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Mayo 06, 2008

Un día de locos - Óscar Alonso Molina

Originalmente en abcd

helga-u.jpgDesde aquellas famosas Shopping heads de hace diez años que la dieron a conocer (los célebres dibujos de ciudadanos deambulando por las calles, encapuchados con bolsas comerciales, ¿los recuerdan, verdad?), al Colapso cotidiano que estos días se puede visitar en la planta superior de la galería madrileña, Ester Partegàs (La Garriga, 1972) ha consolidado una de las trayectorias internacionales más coherentes de entre los miembros de su generación. Tras completar a finales de los noventa sus estudios artísticos en el extranjero, esta catalana afincada en Brooklyn desde hace tiempo ha sumado a su extenso currículo más proyectos fuera que dentro de nuestras fronteras.

Aún así, Partegàs sigue considerada como punto de referencia entre nuestros jóvenes, por sus análisis sobre las formas actuales de consumo. Característicamente suya es la reflexión en torno al nuevo espacio social y físico que, en las grandes urbes, se construye en torno a ellas; así como su continuo recordatorio de que es posible ofrecer respuestas más sensibles, y valores alternativos de vida y relación con las cosas, profundizando en la conciencia ecológica y psico-social, aunque sin caer en la utopía ni la ñoñería sensiblera. Parecen razones suficientemente sólidas como para contar con ella como uno de los valores a tener en cuenta en esta promoción de artistas que en la actualidad consolidan su discurso de madurez.

El mundo de los objetos. Dentro de semejante marco de intereses, era lógico que el mundo de los objetos terminara convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas de su proyecto. Las cosas que vemos, deseamos y terminando comprando, así como la manera en que nos vemos afectados por nuestra relación con los productos, marcas, diseños y objetos consumidos a diario, centra muchos de sus trabajos. Frente a las cosas se organiza, en la sociedad de consumo, un complejísimo mecanismo pulsional que lleva a poseerlas, disfrutarlas por el simple hecho de mostrarlas, usarlas y tirarlas, reciclarlas, sentirlas obsoletas...

Partegàs propone una cierta mirada lúcida, equidistante tanto de la inmersión completa en el mundo-pantalla warholiano, como de la retención conceptual post-duchampiana, desde la cual se aspira siempre a la presuntuosa densificación del sentido de lo real, a menudo por vía irónica. En efecto, la singular profundidad del discurso de Partegàs se encarna de manera muy personal y honesta en un repertorio formal, y de estrategias textuales, lejanamente emparentados con el pop y el conceptual, mas sin caer nunca bajo el influjo directo de uno de esos dos focos. El resultado es una cierta levedad en la seriedad o, si prefieren, un trasfondo grave, circunspecto, de lo jovial.

Hace mucho, en 1996, cuando ya empezaba a despuntar maneras, una vez la escuché decir: «Entiendo los objetos como pequeñas defensas cotidianas que nos recuerdan que existimos. Desde ellos me espío. Diluyen la fragilidad de la presencia, de la ausencia; difuminan el espacio de separación; mezclas yos y otros...» Sorprende comprobar retrospectivamente cómo ha consolidado en todos estos años un proyecto riguroso y plausible a partir de convicciones sólidamente asentadas en su personalidad e ideario. Así, sobre estos últimos trabajos, donde junto al disparate consumista aparecen metáforas sobre el fracaso, ella misma especifica en la nota de prensa: «No es tanto la basura, la dependencia, sino cierta imposibilidad de plenitud, de un proyecto limpio como sociedad.»

En paralelo a esta amplificación del cuerpo privado al social, de lo íntimo a lo político, Partegàs también se ha vuelto más ambiciosa y compleja; aunque, justo es reconocerlo, no siempre consiga llevar con dominio las riendas de tal crecimiento. Sus montajes tienden cada vez más a expandirse por la sala, ocuparla a base de obras individuales que funcionan como «nudos» donde el sentido se concentra, y que a la vez se relacionan constantemente entre sí por medio de elementos de tránsito. Su control del conjunto escenográfico no es siempre convincente -como en este caso con toda claridad-, por mucho que se comprenda la intención y el esfuerzo.

Melodías encadenadas. En esta ocasión, verbi gratia, el espectador disfrutará probablemente más de los acentos por separado que de la melodía total que, de hecho, aquí impone su trama sin grandes aportes a las obras concretas, hasta el punto de opacarlas innecesariamente. No obstante, la serie de collages, a base de pintura en spray y recortes de palabras impresas, aislados, enmarcados, o sus desconcertantes esculturas (con intencional acabado de cartón piedra pintado), así como todo el resto de la parafernalia teatral en que nos sumerge, nos recuerdan, sí, que a nada que lo pensemos, el día a día del ciudadano medio en nuestras ciudades sufre, aunque sólo Partegàs parezca haberse dado cuenta de ello, un colapso completo.

Enviado el 06 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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