaga. En hurgar en el propio dolor y extraer las emociones. Ése y otros recursos con los que implica al lector en un viaje narrativo lleno de baches, apariciones, incógnitas y esfuerzos que funden realidad e imaginación, liberándolos. Es un método que sólo le sirve a él, un autor irrepetible.
Como Paul Bowles, Richard Brautigan, William Burroughs, Donald Barthelme, James Purdy (al que tan sólo en pocas ocasiones recuerda un poco) o Kurt Vonnegut, Tom Spanbauer es una de esas contadas, felices e inspiradas anomalías dentro del paisaje de las letras norteamericanas. No puede decirse que Spanbauer encaje dentro de los parámetros de la literatura gay contemporánea más lírica o costumbrista o de aquella que se dedica a repasar con frialdad de documental caliente los estragos causados por la plaga del sida. Spanbauer (Pocatello, Idaho, 1946) es uno de esos escritores que parecen empezar y terminar en sí mismos y que no dejarán escuela no porque no se los admire sino porque se les sabe únicos y, por lo tanto, toda intención de emularlo degradaría en involuntaria parodia.
Esto no le ha impedido a Spanbauer comandar desde hace años, en Oregón, uno de los talleres literarios más prestigiosos del que han salido firmas como Chuck Palahniuk. Es allí donde Spanbauer predica -a partir de lo que aprendió de ese otro raro llamado Gordon Lish, descubridor y formador de Raymond Carver- el evangelio de lo que ha definido como dangerous writing (escritura peligrosa). El revelar, más o menos minimalísticamente, con la más confesional de las primeras personas, aquello que más te asuste o te avergüence o te arrepientas de haber hecho o pensado hacer o, simplemente, haber pensado. Hallar así lo que él ha bautizado como "el sitio que duele". Esto que para muchos sonará a maniobra ingenua o truco inofensivo consigue -según Spanbauer, sólo cuando se llega al fondo de todas las cosas- "verdaderos desprendimientos del yo". Y el ejemplo perfecto de ellos es, para Spanbauer, el relato The Harvest de Amy Hempel, también discípula de Lish, desgraciadamente muy poco conocida para el lector en castellano (Tusquets publicó tan sólo uno de sus libros, Razones para vivir, en 1989).
Es Palahniuk -en un ensayo sobre Hempel que escribió para The L. A. Weekly- quien enumera y recorre los diferentes stages del Método Spanbauer. El primero se llama Caballos y tiene que ver con la utilización de motivos recurrentes a lo largo de un viaje narrado. No renunciar a los caballos que se cabalgan, pero sí transformarlos en otra cosa sin perder el aria del galope original. Algo así. El segundo paso es Quemarte la lengua y consiste en decir algo de manera incorrecta, retorcerlo, despreciando los clichés para que el lector avance más lento y se vea obligado a leer cuidadosamente. Lo siguiente es ser consciente del Ángel que registra: escribir sin emitir juicios y dejar que sea el lector quien saque sus propias conclusiones a partir de los elementos dispares y distorsionados que le entrega el autor. El último mandamiento tiene que ver con Escribir sobre el cuerpo y que el blah-blah-blah de lo que puede llegar a decir un personaje sea reemplazado por sensaciones físicas: olores, sabores, roces y dolores. ¿Se encuentra todo esto -se hace práctica la teoría- en Lugares remotos (1988), El hombre que se enamoró de la luna, La ciudad de los cazadores tímidos y en Ahora es el momento. Seguramente sí. Pero también es cierto que obedecer al detalle las instrucciones de un escritor impar no tiene por qué producir resultados asombrosos. Lo de antes: no hay receta que garantice la maestría de Spanbauer en otros. Porque Spanbauer es, también y sobre todo, la experiencia vivida y aprendida.
"La ficción es aquella mentira que suena más verdadera que la realidad", concluye Spanbauer. Y -en su propio site- lo explica así: "Cuando alguien le preguntaba a mi madre cómo conseguía esa corteza tan dorada y perfecta a la hora de hornear sus tartas, ella, como toda respuesta y sin decir ni una palabra, se limitaba a frotar sus dedos contra el pulgar. Así enseño yo. Todo pasa por cierta sensación indescriptible. No es que yo sepa algo que el estudiante ignora. Cada estudiante de literatura es, también, un estudiante de la vida. Yo también soy un estudiante. Los buenos escritores son los que saben reconocer esto último. Mi tarea es generar un ambiente seguro. Es terrorífico sacar algo afuera y leerlo en público. Y tengo que saber oír al corazón roto, la rabia, lo bochornoso y saber actuar acorde, respetando el modo en que cada uno de los estudiantes se relacionan con ello. Y permitirles que se equivoquen. En el error hay un tesoro. Y si se toca la nota incorrecta las suficientes veces, esa disonancia puede convertirse en la voz de los ángeles. Y una vez que ese estudiante está curtido y listo, recién entonces saco mis uñas y juego a ser el abogado del diablo, el policía malo, el tonto irrelevante... Yo aspiro a la excelencia. Y sólo se accede a ella una vez que has perdido el miedo a ser quien eres".
Así -de eso tratan todos sus libros- para Spanbauer la ficción es transformarse primero para después, desde el centro del sitio que duele, asumir como propia, junto al lector, la verdad de aquel dicho: lo que no te mata te fortalece. Y además -seguro, porque entonces es el momento- te hace escribir mejor.

--

De El Boomeran(g). Bitácora de J. F. Fogel.
Publicado el 31/7/2007 a las 11:00
LECTURA PELIGROSA DE VERANO
Limpiando mi despacho –tarea de verano- encuentro un recorte de prensa. Un artículo de Rodrigo Fresán en el suplemento Babelia del diario El País con fecha del 5 de mayo de 2007. Supongo que los suscriptores lo pueden encontrar en línea. El título: "Tartas perfectas y escritura peligrosa".
Sospechaba que contenía algo fuerte. La lectura tranquila, lectura que procura el verano, lo confirma en una segunda etapa. Me explico: Fresán habla de Tom Spanbauer, escritor norteamericano que tiene su taller de literatura para enseñar el dangerous writing (escritura peligrosa), herramienta imprescindible, parece, de la literatura minimalista. No tengo opinión sobre Spanbauer, nunca lo he leído. Pero siguiendo a Fresán encontré en una segunda etapa un artículo de Chuck Palahniuk, ex-alumno de Spanbauer hablando del taller.
Este segundo artículo se publicó en el LA Weekly y, cómo decirlo, se trata de un artículo como uno escribe pocos en su vida: es una declaración de fe. La expresión de un creyente. Palahniuk explica que cada taller dura diez semanas. El trabajo consiste en reducir a pedacitos un cuento The harvest (la cosecha) de Amy Hempel. Tampoco he leído a Spanbauer y Hempel, pero no importa; el artículo es meramente un pretexto para explicar el método de la escritura peligrosa. Según este método, se cocina el minimalismo con cuatro ingredientes:
1. Los caballos. Hay que pensar en las películas del oeste: un carro que atraviesa la obra del principio al fin utiliza los mismos caballos a pesar de que no ocupan el centro de la historia. En una obra de ficción hay que tener a sus caballos para crear algo sin perder una línea de fondo.
2. Las lenguas quemadas. Una torpeza, un cliché, una palabra equivocada detienen al lector. Cometer el error de escribir lo que no se debe escribir es como hablar con la lengua quemada: la audiencia pierde la continuidad del relato. En el minimalismo la más mínima falta es una catástrofe.
3. Grabar como un ángel. El autor no puede pronunciarse, ni de manera subliminal, sobre lo que cuenta. No existen buenos o malos. Solo hay hechos, acciones y apariencias.
4. Escribir sobre el cuerpo. No se debe hablar a la inteligencia del lector con conceptos e ideas sino a sus tripas con sensaciones físicas de olor, textura, color, etc.
Cuando leo el método definitivo para escribir, no lo creo, ni un instante. Pero tampoco puedo negar mi fascinación frente a una persona que pretende tener el secreto de la creación.

--
c.m.

5:57 PM
Ernesto Garcia dijo...
Me uno a la felicitación, Vicente, por este post tan riguroso. Sin duda has buceado en toda una genealogía del mal (o del horror o como queramos denominarlo) que nos impone preguntas severas sobre la condición humana, ya sea desde la ventana de lo oscuro (como sería este caso), o desde la luz y la belleza.
Me gustaría aportar un nombre literario más a esta genealogía. En 2002 la novela ganadora del Premio Biblioteca Breve de Seix Barral fue "Satanás" del autor colombiano Mario Mendoza. Para quién no la haya leído, tan sólo esbozar que se trata de un viaje por el mal dentro de la cotidianeidad en un marco como Bogotá. Pero no se trata de un recorrido por estancias más o menos trilladas (veáse narcotráfico, paramilitares, etc.), no, estamos ante un libro donde lo extraño, lo inquietante, se solapa con la realidad social circundante. Leyendo este post, me puse a repasar sus páginas y, creo, conecta bien con los distintos argumentos que has ido desgranando con rigor de crítico.
Lo dicho, felicitaciones.

6:12 PM
Vicente Luis Mora dijo...
No conozco la novela de Mendoza (Mario), pero es que la novelística colombiana, de Vallejo a Roncagliolo pasando por Gamboa o Abad Facioline, es un descenso a los infiernos de lo real; observa el título que Gabriel Vásquez dio a su antología de relatistas colombianos: "Al filo de la navaja: 10 cuentos colombianos" (UNAM, México, 2008). El problema es que para lo que nosotros es ficción -salvo, por desgracia, el tema del terrorismo-, para los colombianos es cotidianidad. Saludos, Ernesto.

6:32 PM
Anónimo dijo...
J. Derrida: "La historia de la metafísica es un querer -oirse- hablar absoluto"

(La voz y el fenómeno, Pre-Textos,Valencia, 1985, p. 165)

--

Supongo que será inevitable al haber leído sobre la criminalidad culta, y después de Heidegger, que aparezca algún comentario sobre Arendt (y el famoso libro sobre el mal). El párrafo que sigue algo tiene que ver con la visión moderna (de 1934), las cámaras y las pantallas, desde un lado opuesto, o no tanto.

"La fotografía se halla fuera de la zona de la sentimentalidad. Posee un caracter telescópico; se nota que el proceso es visto por un ojo insensible e invulnerable. Retiene tanto a la bala en su trayectoria como al ser humano en el instante en que una explosión lo despedaza." (Ernst Junger, "Sobre el dolor", Tradución A. Sánchez Pascual)
--

c.m.

6:35 PM
Antonio Jiménez Morato dijo...
Ronca estará encantado de saber que ahora es Colombiano. En fin, habrá que decirle que tire su pasaporte peruano a la basura.

12:48 PM
Vicente Luis Mora dijo...
Usted perdone, don Antonio, ha sido un lapsus. En efecto, Santiago Roncagliolo nació en Lima en 1975 y es tan colombiano como yo. Disculpen el error.

1:59 PM


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