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Junio 08, 2008
Marcel.Lí Antunez, en cuerpo y prótesis - Anna Maria Guasch
Originalmente en abcd
En uno de los monólogos del vídeo autobiográfico El Dibujante, el propio Antúnez se autoproclama «artista científico» y declara que su cometido principal consiste en la creación de una bacteria que enviará al espacio para poblar un mundo nuevo, un nuevo estado de vida y una nueva forma no planificada de evolución. Está claro que Antúnez, aún dentro de sus múltiples facetas, a menudo difíciles de encasillar, es un creador que, en lugar de contentarse con repetir paradigmas convencionales de artista, reinventa nuevos modelos de creación basados en su teoría de la «transpermia» y su convencimiento de que los cometas que se estrellaron contra la Tierra dando origen a la vida en nuestro planeta estaban henchidos de materia biológica, es decir, de bacterias y esporas (lo que a nivel científico se conoce como la hipótesis de la «panspermia»).
De ahí la pasión -rayana en la obsesión- de Antúnez por los procesos biológicos y orgánicos con una singular aportación: más que el modelo antropológico de la relación entre el ser humano y las herramientas, lo que prevalece es el proceder instrumental, los artefactos técnicos y la «vida artificial», según la cual la mente sería una «máquina de carne» que actuaría como hardware, es decir, como un procesador interno con control absoluto sobre el cuerpo a modo de software moldeable.
Doble pulsión. Ello explicaría la doble y aparentemente paradójica pulsión que late en toda la obra de Antúnez, tanto si se trata de performances interactivas como de instalaciones objetuales: una fascinación por la tecnología informática, por los robots, por los circuitos microelectrónicos y, a la vez, una vocación instintiva por el dibujo. En realidad, y tal como apunta el título de la exposición, lo que le interesa es el papel que desempeñan las «segundas» u «otras» pieles, sean las interfaces, las prótesis, los exoesqueletos o el dibujo.
Esta es la gran diferencia entre Antúnez y el que muchos consideran -aunque un tanto erróneamente- su maestro: Sterlac. Antúnez, todo lo contrario de Sterlac, no trabaja «contra el cuerpo», ni lo considera obsoleto. Para Antúnez, las máquinas son sólo «prótesis emotivas» que expanden tanto el goce y la emoción como el universo sensible. Y, por encima de todo, está la mano que garabatea, araña una y otra vez, deja huellas sobre la pared o sobre la piel y se convierte en el mejor «interfaz» para radiografiar la mente obsesiva, circular y elíptica de este artista «poliédrico» que en sus diferentes etapas creativas (desde su paso por la Fura dels Baus o por el grupo Los Rinos, hasta sus trabajos más recientes) prioriza el proceso y la acción más allá del producto y el objeto.
El dibujo -en ocasiones mural, en otras, sobre papel- asume un protagonismo destacado en la exposición Otras pieles: El mural titulado Árbol, situado a la entrada, informa del método de trabajo preferido por el artista: una estructura estratigráfica cercana al efecto palimsesto, donde las capas de dibujo se van superponiendo cual estratos en el complejo, aparentemente caótico y barroquizante mundo figurativo del artista: todo más cercano al método rizomático, es decir, horizontal y no jerárquico, que explicaría otros dibujos murales de la muestra como Membrana (2005-2008), un macro-collage con dibujos fragmentarios de algunas de sus performances más narrativo-verbales, como Protomembrana e Hipermembrana y la instalación audiovisual DMD Europa (2006), un dibujo mural dinámico que recuerda los métodos creativos del Accionismo vienés.
A modo de exvotos. En la exposición se pueden ver también «reliquias» de obras anteriores, como el «exoesqueleto» de una de sus más celebradas instalaciones interactivas Réquiem (1999), un robot con distintos comportamientos programados como el gesto, el saludo y el baile, que tiene la irónica función de sostener en su interior un cuerpo humano sin vida, aunque con pretensiones de inmortalidad; algunas secuencias de la performance Afasia (1998), una obra de «teatro en vivo» con actores virtuales: robots interactivos orquestados por el único actor-director en vivo, el propio Antúnez, provisto de un exo-esqueleto dotada aquí de nuevos registros interactivos; la prótesis emotiva» Alfabeto (1999) y la bioinstalación Agar (1999), en la que los grandes protagonistas son los microbios y sus ecosistemas. Y en todos los casos, como también ocurre con Epidermia/Protomebrana (2006-8), priorizando diferentes procesos interactivos, es decir, buscando siempre la reciprocidad, y, sobre todo, la complicidad del espectador.
Un toque freudiano. Volviendo al vídeo El dibujante, con el que hemos iniciado este texto, nos reafirmamos en la idea de que su carácter autobiográfico no puede explicarse desde la figura del narcisismo, sino desde otra figura psicoanalítica: la de la «escena primordial». Según Freud, el sujeto, tanto en los sueños como en la actividad creativa, invoca escenarios visuales para desentrañar los misterios de sus orígenes. Y esto es lo que hace Antúnez tanto desde un punto de vista de carácter localista (de ahí las constantes referencias a Cal Matías, la localidad catalana de Moià que lo vio nacer), como desde el lado cósmico y universal. Ahí estaría la grandeza de este artista: su habilidad de ir de lo local y anecdótico (y en ocasiones kitsch) a lo más abstracto y metafísico (y sublime) con la rara e inusual habilidad de un creador «total».
Enviado el 08 de Junio. << Volver a la página principal << |
