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Junio 23, 2008

Un escritor egipcio en París - Conversación con Albert Cossery

Originalmente en la revista Líneas de Fuga

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Albert Cossery nació en el Cairo en 1913 y murió ayer domingo 22 de junio de 2008 en el hotel de la Louisiane en Saint-German-de-Prés, donde vivía desde hace sesenta años. Escritor egipcio de lengua francesa. Sus novelas y relatos encontraron en Albert Camus y Henry Miller lectores entusiastas y fue amigo también de Lawrence Durrell, de Raymond Queneau, de Jean Genet y de Alberto Giacometti

A continuación transcribimos una conversación entre el escritor egipcio y Michel Mitrani.

Michel Mitrani. Albert Cossery, ¿Cómo se convierte uno en un escritor en lengua francesa?

Albert Cossery. Es muy sencillo, y al mismo tiempo azaroso. Es decir, estudié en una escuela francesa y luego en el liceo. Comencé a escribir novelas en francés a los diez años. Pero en esa época todavía no podía pensar: ¿escribiré en árabe o en francés? Entonces no era un problema. Fue sobre todo a través de mis lecturas de libros en francés, que comencé a escribir y continué haciéndolo así sin darme cuenta…

M. M. ¿Siempre escribió en francés?

A. C. Continué haciéndolo sin darme cuenta de que tenía otra lengua materna, porque yo estaba subyugado por la literatura francesa que leía desde los diez años.

M. M. Muchos escritores sienten la ausencia prolongada o definitiva de sus países como un exilio que marca su inspiración.

A. C. En mi caso no. Nunca me sentí fuera de Egipto. Lo llevo conmigo. Incluso puedo reproducir en mis relatos detalles vistos o escuchados hace cincuenta años. Se me quedaron en la memoria.

M. M. ¿Cuándo decidió venir a París?

A. C. Tenía un contrato con un editor parisino llamado Charlot…

M. M. ¿Pero usted ya había venido antes de la guerra?

A. C. Sí, pero esa es otra historia. En esa época no vine a quedarme, vine a estudiar; sin embargo, no estudié nada absolutamente.

M. M. Antes de iniciar la guerra, usted regresó a Egipto…

A. C. En 1938.

M. M. ¿Podría hablarme acerca de la guerra vista desde El Cairo?

A. C. El Cairo fue el pivote de la guerra, había por lo menos un millón de soldados o… de gente que pasaba diariamente por Egipto, atravesaban El Cairo todo tipo de ejércitos: inglés, griego, italiano… ya que la guerra sucedía en Egipto, sólo que se desarrollaba en el desierto.

M. M.
Hubo un hecho curioso, me parece, que se produjo en su vida durante ese periodo…

A. C. ¿Usted se refiere a mi enrolamiento en la marina?

M. M. Así es.

A. C.
Pude darle la vuelta al mundo y ver la guerra de cerca. Pero nunca tuve entre mis manos un fusil o un revólver. Nunca disparé a nadie, pero a mí sí me dispararon.

M. M. Estuvo a punto de recibir el golpe de un torpedo proveniente de un submarino alemán…

A. C. Fue una elección… Cuando era joven me creía invencible, no quería permancer en El Cairo lejos de esa guerra, yo quería estar cerca, pero sólo como observador.

M. M. Sin embargo, eligió un curioso momento para hacer turismo!

A. C. A esa edad no me cabía en la cabeza que pudiera sucederme ninguna desgracia.

M. M. ¿Qué transportaban en ese carguero?

A. C. En primera instancia era un flete, pero también cargaba ciento cincuenta pasajeros que provenían de todos los países invadidos por Hitler y que yo transportaba a los Estados Unidos. Digo “yo transportaba”, nuestro barco transportaba, que era un barco egipcio…

M. M. ¿Qué tipo de pasajeros?

A. C. Sin duda, la gran mayoría de los pasajeros era israelita.

M. M. ¿La guerra terminó, cuál fue entonces su primer deseo?

A. C. Regresar a París, porque entonces yo había firmado un contrato con el editor Charlot desde El Cairo.

M. M. ¿Por cuál de sus libros?

A. C. Por Les hommes oubliés de Dieu [Los hombres olvidados de Dios], que en Egipto apareció en francés, inglés y árabe.

M. M. Entonces se embarcó en el primer buque disponible rumbo a Francia.

A. C. Sí. De hecho en pésimas condiciones, puesto que todavía estábamos en guerra, fue en 1945.

M. M. ¿No existía el riesgo de continuar escribiendo sobre Egipto, al momento de alejarse de él?

A. C. ¡Se lo acabo de decir! Para mí Egipto está siempre en mi imaginario. Nunca olvidé Egipto. De hecho, ¡por esa razón sigo siendo egipcio! No he solicitado un pasaporte francés, porque quiero seguir siendo egipcio. ¡Nunca traicioné a mi país!... No porque escriba en francés y viva en París he dejado de ser egipcio…

M. M. ¿Estuvo cuarenta años sin regresar a Egipto?

A. C. Treinta y cinco.

M. M. ¿Durante treinta y cinco años no tuvo la necesidad de actualizar su inspiración? Quizás es la diferencia esencial entre el escritor y el periodista frente a la descripción de una realidad contemporánea.

A. C. No creo que en la literatura haya que ser contemporáneo o no, porque uno puede leer hoy a Stendhal o a Dostoievski, y aunque lo que narra ocurre en otros tiempos y en otro lugar, hay eternidad… Un escritor siempre escribe acerca de una realidad permanente y universal.

M. M. Creo que había otra razón para venir a París además de la de firmar un contrato con un editor…

A. C. Sí, lo que dije fue que no vine a buscar un editor. De hecho, en mi país no faltan editores, lo que faltan son textos. Es lo que siempre digo.

M. M. ¿Y qué hizo entonces en París, además de escribir?

A. C. Conocí a muchísima gente maravillosa, extraordinaria.

M. M. ¿Quiso divertirse en París?

A. C. ¡En mi época uno se divertía en París! Ahora no sé. Pero la diversión forma parte de mi vida…

M. M. Desde el primer libro publicado, —antes hubo los textos aparecidos en revistas, como La semaine égyptienne, por ejemplo— usted suscitó comentarios muy elogiosos de su compatriota Georges Heneim, de otros escritores y en especial Henry Miller quien escribió que entre los escritores vivos conocidos por él, “ninguno describe de manera tan desgarradora ni tan implacable la existencia de las masas humanas hundidas. Él alcanza los abismos de desesperación, de envilecimiento y de resignación que ni Gorki ni Dostoievski pudieron registrar…”

A.C. Quizás es un poco exagerado. Eso que escribió Miller, al que conozco bien, me parece un tanto desmesurado.

M. M. Pero él entendió bien su libro…

A. C. ¡Ah! eso sí.

M. M. …en el que usted no estaba alejado del pueblo egipcio sino con él.

A. C. Con ello le digo que, si pude escribir aquello acerca del pueblo egipcio, es porque nunca lo olvidé.

M. M. Bueno estuvo Miller, pero hubo otros escritores admiradores de su obra como Laurence Durrell que vivía en Egipto en esa época.

A. C. Sí.

M. M. Y también Albert Camus. Camus era de origen… magrebí, finalmente.

A. C.
Sí, más o menos, puesto que nació en Oriente experimentaba el mismo amor que yo por la vida. De hecho éramos amigos… en ese terreno. No se trataba de una amistad literaria, como podría pensarse.

M. M. ¿Una amistad profunda, una complicidad?

A. C. Sí, una amistad entre personas que aman la vida, que aman las chicas guapas.

M. M. ¿Usted fue publicado, usted escribió otros libros en París, y tuvo editores… todo tipo de editores, muy importantes: Charlot primero, luego Julliard, Laffont, Gallimard… Me he dado cuenta de que cada uno de sus libros ha sido editado, no sé cinco o seis veces… Les hommes oubliés de Dieu tuvo cinco ediciones luego de su primera aparición, sin contar las publicaciones en los periódicos y las revistas.

A. C. Para mí es un misterio, debo decirlo. Por qué un editor pequeño se interesa en mis libros si no va a ganar dinero…

M. M. Su último libro Une ambition dans le désert [Una ambición en el desierto], fue tratado como la obra de un desconocido. Incluso puede decirse que ese libro es casi un libro muerto. ¿A qué le atribuye el silencio que ha rodeado a esa obra durante diez años?

A. C. Al editor, que nunca hizo nada por llevar el libro a las librerías, puesto que no se encontraba en ninguna parte. Pero no quiero hablar mal de los editores, todo el mundo lo hace, y no me gustaría continuar diciendo…

M. M. Ese libro fue puesto entre paréntesis completamente, incluso la crítica o ignoró.

A. C. Quizás, trataba un tema demasiado fuerte.

M. M. Pero ya desde antes no se encontraban sus libros en las librerías.

A. C. Cuando eran publicados por las grandes casas editoriales. Pero los pequeños editores logran hacer mejor las cosas.

M. M. En 1990 obtuvo el premio de la Francofonía. ¿Qué sentimiento le inspiró ese premio?

A. C. Ninguno. No veo en qué puede inspirarme. Usted sabe, tengo una idea clara acerca de mí desde los diez años, es decir, que todo lo que me puede suceder desde las primeras traducciones que se hiceron por el mundo, y en especial las que se hicieron en los Estados Unidos, en Inglaterra… Todo ello no me conmueve, lo esperaba desde los diez años. Es la verdad, no la escondo. Por esa misma razón no he hecho nada por mi carrera, como se dice. Y es más, usted lo sabe bien porque me conoce desde hace años. Y nunca me he quejado…

M. M. En 1987 Joëlle Losfeld publicó cinco títulos en la editorial Terrain Vague, que más tarde volvió a editar en su nueva editorial. Así sus libros han sido reeditados y usted tiene nuevos lectores ¿Qué tanto interés despiertan sus libros hoy en día?

A. C. Bueno creo que comienzan a ser más conocidos, puesto que se venden en las librerías. En consecuencia, he aceptado ir a firmar ejemplares por toda Francia, lo que nunca antes había hecho en mi vida. He ido a varias ciudades grandes, y también pequeñas y he conocido a lectores que me han leído. Ellos se acercan para decirme que han leído mis libros.

M. M. Pero también tiene nuevos lectores, jóvenes.

A. C. Sí, pero eso sucede desde hace tiempo; desde la publicación de mis primeros libros hubo jóvenes que me leyeron. Me llaman por teléfono, vienen a verme.

M. M. ¿A qué atribuye usted la atracción que sienten los jóvenes por el mundo descrito en sus obras?

A. C. Se debe a que no sólo se trata de un mundo, sino de toda una… proyección de la vida en un libro, que no encuentran en los demás.

M. M.
¿Quizás usted les ofrece una respuesta a algunas de sus preguntas?

A.C. Sí, vivimos en una sociedad en la que los jóvenes no se sienten para nada en el mejor de los mundos. Y por lo tanto… algunos resienten un golpe. Pero ellos no se me acercan para para decirme: “usted ha escrito una hermosa novela, me gusta mucho la historia…” No, no se trata de eso, más bien creo que se sienten conmovidos por las ideas que encuentran en mis libros.

M. Mitrani, Conversation avec Albert Cossery, Éditions Joëlle Losfeld/INA, Paris, 1995.

Traducción del francés María Virginia Jaua


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