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Julio 27, 2008

Aforismos en el librero - Armando González Torres

Originalmente en hoja por hoja

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Un lector de Cioran o de Canetti, acostumbrado a la violenta fulguración de su pensamiento, se asombraría ante la definición del aforismo que brinda el diccionario: una “sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte”. Cierto, durante mucho tiempo hombres de ciencia, filósofos o aficionados destilaban sus perlas de sabiduría en aforismos que pretendían autoridad. A menudo edificante, el aforismo buscaba plasmar un conocimiento de manera con-cisa, persuasiva y didáctica en sentencias que lo mismo disertaban de medicina o agronomía que de cosmogonía y conducta. Estos extractos se administraban sin esfuerzo en un género de divulgación, al mismo tiempo popular y culto, que hacía accesible y memorable el tópico transmitido.

Sin embargo, la riqueza del aforismo radica precisamente en la tensión entre su propensión dogmática y utilitaria y su carácter indeterminado y abierto. Particularmente el aforismo moderno tiende a rechazar respuestas categóricas, no intenta afirmar sino señalar, testimoniar, avizorar. El aforismo suele concebirse entonces como una forma de escritura fragmentaria y versátil que remite a un conocimiento inconcluso, a una intuición sin explotar o a una revelación en cierne. Por ello, el aforismo suele admitir una amplia serie de subgéneros y modalidades, lo mismo una sentencia de Gracián, orientada a la moral práctica, que un fragmento de Novalis, que aspira a la iluminación; que una greguería de Ramón Gómez de la Serna; que una de las voces de Antonio Porchia, próxima al extravío poético, o un apunte de Conolly, teñido de nostalgia y lirismo.

Lo que llamamos aforismo, pues, se vuelve multifuncional y, sobre todo, se erige como uno de los géneros más introspectivos de su propia materia, que usa y cuestiona el lenguaje, que transmite ideas pero las critica, que se desdice de lo que dice al decirlo. El aforismo es entonces pensamiento y argumento, pero también sus contrarios: quiebra del concepto, desestabilización del significado, suspensión del juicio. Se trata de una forma de ascetismo y ejercicio del pensamiento que lo mismo invoca al raciocinio que a la inspiración, al ingenio que al disparate. Esa paradójica convivencia entre el ansia de saber y el desencanto del conocimiento, entre el afán de contundencia y la tentación del silencio, hace del aforismo uno de los géneros más emocionantes, pues vuelve patentes las contradicciones íntimas del lenguaje y del conocimiento que se revelan, a veces dramáticamente, a un individuo.

Por eso, más que tratar de definir el aforismo como género, habría que pensar en un temperamento aforístico que emparienta a sus cultivadores. Sería un temperamento oscilante entre el pesimismo y el vitalismo, desarraigado, escéptico, irónico y libertario, que pertenece a quienes profesan un relativismo histórico, epistemológico y moral, que los hace desconfiar de los sistemas y apostar por la duda metódica. Los aforistas no responden a las modas y genealogías literarias, son autores sin ascendencia ni descendencia convencional que se reproducen aleatoriamente en ambientes inusitados. Entre el pesimismo ascético de Pascal (“Porque ¿no es verdad que odiamos la verdad y a los que nos la dicen y nos gusta que se equivoquen en favor nuestro, y que queremos ser tenidos por distintos de lo que efectivamente somos?”) y el cáustico sensualismo de Chamfort (“Goza y haz gozar, sin desdeñarte a ti o a los demás; a esto se reduce, creo yo, toda la moral”), entre la afable lucidez de Lichtenberg (“Con poco ingenio se puede escribir de tal forma que otro necesite mucho para entenderlo”) y el misticismo desesperado de Kafka (“Sólo temblor y palpitación fue su respuesta a la afirmación de que tal vez poseía pero no era”), hay diversas gradaciones pero un mismo aire de familia. Mucho comparten estos autores: la patria de la duda inteligente y la perspectiva nómada y heterodoxa del conocimiento. No es extraño que este temperamento hermane a filósofos, científicos, escritores o incluso a hombres de estado y que, en occidente, la saludable fuente aforística se encuentre plena de especímenes desde los presocráticos hasta Cioran pasando por Leonardo, Pascal, Voltaire, La Rochefoucauld, La Bruyère, Leopardi, Novalis, Chamfort, Joubert, Lichtenberg, Kierkegaard, Schopenhauer, Wilde, Nietzsche, Kafka, Altenberg, Kraus, Cane-tti, Valéry, Wittgenstein o Jünger.

En México, el aforismo fue durante mucho tiempo un género marginal. Acaso por su siembra de dudas más que de afirmaciones, se consideró que poco podía aportar a objetivos como la formación de ciudadanos, que, en el siglo XIX y la primera mitad del siglo pasado, se señalaban privativos de la literatura. Pese a ser un género desdeñado, lo llegaron a practicar autores de primer orden como Julio Torri, Carlos Díaz Dufoo, Mariano Silva y Aceves, Francisco Tario, Salvador Elizondo, Juan Carvajal o José Emilio Pacheco. Desvanecido un tanto el afán utilitarista de la literatura, los escritores de generaciones más recientes, como Jaime Moreno Villarreal, Adolfo Castañón, Carmen Leñero, los desaparecidos Samuel Walter Medina y Luis Ignacio Helguera, Francisco León González, Luigi Amara, Gabriel Bernal o Heriberto Yépez han mostrado una mayor simpatía por este género y, hoy, el cultivo de esta forma intelectual y literaria es mucho más extendido.

El aforismo es, en suma, un levísimo y antiguo licor, hecho de brevedad, contundencia, sorpresa y seducción que, sin embargo, proviene de trabajos lentos y minuciosos de destilación y añejamiento. Su ingestión frecuente, aunque moderada, es curativa: fortalece el gusto, la inteligencia, el juicio y el alma, pues enseña con la paradoja, vigoriza con la renuncia e ilumina con la perplejidad. Dice el poeta español Carlos Marzal:


Me he preguntado muchas veces cómo actúan las máximas en nuestro organismo, cuál es su proceder terapéutico. Tengo para mí que obran en nosotros, por lo común, de dos maneras distintas, que me gusta comparar con dos distintas maneras de riego: por goteo y a manta. Algunos aforismos de determinados autores se esculpen en nuestra memoria para siempre, y el uso y el recuerdo que hacemos de ellos, gota a gota, al erosionarnos, también nos modela en lo que somos. En cambio, algunos autores de aforismos, sin legarnos una pieza en concreto (sin que nos apropiemos y aprendamos ninguno de sus aforismos), nos regalan una tonalidad de orden intelectual, nos anegan con su manera de mirar las cosas.

Enviado el 27 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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