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Junio 10, 2008

El "suave terror" de la deconstrucción - RENE GIRARD

Originalmente en fractal.com.mx

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A mediados de los años 60, los teóricos preferidos en nuestro departamento de literatura eran “los nuevos críticos”. Solían convocar a sus estudiantes a no ensuciarse las manos con la prosa de Jean Paul Sartre y su dudosa banda de “filósofos continentales”. En cierto modo, creían que la influencia europea no podía más que corromper a los estudios literarios y transformarlos en esa “mezcla maligna” denunciada por Ulises al comienzo de Troilo y Créssida. En realidad, este aislacionismo intelectual ya estaba perdiendo prestigio. Mientras más sobrevivían los viejos tabúes, el deseo de trasgredirlos se intensificaba. En esos mismos años, el joven Jacques Derrida publicaba en París los ensayos que poco tiempo después se convertirían en la Biblia de los deconstructores estadounidenses. Derrida transformó a la aproximación posestructuralista de la lingüística saussuriana en una herramienta para la deconstrucción de todo lenguaje. Desde Heidegger mismo, al que Derrida consideraba el filósofo supremo a ser deconstruido, todas las doctrinas sobre la verdad habían sido desacreditadas, y el nihilismo radical se había establecido sobre bases firmes.

En Francia, el éxito de Derrida era todavía un tema parisino más que universitario, la última sensación en la historia de la vanguardia. Los académicos franceses, por otro lado, tenían demasiada experiencia con los caprichos radicales como para no cerrar filas contra tales fanatismos. Mantuvieron a la deconstrucción fuera de las universidades. Fue su última victoria justamente antes de la explosión de 1968.

En Estados Unidos, la deconstrucción sólo podía ser una moda académica, y vaya que lo fue, comenzando en 1966 con la conferencia de Derrida en el así llamado “Simposio estructuralista” de la Universidad John Hopkins. Fue tan exitoso, que en poco tiempo los “nuevos críticos” pasaron al olvido. Hasta los más jurados enemigos de la deconstrucción nunca llamaron a Derrida un “filósofo continental”. El periodo transicional fue amablemente relajado y ecléctico. Desafortunadamente, no duró mucho. De manera súbita, la deconstrucción descendió sobre nosotros no como el caos previsto por los conservadores sino como un nuevo orden rígido, acaso una nueva época glacial, más larga y más fría que sus predecesoras.

En manos de sus practicantes académicos, la deconstrucción perdió rápidamente su encanto inicial y empezó a excomulgar a los infieles. Esto no impidió que la sagrada escritura extendiera su influencia incluso más allá de las humanidades.

Treinta años más tarde, cuando miramos en nuestro derredor, ¡oh! sorpresa, encontramos que la deconstrucción se ha ido. Las mismas revistas que hace pocos años citaban más a Derrida que a toda la literatura universal junta, raramente lo mencionan. Esta indiferencia se extiende de manera sorprendente hacia la deconstrucción misma. La defunción de la deconstrucción debería al menos tener impacto sobre sí misma, pero curiosamente nadie parece notarla. Si uno alude al tema entre los colegas, prefieren mirar hacia otro lado.

Esta indiferencia es menos misteriosa de lo que parece. Es la segunda gran moda crítica de cuya desaparición he sido testigo, y en muchos aspectos se parece a la primera. La misma existencia de modas en nuestro medio contradice la imagen que solemos celebrar de nosotros, una imagen que los de afuera insisten en atribuirnos, y que obviamente no nos merecemos: la del individualismo extremo.

Si fuéramos individualistas, nuestros juicios intelectuales y estéticos dependerían exclusivamente de nuestro gusto personal. Pero el papel que juegan entre nosotros los caprichos de intolerancia contradicen este ideal. Como todo capricho, los caprichos intelectuales consisten en epidemias de imitación. Todos queremos sentirnos parte de la vanguardia y la moda. Mientras más dudamos sobre el futuro, menos estamos dispuestos a revelar nuestras preferencias. Hasta que los árbitros futuros de lo sublime y lo ridículo se hayan entronizado, el único curso prudente es el silencio.

Los caprichos revelan nuestra incertidumbre básica. Constantemente tratamos de estabilizar nuestro mundo y nunca lo logramos. Nuestro siguiente capricho podrá ser tan ocurrente y elegante como fue la deconstrucción, pero será igual de insustancial. Al principio, un diluvio de artículos y libros le daría la bienvenida. Después de algunos años, o algunas décadas como máximo, el silencio, que ahora envuelve a la deconstrucción, lo alcanzaría. Pero esta imagen sería demasiado sombría si fuera la imagen total; afortunadamente es incompleta. Tan sólo es la verdad social. En las cimas más altas de la cultura, sólo las excepciones importan, no el promedio.

***

Durante muchos años, el dominio de la deconstrucción fue tal que toda la resistencia visible contra él se desvaneció. Sin embargo, en años recientes han empezado a reaparecer excepciones y la más entrañable reside muy cerca de mi. Es un miembro de la facultad de mi antiguo departamento y es muy popular. Es el profesor Hans Ulrich Gumbrecht, alias Sepp, nuestro más excelso colega en literatura comparada y francés en Stanford. En los últimos años se ha decepcionado con la deconstrucción y, cada día más y más, nos ha explicado porqué.

En 2003, Sepp publicó un pequeño libro que revela la naturaleza subversiva de su contenido incluso antes de que lo abramos. El título lo dice todo: Los poderes de la filología (The Powers of Philology, University of Illinois, 2003.)

La filología es la escuela de los estudios literarios a la cual le debemos mucho de lo que sabemos sobre literatura. Floreció en el siglo XIX y a principios del siglo XX, primero en Alemania y después por todo Europa y Estados Unidos, hasta que el triunfo del nihilismo de vanguardia la hizo aparecer como anticuada y demasiado simple. Si hace 10 o 20 años algún crítico obstinado hubiera intentado defender la filología, de inmediato lo habrían castigado con el poderoso brazo de la moda reinante. Algunas cuantas sonrisas condescendientes habrían destruido su reputación. Esto ya no es así hoy. Sepp es ampliamente leído y aplaudido.

Los estudiosos resurrectos en Los poderes de la filología no son cualquier colección insignificante de historiadores literarios. Son los creadores alemanes del campo académico de Sepp, la filología romance. Sus obras han sido siempre cuidadosamente leídas, incluso durante las épocas recientes. Los miembros mejor conocidos del grupo son: Ernst Robert Curtius, Erich Auerbach y Leo Spitzer. Sepp los llama modestos, y vaya que fueron modestos, comparados con nuestras certezas recientes; modestos en su rechazo a elevarse a sí mismos por encima de los escritores que estudiaban; por encima de la tradición cultural que supuestamente queremos perpetuar, no destruir.

Estos filólogos fueron maestros inspiradores así como originales investigadores. Sepp es demasiado joven, sin duda, para haber estudiado bajo su guía personal, pero seguramente convivió con algunos de sus estudiantes, muchos de los cuales fueron igual de brillantes. Yo mismo estudié en la École des Chartes durante e inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. La filología medieval que yo aprendí ahí debía su espíritu y sus métodos a la revolución romántica que se inició a principios del siglo XIX. En principio, no era muy diferente a su contraparte alemana.

Cuando los nazis en Alemania forzaron a varios de los más conocidos filólogos al exilio, algunos buscaron y obtuvieron puestos de docencia en Estados Unidos. Después de la guerra, Erich Auerbach impartió cátedra en Yale, y su famoso libro Mimesis tuvo una amplia acogida en nuestros departamentos de literatura.

En los primeros años de mi vida académica tuve la suerte de tener algunos acercamientos personales a uno de los famosos sobrevivientes de la escuela alemana ya hacia el fin de su carrera en Estados Unidos, en el departamento de lenguas romances en la Universidad de Hopkins. Mi oficina quedaba cerca de la que ocupaba Leo Spitzer, que ya se había retirado aunque seguía siendo muy productivo. Lejos de ser indiferente a su entorno, este gran erudito era plenamente conciente incluso de sus más insignificantes colegas, y mantenía la curiosidad sobre sus trabajos literarios. En 1960, después de que acabé mi primer libro Mensonge romantique et vérité romanesque, Spitzer se ofreció muy amablemente para leerlo; le llevé el manuscrito no sin sentirme algo impactado. Días después me lo regresó no sin algunos brillantes comentarios. El más significativo acaso trataba de la relación de mis ideas con las del famoso ensayo de Max Scheler, Resentimiento. Como resultado de las observaciones de Spitzer, el nombre de Scheler aparece en el volumen publicado; desafortunadamente, no aparece el nombre de Spitzer; ni siquiera en un pequeño pie de página se reconoce mi deuda. Mientras más envejezco, más imperdonable me parece esta ingratitud juvenil.

Los poderes de la filología se erige en un claro contraste a mis propias malas maneras. Antes que nada, el libro es un tributo que transformó a Sepp en un extraordinario experto en todas las habilidades lingüísticas, históricas y literarias que son distintivas de su campo. Pero el ensayo va más allá. Se atreve a sugerir que para enriquecer nuestras humanidades en vez de nuestras interminables e inefectivas revoluciones contra todo y contra todos, en vez de nuestros clichés vanguardistas eternamente reiterados, lo que necesitamos es un retorno a una interpretación de la literatura que capitalice las destrezas cultivadas por los filólogos. Éstas necesitan ser urgentemente revividas si queremos que los estudiantes del mañana sepan de algún modo algo.

El libro implica un repudio a la deconstrucción monomaniaca, aunque este aspecto permanece de alguna manera en silencio si lo comparamos con su papel en un ensayo más reciente, Producción de presencia. Lo que el significado no puede transmitir (UIA, 2006). Aquí también el título es subversivo, incluso de una manera más flagrante que en el caso de Los poderes de la filología . Para un deconstructivista ortodoxo, “presencia” es la palabra prohibida por excelencia; el bugaboo metafísico que la deconstrucción quiere abolir de una vez por todas. Presencia es algo de lo que estamos y debemos quedar despojados para siempre. Para acabar con esta ilusión necesitamos recurrir interminablemente a las prácticas ascéticas de la deconstrucción derridiana.

El temperamento de Sepp es obviamente incompatible con esta autoflagelación. En sus trabajos recientes, es cada vez más evidente que, en algún momento de su carrera, hizo virtuosos esfuerzos para convertirse en un deconstructor ortodoxo. Durante varios años pensó que lo había logrado. Pero a medida que pasó el tiempo se hizo de tal manera conciente que se rebeló contra ello. Hoy se siente obligado a formular su propia empresa en oposición explícita a su pasado.

En literatura y arte, el anhelar la presencia, lejos de ser el desastre final sugerido por Derrida, es la esencia de la inspiración poética. Estar avergonzado de esto es el peor de los sinsentidos para el escritor; sería como resistir a su propio deseo. Hoy Sepp lo admite fehacientemente.
A lo largo de Producción de presencia, Sepp desata en sí mismo fuerzas que la deconstrución había frustrado en su juventud. En vez de la presencia huidiza, se transforma en una bandera personal que se ondea en señal de reto a todos los que llegan. En otros momentos, se envuelve a sí mismo en ella tan cómodamente como Diderot en su vieille robe de chambre. En este proceso, el autor deviene totalmente un escritor.

Ese ensayo es demasiado pródigo para que yo le haga justicia en unas cuantas páginas. Sólo me ocuparé del aspecto que define directamente mi propósito aquí, la crítica explícita de la deconstrucción.
He aquí la página que, desde mi punto de vista, sobresale particularmente en el libro tanto por su aplomo teórico como por su poder literario:

Lo que quiero decir de este modo bastante coloquial, es que probablemente no hay manera de acabar con el reinado exclusivo de la interpretación, de abandonar la metafísica y la hermenéutica en las humanidades, sin usar conceptos que potenciales oponentes intelectuales calificarían como “substancialistas”, es decir, conceptos tales como “sustancia”, “presencia” y, quizás, “realidad” y “Ser”.

Usar tales conceptos viene siendo hace mucho un síntoma de repugnante mal gusto intelectual dentro de las humanidades; por cierto, creer en la posibilidad de referirse al mundo de otro modo que a través del significado, se ha vuelto sinónimo de ser naïve intelectual del grado más extremo –y, hasta hace bien poco, escasos humanistas han sido suficientemente valientes como para atraer crítica tan potencialmente devastadora y humillante sobre sí mismos. Todos sabemos muy bien que decir lo que haga falta para refutar el cargo de “substancialista”, que se lanza a todo aquel que trate de argumentar a favor de una relación con el mundo no exclusivamente basada en el significado –e incluso a aquellos que, mucho más modestamente, tratan de argumentar a favor de la posibilidad de identificar y mantener ciertos significados estables. Pese a todas sus pretensiones revolucionarias, y a su confianza en que tiene el potencial requerido para llevar a “la era del signo” a su “clausura”, la deconstrucción ha confiado en gran medida en un suave terror para defender el orden establecido dentro de las humanidades. (pp. 64-65)

Esta página es una declaración clara y manifiesta de independencia con respecto a la deconstrucción de cara a un stablishment académico demasiado inclinado –y hay que reconocer el hecho– a rendirse mansamente ante los principios autoritarios, cuando el número de adeptos se vuelve intimidante.
La deconstrución es una suerte de chantaje, cuyo éxito siempre ha dependido del miedo tan bellamente descrito en la página citada. La expresión “suave terror” es muy reciente, inseparable de este mundo en el cual el otro tipo de terror, el que no necesita ningún epíteto para hacerse comprensible, está constantemente en las noticias. El “suave terror” es tan sólo una pálida imitación del “duro”, obviamente, y esto lo hace insignificante en un sentido y, no obstante, estremecedor, en otro sentido; escandaloso, casi imperdonable en dominios tales como la literatura y la filosofía.

El lenguaje de Sepp es preciso y, en rigor, sobrio; y aún así sentimos su tensión interna, una vibración imperceptible que genera su propia elocuencia subyugada. Todo el texto se levanta casi imperceptiblemente hacia su conclusión, que es inolvidable por la extraordinaria pertinencia de “suave terror”.

El “suave terror” es un auténtico hallazgo polémico y literario une trouvaille . Todo lo que se requiere, seamos sinceros, para reducirnos a nosotros profesores de literatura al silencio es un poco de “suave terror”. Cuando leí estas líneas por primera vez, sentí el ligero estremecimiento que nosotros los especialistas sentimos cuando nos vemos confrontados con el verdadero talento literario. El “suave terror” me hizo entender lo sediento que estaba de un poco de valentía.

Nada define tan bien nuestra era en las humanidades como el rendirse a las diversas formas del “suave terror”. Esa página debería hacernos sentir a todos nosotros, los humanistas, orgullosos de Sepp. Fue escrita no por la ironía de un extraño, sino por un dedicado miembro de nuestra profesión; no por un desconocido, sino por uno de nosotros. Nos sentimos avergonzados y orgullosos a un mismo tiempo: orgullosos de pertenecer a la misma profesión que Sepp. Para mí, el “suave terror” es una epifanía no una presencia –que afortunadamente ya se ha ido– pero de una representación en el más alto sentido. Yo hubiese querido escribir esta página. Mi excusa para ni siquiera haberlo intentado es que jamás se me habría ocurrido algo tan bueno como “suave terror”. Cuando leo la página entera, entiendo que durante un cuarto de siglo había estado esperando que algo así fuera finalmente escrito. Decidí de inmediato convertir esta página en el corazón del presente tributo a Sepp. Cuando el lenguaje logra ser contundente, no se trata tan solo de un resultado del azar. Es algo más que el juego de la ruleta entre el significante y el significado. Es el milagroso misterio de la buena escritura. Si el lenguaje puede, en ciertos momentos privilegiados de nuestra vida, hacer a esta experiencia posible, dedicarle la vida no puede estar del todo equivocado.

“Suave terror” significa más o menos lo mismo que “intimidación”, pero no suena de la misma manera. Un escritor menos talentoso habría sacrificado suave terror por una expresión más banal y silenciosa en aras de no incendiar más las pasiones. Los diplomáticos son frecuentemente incoloros, y por una buena razón. Se dedican a tratar de arreglar viejas querellas, no a desatar nuevas. La buena escritura les importa menos que la reconciliación de los enemigos, y estamos agradecidos por ello. Pero también estamos agradecidos a Sepp por su amor no sólo al alemán y a las lenguas romances, sino al inglés.
El Suave Terror es magnífico no a pesar de sus desagradables implicaciones, sino debido a ellas. Algunas personas objetarían que vincular la deconstrucción incluso al más suave de los terrores imaginables es una burda exageración. Que todo el asunto es una tempestad en un vaso de agua. Objetivamente, estas personas tendrían un punto. El vaso de agua, sin embargo, es lo único que tenemos, y si permitimos a los intempestuosos que lo derramen, perdemos todo.

¿Se comportaría la academia de una manera diferente si las probabilidades de ganar fueran mayores? ¿Combatiría más vigorosamente? Todos esperamos que la respuesta sea sí. Cuando la vida intelectual es prisionera del suave terror, se convierte en una farsa siniestra; en cierto sentido, es peor aún que la censura oficial que resulta casi imposible de disfrazar. Cuando el “suave terror” aparece, y en vez de denunciarlo abiertamente sus víctimas pretenden no notarlo, la mayoría de los que están afuera cesan de percibir lo que está sucediendo debajo de sus narices. El problema con la intimidación intelectual es que si nosotros, los académicos, pretendemos que no existe, nos convertimos en sus víctimas y acercamos a nuestras universidades a la insignificancia y, en última instancia, al servilismo. No hubo víctimas reales; esa es la verdad: nadie fue asesinado, ni siquiera herido por el suave terror de la deconstrucción; lo único herido fueron las vanidades. ¿Es esto del todo cierto? No precisamente. Algunos individuos, no muchos pero algunos, no lograron obtener las promociones que merecían. Otros, no muchos pero algunos, obtuvieron las promociones que no merecían.

¿Para qué exaltarnos ahora? Todo lo que salió mal ya fue rectificado, y el “suave terror”, hasta donde lo podemos observar, ha dejado de ser una descripción acuciosa de nuestro mundo. ¿Porqué preocuparnos de un problema que si existió alguna vez parece haber desaparecido sin dejar huella alguna?

Precisamente: el suave terror no desparece sin dejar huella. Debería ser denunciado y recordado activamente. Cuando la literatura es buena estira el cuello para revelar verdades desagradables y defender opiniones impopulares. Debemos felicitar a Sepp por revelar lo que el resto de nosotros no pudo decir por timidez o falta de talento: el suave terror de la deconstrucción.

La libertad académica es nuestro bien más preciado y es especialmente frágil en las humanidades, el más débil de todos los campos académicos, el más libre de reglas en su política, por ello el más vulnerable a la presión externa, el más prescindible desde un punto de vista utilitario. No pretendo decir que no somos libres. Somos tan libres que todo lo que se requiere, incluso en este mismo momento, para acabar con el “suave terror” de la deconstrucción es hacerlo explícito, escribir la página de Sepp que les acabo de leer. Pero debe haber al menos un individuo con suficiente visión y valentía para hacerlo. Guardemos la esperanza de que siempre habrá por lo menos un Sepp entre nosotros. Y recordemos también que si nuestra libertad perdura, será gracias a aquellos como Sepp y no a la mayoría silenciosa que nunca llama a una pala, pala.

***

Hacia el final del fragmento que cité en Producción de presencia, Sepp anota un pie de página, el segundo de ese capítulo, el pie de página número 2. Ya que el fragmento contiene todo lo que yo quería decir sobre él, escribí este ensayo sin verificar ese pie de página. Cuando decidí finalmente que debería leer el pie de página me dirigí al final del libro y encontré lo siguiente:
Para un ensayo escrito bajo el hechizo de un similar suave terrorismo, véase Hans Ulrich Gumbrecht, “Who is Afraid of Deconstruction?”, en Harro Müller, Jürgen Forman (eds.) Diskurstheorien und Literaturwissenschaf (Frankfurt a/M, 1987, pp. 95-114).

Este pie de página acabo de completar mi alegría; no sólo porque la expresión “suave terror” se repite aquí en una forma ligeramente diferente, “suave terrorismo”, sino porque el involucramiento de Sepp queda enfatizado notablemente.

Este pie de página nos dice que el mismo Sepp al principio de su carrera se convirtió en una víctima ciega del suave terrorismo. Muchos de nuestros colegas podrían escribir un pie de página equivalente, pero muy pocos lo harán. Temerán ser vistos como incapaces de pensar independientemente. Es obvio que nadie nace con la facultad de pensar independientemente. A lo máximo nacemos con la capacidad de pensar independientemente y, más tarde en la vida, esta capacidad se desarrollará o no según nuestra habilidad para criticar (aunque no necesariamente para rechazar) el sistema inicial del pensamiento que absorbemos a través de la imitación inmediata como resultado de nuestra primera educación.
Después de sus estudios filológicos, cuya apertura básica coincide con su temperamento y sus inclinaciones personales, Sepp se encontró a sí mismo en un mundo académico en el que la única dirección que tenía sentido para un joven ambicioso y talentoso, era adherirse a la teoría de moda llamada deconstrucción. En aquél tiempo, había muchos jóvenes investigadores cuya experiencia era cercanamente paralela a la del propio Sepp; la mayoría de ellos se convirtieron en deconstructores, no como resultado de ambiciosos cálculos sino porque, al ser aplaudidos por todos, la deconstrucción no podía dejar de ser tan sólo una ola de futuro, como en realidad lo fue, sino la verdad misma.
La mayoría de los contemporáneos de Sepp jamás escribirían lo que él escribió por miedo a ser denunciados como oportunistas, arrivistes, que sacrificaron sus auténticas visiones literarias al frío cálculo. Lo que Sepp dice en realidad es completamente distinto. Su periodo deconstructivista no fue el fruto del cálculo frío. Escribía, dice, bajo el hechizo del suave terrorismo. Las modas tiránicas operan como un hechizo porque no las poseemos, ellas nos poseen.

Toda vida intelectual comienza con la imitación de los pensadores que admiramos, y como regla se trata de los pensadores más populares del momento. ¿Cómo podría ser de otra manera? Nos volvemos pensadores independientes cuando somos capaces de criticar nuestra mimesis inicial.
Ésa es la única manera en que podemos convertirnos en verdaderos pensadores. Lejos de ser algo vergonzoso que nosotros, los críticos, deberíamos ocultar ante nuestros lectores, estamos obligados a registrar esta experiencia; tanto porque es la verdad como porque necesitamos un espíritu auténticamente crítico. La autobiografía universitaria de Sepp habrá de impulsar nuestras prácticas académicas hacía una mayor apertura, más libertad, más sensibilidad y, porqué no, más regocijo. Es inevitable que la gente joven se vea medio seducida y medio intimidada por las modas dominantes. Sepp no intenta persuadirnos de que en los días cúspides de la deconstrucción era intelectualmente capaz de pensar tan independientemente como lo hace hoy.

Como muchos de sus contemporáneos, Sepp se entregó al “suave terror” y, en vez de ocultar este hecho como la haría la mayoría de nosotros en esta situación, centra su atención y la nuestra sobre él. Este es tal vez el rasgo más admirable de Producción de Presencia, no sólo visto desde una perspectiva moral sino sobre todo intelectual.
Un burdo malentendido de esta lección sería que, como resultado de todo ello, ahora viéramos a un joven colega que abraza la deconstrucción no con la simpatía que merece, sino con el mismo manto de hostilidad que produjo, hace algunos años, el rechazo a adoptarla.

Traducción del inglés: Ilán Semo

Enviado el 10 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

No sé qué le habrá pasado a este pobre hombre. Pero desde luego me parece que no ha entendido nada de Derrida, como muestra ésto que dice: "En literatura y arte, el anhelar la presencia, lejos de ser el desastre final sugerido por Derrida, es la esencia de la inspiración poética". ¡¡Pero si Derrida dice que EL DESEO de presencia es precisamente aquello que es abierto por la différance!! Lo que es imposible es el CUMPLIMIENTO, pero el DESEO es inexorable, es la VIDA misma.

Yo no digo que el "deconstruccionismo" haya tenido una gran componente de moda. Pero, pasada la moda, uno mira atrás y bajo todo ese montón de obras "deconstruccionistas", la DECONSTRUCCIÓN DERRIDIANA resiste como una de las más poderosas filosofías del siglo XX (y por venir). La deconstrucción no es un "método filológico", Derrida no se ha cansado de repetirlo. Que partidarios y detractores por igual, sin formación alguna en filosofía, hayan querido reducir a esto a la deconstrucción ES SU PROBLEMA. La obra de Derrida prevalecerá durante muchos siglos como un hito de la filosofía occidental.


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