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Mayo 18, 2008
Sueño cósmico en tiempo de pesadillas - Fernando Castro Flórez
Originalmente en ABCD
En sus cartas en torno a la seducción de la pintura de Tiziano, Katya Berger llega a una maravillosa visión del deseo: «Lo que encanta a los hombres de la sensualidad femenina -implique o no acto amoroso- es la forma en la que los gestos de la mujer, sus entonaciones, su prestancia, surgen de las profundidades de su ser, de su niñez, quizá, de lo que es en sus propios sueños, de lo que puede ser cuando está durmiendo sola. Al hombre le entusiasma haberlo presenciado». Es como si todas las grandes obras fueran una suerte de canto de las sirenas, nos esclavizan y obligan a aproximarnos hasta una zona en la que el naufragio es inminente. El artista es un espía del sueño, alguien que contiene el aliento y se aproxima al cuerpo deseado, pero sin tocarlo, sin fundirse con él, con una sutileza que no rompe la frontera entre el sueño y la vigilia. La cabezas de los niños dormidos que aparecen en los enormes dibujos de Robert Longo transmiten la máxima ternura, hacen que recordemos los instantes emocionados, literalmente sublimes (más allá de toda conceptualización), en los que contemplábamos a nuestro hijo respirar, algo sencillo que, sin embargo, percibíamos como si fuera un milagro. Quisiéramos, paradójicamente, mirar debajo de esos párpados cerrados y, al mismo tiempo, resistimos toda tentación, guardamos silencio, necesitamos que el hechizo no se rompa. Longo, de una forma magistral, ha sedimentado, en esas epifanías a través del negro un sentimiento universal: el amor sin condiciones, la promesa de una felicidad desbordada.
Lástima glacial.
Como contrapunto a esos rostros angelicales con bocas bellísimas, Robert Longo ha dispuesto una serie impactante de visiones estelares. Richard Milazzo señala, en el catálogo de la muestra, que Longo solía leer a Joseph, su hijo pequeño, un cuento alemán titulado Der kleine Häwelmann en el que un niño trata de conciliar el sueño hablando a las estrellas y después a la Luna que, súbitamente, rompe a hablar y le dice que sujete su sábana formando una vela para navegar hacia las estrellas y visitar los planetas. El relato es el umbral del sueño. Pero junto al candor se encuentra la conciencia de que vamos rumbo a peor. Recordemos la serie The Lust of de Eye, que se presentó en esta misma galería en 2003, en la que las bombas imponían su presencia tremenda e hipnótica. Estamos enganchados al horror, incapaces acaso para sentir otra cosa que una lástima glacial. Y, además, cuando intentamos «escapar» de la crueldad planetaria, tan sólo encontramos el pantano del entretenimiento, el decorado cutre tras que el que se acumula lo putrefacto. Las rosas, en una evocación del suicidio de Ofelia, están rodeadas, en el imaginario poético de Longo, por el petróleo, el motor no solamente de nuestro avance enloquecido hacia el atasco sino de las presuntas guerras «contra el terror».
Longo advierte que ha tratado siempre de entender «el funcionamiento del universo, pero lo he hecho a través de mi obra». Desde aquellas olas gigantescas, proféticas de la época del tsunami intermitente, hasta el eclipse de la Luna que ha dibujado recientemente advertimos una especie de proyección psíquica sobre la naturaleza y el universo, un deseo de que las respuestas que no tenemos se amplíen con preguntas casi de tipo metafísico. O, en otros términos, este artista eleva su imaginación hasta las estrellas para, simultáneamente, bucear en el subconsciente. Sin duda, una de las materializaciones más significativas de esa preocupación es la serie de The Freud Drawings y también las piezas de Intimate Immensity. Freud señaló que, tras la completa interpretación, todo sueño se revela como el cumplimiento de un deseo, esto es, el sueño es la realización alucinatoria de un deseo inconsciente. El sueño nos atrapa y nos lleva hasta el abismo de lo sublime-descomunal, de la ternura, del recuerdo deshilachado de la matriz.
Canibalismo atroz.
En medio de los poderosos dibujos de Longo encontramos tres piezas pequeñas que tienen la característica casi de notas a pie de página; se trata de «copias» de Saturno devorando a sus hijos de Goya, One: Number 31 de Pollock y la Musa durmiente de Brancusi. La melancolía que lleva incluso al canibalismo más atroz, el caos o lo informe sedimentado en un territorio angustioso y la decapitación o petrificación de la belleza, amplían el marco interpretativo de la serie de los retratos de los niños y las constelaciones. Da la impresión de que Longo está planteando una travesía más allá de la tristeza y la desesperanza, por otra parte lógicas en un tiempo de crímenes globales, para apelar a una potencia vital.
Enviado el 18 de Mayo. << Volver a la página principal << |
