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Junio 26, 2008
El alma de la función - José María Pozuelo Yvancos
Originalmente en abcd
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Los penúltimos
Javier Montes
Pre-textos, 2008
Han pasado veinte años desde la movida madrileña y continúa la tentación explicable de novelar el ambiente de sus bares, discotecas, encuentros furtivos de jóvenes con su dosis de droga y sexo en las calles conocidas de esa capital. Es una manera que la novela tiene de abrirse a las situaciones contemporáneas. Ya lo hizo, a mi juicio con resultados desiguales, en el movimiento surgido en torno a Historias del Kronen, de José Ángel Mañas, continuado hace poco en Cosmópolis, de Lucía Etxebarria.
A juzgar por la edad de Javier Montes, escritor joven, de poco más de treinta años, quien es conocido, aparte de por su trayectoria como crítico de arte, por ser autor, junto a Andrés Barba, del libro La ceremonia del porno, Premio Anagrama de Ensayo 2007, tendríamos que comenzar esta crítica desterrando la idea de que el sexo, las drogas o las situaciones que los acompañan en esos contextos de la movida formen el núcleo principal de la novela. Apenas son su arranque o hilo conductor externo, y resulta tan medido que la primera nota que destaca en esta novela es esa opción.
Contra todo prejuicio, Javier Montes pasa por el sexo evitando precisamente la ceremonia del porno, es decir, limitando a un lugar mínimo aquello que sin duda la novela, por su esqueleto argumental, habría justificado sin problema. Eso lleva la obra a otro lugar, el de la incomunicación; incluso se diría que la incomunicabilidad del sentimiento en los contextos en que habitan sus protagonistas.
Encuentro decisivo. En cierto sentido, Los penúltimos lanza a sus personajes a ser actores de una función. El teatro tiene una importancia de metonimia semántica: todo el escenario colma las relaciones, y su protagonista percibe tal cosa como el límite que le lleva a autoprotegerse, a blindarse a sí misma.
El argumento es muy simple: una chica cuyo nombre no sabemos hasta el final tiene por costumbre ligar con chicos a los que droga con una sustancia que los deja dormidos, mientras ella se dedica a sus ensoñaciones contemplativas. Esta situación se describe en el primer capítulo. A partir del segundo comienza el encuentro decisivo con un joven que, interesado por ella, la busca tras haber despertado, la halla en el teatro (pues ella es actriz) y comienza una leve intriga apoyada en las búsquedas, encuentros y desencuentros de los dos personajes.
El peso del conflicto. Entre ellos el narrador va insertando pequeñas retrospectivas de la historia anterior de él (Pedro) y de ella (Elena), también la leve aparición del viejo profesor de ésta, un homosexual melancólico cuyo desarrollo podría haber dado a la novela un mayor juego, o el encuentro, a mi juicio suprimible, con una inmigrante adivina de cartas. Pero anuncio que la novela, a la que beneficia su dimensión breve, porque no le permite perder intensidad, deja solamente sugeridos estos flecos externos para que el peso de todo el conflicto quede reducido a la urdimbre de la búsqueda entre ambos protagonistas. Cuando ésta se produce, la obra termina dejando abierta la historia, lo que asimismo considero un acierto.
Reducidos de esta forma trama y personajes, sustituida toda la tensión por una búsqueda que termina con el encuentro, Los penúltimos descansa sobre las elipsis. Es su mejor baza y lo que, por otra parte, la exonera de caer en un costumbrismo de situaciones discotequeras. Aunque, por cierto, las pocas que se ofrecen quedan muy bien descritas, en sensaciones y reflexiones anejas.
Pero la novela sobrepasa pronto ese ámbito para ofrecer una perspectiva de falta de horizonte, de irremediable soledad, como personajes que tienen entregada el alma de la función a los papeles prescritos. Tal tesis hace que la obra levante el vuelo respecto a aquellos antecedentes dichos.
Tránsito de planos. La forma de ejecutar lo principal de su apuesta es la perspectiva. En este sentido, me parece que Javier Montes es un escritor cuyo desarrollo hay que observar, porque en esta ópera prima ejecuta bien el tránsito de los planos, desde el exterior de las acciones al interior de los pensamientos, dichos por un mismo narrador en tercera persona, quien sin embargo focaliza las acciones y reflexiones bien desde el personaje femenino, bien desde el masculino. El ejercicio de esta técnica, que se beneficia a la vez de las ventajas de la narración omnisciente y de la focalización interna, me ha parecido lo más destacado literariamente, en una novela que ha sabido ofrecer bien el problema del que parte.
Enviado el 26 de Junio. << Volver a la página principal << |
