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Junio 15, 2008

La infinita levedad de J. A. T - Héctor Antón Castillo

IMG_Toirac7-u.jpgNo es minimalista ni posminimalista en ninguna de sus versiones estratégicas conocidas. Es un tipo raro de “artista político” que permanece al margen de las cruzadas políticas. Su producción visual tampoco se afilia a una estética o soporte específico. Más bien suelen deslumbrarlo el residuo de los acontecimientos y su conversión en materia inmóvil o maleable. Un lector espía del cuidadoso manipulador diría que la Historia es su gran obsesión: capaz de llevarlo a sobredimensionar lo imaginario de una imagen o miniaturizar una idea real. En el centro de estas alternativas, pudiéramos sorprenderlo sin conseguir asociarlo con una determinada etiqueta. Para José A. Toirac, el arte, la vida y hasta el propio artista constituyen un medio que nunca llegan a poseer una legítima finalidad mediática.

La reciente muestra de Toirac en la galería La Casona es un guiño fiel a una serie de homenajes anteriores a Raúl Martínez, Hans Haacke, Antonia Eiriz y Walker Evans. Ahora le correspondió el turno a Félix González-Torres: artista que nació en Cuba e hizo carrera en Puerto Rico y Estados Unidos hasta morir de SIDA en la plenitud de su ascenso. Como integrante del neoyorquino Group Material, González-Torres participó del activismo político en defensa de las minorías étnicas y sexuales en el furor emancipatorio de los ochenta. Su hallazgo fue imprimirle un lirismo sin trabas geométricas al minimalismo inerte de los sesenta que le sirvió de modelo.

Al emprender un trabajo en solitario, su obra adquirió un sello muy personal. Basta recordar los pliegos azul cielo o las acumulaciones de caramelos que el público podía llevarse a casa, para inscribir o degustar el misterio de sus nostalgias. Dentro del “minimalismo romántico” que, según el “restaurador del caos” Christian Boltanski, tiende más a lo sentimental, el legado de F.G.T ha tenido una gran repercusión en poéticas que abordan la desaparición y el consumo de la obra de arte. Ello sin descartar el contrapunteo entre lo privado y lo público, la calidez y la frialdad, el lleno y el vacío de la ficción erótica o las contingencias políticas.

“No hay situación social y política, por complicada que parezca, sin una salida posible”.

“Decálogo” (mayo-junio 2008) es una mezcla de historia bíblica con historia política. A partir de los “Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés en el Sinaí”, Toirac ha escogido diez frases de “Fidel Castro y la historia como ciencia” (Ediciones Especiales. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007). Dichas citas aparecen impresas en pliegos de papel que el espectador podía recoger de varios montículos para llevarse a casa. En cambio, las matrices tipográficas donde se imprimieron los textos por vez primera se emplazaron en la pared colocadas al revés. De esta manera, prevaleció una “lectura de espejo” orgánica de la reimpresión histórica producto de la “novedad” (levemente alterada) del soporte técnico-editorial original como residuo arqueológico.

En otro espacio de la galería, se habilitó un butacón, una mesa de noche (con el libro citado encima) y una lamparita para que los visitantes pudieran sentarse y leerlo. Aunque no aludía al reposo del prolífico autor de los volúmenes, el butacón convidaba al repaso de su legado como “objeto útil” de una escenografía parcamente decorativa. Fuera de la improvisada “salita de lectura”, todo era un derroche de espacio vacío, donde se respiraba un “aire de profunda soledad” en medio de los asfixiantes calores habaneros.

“No hay que confundir jamás una idea con la otra”

¿Qué sugirió J.A.T con estos “diez mandamientos” apilados en una galería comercial del circuito artístico? ¿Qué orden simbólico subvirtió con ese butacón que, según parece, nada tiene que ver con la soberbia o glamour hegemónico? Diez frases-consignas transformadas en souvenirs desechables proponen una ironía tan sutilmente disfuncional que acaba por diluirse en la nada cotidiana. Una finalidad povera en un contexto povera es una tautología condenada al fracaso. Rescatar los avatares retóricos de la Historia en medio de una tradición épica basada en la evocación de antiguas hazañas o lealtades vigentes es una tautología que roza el panfleto. Pero el artista de los medios sin ambiciones mediáticas se resiste a tomar partido por la idea que intenta suplantar el masaje visual.

Lo paradójico es que todo resultó un absurdo masaje textual. ¿Qué significaría cargar con pliegos de bajo costo llenos de sentencias impregnadas en la conciencia colectiva de millones de cubanos? ¿Qué sentido tendría conservarlos o no a la vista de los curiosos o en la soledad de la conciencia? ¿Urge llevar la memoria a todas partes para demostrar públicamente que no hemos olvidado nada? Hagamos lo que hagamos, el gesto nos conduciría a olvidar el simulacro en un abrir y cerrar de ojos, para luego reírnos de términos como “arte político” o “artista político”. De tanto ansiar conferirle ligereza a la Historia, J. A.T se quedó en una ilustración efímera de lo que conserva un peso incalculable en el imaginario cotidiano de la ínsula. En este sentido, la levedad de la Historia equivale a una dosis exacta de suma ideológica dominante en la actualidad.

La cautela de Toirac se detecta en ese “querer pasar sin ser visto por la gente”. De hecho, esta muestra casi no tuvo promoción en los medios masivos. A veces da la impresión de que no le interesa que hablen de su trabajo. Suerte que no es un expositor insaciable cazando a críticos y editores con unos billetes en la mano para que escriban o saquen imágenes de su trabajo en revistas culturales o antologías. La neutralidad de su actitud forma parte de un instinto de conservación que utiliza como arma de lucha para sobrevivir en el mundillo artístico. A pesar de su incidencia en el destape ochentiano como miembro del proyecto ABTV (junto a Juan Pablo Ballester, Ileana Villazón y Tanya Angulo), ya poco le queda del aura rebelde característica de la época. Una pose cómoda opuesta a la de su colega Lázaro Saavedra, fundador de galería e-mail y guerrero conceptual enemigo de los paisajes habituales.


“Creo y siento –y por eso lo digo- que aquí ningún hombre es indispensable”


¿Y qué hace Félix González-Torres (1957-1996) metido como “pretexto interactivo” de un simulacro intrascendente? ¿Será que Toirac pretendió igualar los pliegos vacíos de su intimista predecesor con los papeles-emblemas de un vacío utópico encarnado por la multitud? De ser cierta la sospecha, implicaría la única transgresión visible de la exposición. Pero las utopías románticas solo pueden ser reemplazadas o fulminadas por una desaparición real y no por el cansancio simbólico que le atribuyen unos o niegan otros. De un lado o del otro, cualquier desacato menor a una leyenda mayor se traduce en mera frivolidad o resentimiento inútil. La única salvación de este pasivo “Decálogo” es refugiarse en una justificación cínicamente ética del artista Santiago Sierra cuando afirmó: “El arte no tiene la capacidad de sublevar a la población. No tengo ese derecho si estoy trabajando como decorador de instituciones”.

Enviado el 15 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

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