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Julio 07, 2008

“A la revancha: la crítica cubana se dedica al arte” - Alejandro Condis

parasalonKritik-u.jpg“Podemos perdonar a un hombre el haber hecho
una cosa útil en tanto que no la admire. La única disculpa
de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
Todo arte es completamente inútil.”
(1) Oscar Wilde

Un hecho inédito, tras arrastrar consigo una presta y plusmarquista oleada de veedores, “tsunamisó” el panorama cultural cubano. El “hecho”, editado por la galería Servando, exhortó al seductor y lúdico juego de La revancha, merced a la idea de un joven curador e historiador del arte: Píter Ortega. El proyecto proponía la inversión de los tradicionales roles de artista y crítico, por lo que fueron convocados, a fungir como artífices, veinticuatro prestigiosos críticos de arte, de los cuales catorce accedieron a participar.

El trabajo curatorial de la exposición, a cargo del propio Ortega, apeló a la democracia tolerante en la selección de las obras, pues la diana a ultimar exigía el muestreo del concepto privativo e indiscutible de arte que cada crítico consideraba, en la materialización de su obra, como su redundancia sinonímica. El proemio que el catálogo establecía -vaticinio de la conmutación venidera- encontró como colofón el “sui géneris” y agudo texto refrendado por el reconocido artista cubano Lázaro Saavedra.

La composición dinámica de Corina Matamoros se figura en un rectángulo contenedor de doce fotografías del edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes. Con la pieza, la curadora-artista nos invita a penetrar abrupta y convenientemente en ese mundo que nace más allá de los espejos. Los cristales, azogados por la magia arquitectónica del templo del arte cubano, nos transparentan el concepto de que todo cuanto acontece tras aquellas paredes es sólo el reflejo de la cubanía que circunda el edificio. Ángulos que se cruzan, pendientes que giran, verticales que caen gracias a la fuerza gravitatoria de la Tierra, horizontales que se pierden donde ha muerto el sol, nos despliegan el arte de una docena de imágenes y motivos, fulgores y contrastes.

Gerardo Mosquera y Cristina Lucas sexualizaron la región central y sudamericana de nuestro continente. La investigación realizada se nos revela con fisonomía de mapas eróticos, en donde las dos obras presentadas metamorfosean los nombres de los países enmarcados en la región andina y caribeña. Mosquera y Lucas reinventan las vetustas convenciones humanas de denominación de las naciones, se apropian de ellas y nos las devuelven como una cartografía traviesa y perspicaz, donde cada país se ase, indistintamente, al nombramiento coloquial del falo masculino o la vulva femenina.

Píter Ortega erigió sobre el suelo de la Servando una valla de gallos de pelea. La “intervención” del devenido artífice suscitó virtuosamente una miríada de reacciones antagónicas ante la reyerta gallística. Ecologistas y morbosos se exasperaron/deleitaron ante el espectáculo artístico. Un Mariano vs. Mariano, una ironía sagaz, es un homenaje a un coloso de las artes plásticas cubanas, es la previsión de cuánta violencia nos acecha. La irritabilidad, el ímpetu desatinado y el frenesí estridente encuentran su apología y su diatriba en un discurso efímero, pero, a la vez, eterno. El fenómeno artístico-conceptual de Ortega hacen que el crítico, en cuanto artista, no pueda avasallar su propia naturaleza: seguir aún fungiendo como lo primero.

Por su propio peso -entre muchos, mi obra- fue la propuesta de una de las cariátides de la cultura cubana: Yolanda Wood. El Caribe se levanta, libro tras libro, casete tras casete, surtiéndonos de una literatura necesaria. Gavetas, cual pedestal, convergen en un centro pergamíneo, escrito sobre hojas de piel humana. La nueva “Torre de Babel” amontona y embrolla las lenguas tropicales, separándonos/uniéndonos en una aventura traducida al español. Ostentación sana, y para nada oropel, de cuanto ha hecho, la pieza es el minarete que convoca a los escépticos a aprehender el genuino concepto de la crítica: la Wood arguye que la crítica es también arte y, por tanto, motivo de belleza. El Caribe ha triunfado.

El reloj tiene cuerda// las circunstancias están en orden// los platos fregados// el último ómnibus pasa de largo//…vacío// no podemos quejarnos// ¿Qué estamos esperando? nos recita Darys Vázquez. Buzones de correo postal, abandonados, versan en torno a la incomunicación humana. La poética de la artista nos devela el resabio amargo que nos legan las cartas que se esperan y no llegan, que oxidan los casilleros con su ausencia, demoradas como la pensión del coronel de García Márquez; de las cartas que ya ni siquiera se esperan, que han derribado, rebeldes, las puertas de los buzones; de aquellas cartas de amor que, pese al mismo remitente, han pasado a ser de otros destinatarios.

Como la mala hierba germina “El Nuevo Arte Cubano” de Magaly Espinosa. Este libro de antología de textos críticos pende cual rebeldía intrépida a la censura. Es, en la delación del “delito” foráneo de decirlo todo, un sarcasmo mordaz, una incitación al “delito” vernáculo de también decirlo todo… pero, esta vez, en donde nada se ha de decir.

Anónimo, 1899 -página de diario encontrada por Elvia Rosa Castro- es una carta apócrifamente escrita en el diario de una niña de fines del siglo XIX cubano, con la que la artista pretende -y logra- engañarnos acerca de la autenticidad de la pieza. Inspirada en una noticia que apareciese en El Fígaro, la Castro utiliza la obra como pretexto para hacernos conocedores de un acaecimiento histórico muy poco divulgado: después de la derrota española en la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, la estatua de Isabel II fue descendida de su peana. El Fígaro ilustró la novedad con una foto del pedestal vacío que ostentaba sobre sí un signo de interrogación. Una polémica dicotomía de opiniones atiborró el panorama cubano de entonces ante el deseo de unos de establecer sobre el pedestal del Parque Central una réplica de la “Estatua de la Libertad”, y las ansias de otros de una efigie de José Martí. Es deducible quiénes, afortunadamente, y por angosto margen, prevalecieron.

Currículum (de un) crítico -de la serie ¿A cómo está la libra de arte cubano?- es un tríptico que Axel Li nos despliega saturado del enrevesamiento “dedálico” de los grandes abstraccionistas. La actitud alineada y simétrica de su pieza aprisiona al Teseo, que después de vencer al Minotauro, y vanagloriado de la proeza de su vida, se ha sentado a extasiarse con su propia obra. Se elucubra, además, ante la pieza, la soberbia de un pájaro alado en el rictus corpóreo de levantar el vuelo, a fin de remontarse al infinito. Es quizás, la obra, la historia de un triunfo, de una elevación “niké”, que, a su vez, pretende interrogarnos acerca de la valía con que se nos ha revelado el arte cubano.

Rafael Acosta de Arriba se arriesga, en Pareja de Alfiles, una de sus dos piezas fotográficas, al peligroso juego de la lujuria y el erotismo dameros, mientras que la soledad, el abandono y la espera se apropian de la otra. Asimismo, Sandra Sosa nos advierte, en su denodado texto, momentos cubanos que han hecho, de la intertextualidad, plagio; al tiempo que Dannys Montes de Oca nos insinúa El límite de la realidad.

En axiomático homenaje a los clásicos del cine cubano y su tradición, las esencias escondidas y recónditas del ser humano se vuelven, a la vez, apariencia, en Soy lo que ves. Rufo Caballero, director de este video clip, va a La revancha al compás de Buena Fe, que resultó consonante con el inefable trazo fotográfico de Alejandro Pérez. En el material se destaca, además, el histrionismo de Viengsay Valdés, quien junto a Anette Delgado, constituyen las excelentísimas y laudables primeras bailarinas del Ballet Nacional de Cuba. La Valdés despliega, una vez más, sus inequívocas dotes para transmitir sagazmente un personaje, sublimizando la factura estética del audiovisual. Todo ello tributará a que, al epilogar su creación, Rufo pueda estar rufo con la suntuosa hechura de su trabajo.

Biografía de un curador es una “instalación” en la Servando de cuánto es Nelson Herrera Ysla. Máquina de escribir en mesa, fotografías y caricaturas personales, libretas de la bodega, carteles, bandera cubana, tickets de ómnibus públicos, cheques de dinero, se amalgaman en un serpentear en blanco y negro, que parsimoniosamente va adquiriendo la tonalidad cromática de una vida que se eleva. En toda esa multiplicidad dispositiva, en la alada ascendencia, en la icaria oblicuidad, Herrera Ysla advierte la fluctuación ondulante de la existencia humana.

El pagador de promesas se nos adviene ahora en su versión escultórica. Héctor Antón Castillo supo insculpir un loro abarrotado de pericia y sutilidades, insinuaciones. Un loro sofista, retórico, de mirar cuadrado, yace complaciente sobre su aro de puerilidad. Su simbólica corbata bermeja constituye una eufemística reticencia de cuanto enclaustra. El cuerpo del ave sólo se nos sugiere, proveyendo a la visión del esqueleto de un ser alado y cobrizo, que sempiternamente ha pendido tras cada mentira o diligencia burocrática. La lengua, cual arte cinético, parece zarandearse en el zigzagueo torpe de quien pretende traslucirnos lo ignoto, pero nada nos dice.

La revancha, cual Oscar Wilde, legitimó que “la diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y vital” (2). La iniciación artística –diríase “platónica”, “duchampiana”– de nuestros críticos cubanos, ante la bifurcación de opiniones que suscitaría, constituyó una indudable invocación a Eris, quien divertida supo entregarse al juego lúdico de La revancha. En toda esa pluralidad discordante, los noveles artífices resolvieron que “cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo” (3). Es así como, definitivamente, se agrieta, se quiebra y se hunde la deleznable inmutabilidad fronteriza de un rol, ante la incontinencia natural y humana de la creación.

Notas:
(1) Wilde, Oscar (2004). El retrato de Dorian Gray. Prefacio. La Habana, Editorial Arte y Literatura, p.6.
(2) Ibídem, p.5.
(3) Ibídem, p.5.

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