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Julio 08, 2008

Dios no existe: el retorno del ateísmo militante - DANIEL GAMPER

Originalmente en el culturas de La VANGUARDIA

La religión es un reducto de la irracionalidad y de la oscuridad, una superchería, una creencia en cosas invisibles e improbables que conduce a comportamientos arbitrarios e inexplicables. Semejante diagnóstico ha caracterizado desde la Ilustración e incluso antes el modo en que la ciencia y el pensamiento riguroso han valorado el fenómeno religioso. En otras épocas, los científicos miraban condescendientes cómo sus congéneres se arrodillaban ante imágenes y creían dialogar con un ser trascendente en el que depositaban sus esperanzas de salvación. El diagnóstico científico no veía la religión como un peligro, sino como una práctica arcaica que lentamente iría dejando paso a ideas más plausibles sobre nuestro origen y el sentido de la vida. Pero el espíritu de los tiempos no ha seguido esta senda y se habla ahora de un retorno de dios y un auge de las religiones en el espacio público. Es lo que los sociólogos de la religión denominan desde hace más de una década la "desecularización".

Este fenómeno viene a cuestionar la lógica de la modernidad, obligando a las instituciones políticas a garantizar el ejercicio efectivo de las libertades religiosas sin prejuzgar la bondad o maldad de las creencias. Sin embargo no toda reivindicación religiosa se inscribe en esta corriente desecularizadora, pues, como sostienen Georges Corm (La cuestión religiosa en el siglo XXI,Taurus) y Amartya Sen (Identidad y violencia, Katz), el retorno de dios es sólo aparente, una artimaña de los terroristas islamistas y de los gobiernos que combaten el terrorismo con la guerra (Bruce Ackerman, Antes de que nos ataquen de nuevo, Península), para promover intereses geopolíticos que nada tienen que ver con las presuntas finalidades salvíficas de las religiones.

Sea como fuere, el mercado editorial ha alumbrado, tanto en EE. UU. como en España, numerosas novedades que evidencian el interés de científicos e intelectuales en desmontar la "superchería" religiosa y liberar al ser humano del yugo paternalista de la divinidad. Un ejemplo de esta tendencia se halla en el brillante primer párrafo del último e inclasificable libro de Fernando Vallejo, La puta de Babilonia (Seix Barral). O también se puede consultar la nutrida nómina de pensadores ateos, como Homer Simpson, Woody Allen o Mark Twain, recopilada en el disparejo libro La biblia del ateo. Una ilustre colección de pensamientos irreverentes (Seix Barral).

En literatura de divulgación científica destaca el aclamado ensayo de Richard Dawkins, La ilusión de Dios (Espasa). El objetivo más sorprendente del estilete de Dawkins, renombrado científico y divulgador conocido sobre todo por su apasionante El gen egoísta (Salvat), no es la fe de los creyentes, sino la indefinición de los agnósticos. Es usual que los intelectuales liberales y moderados, o sea, la mayoría de los tibios socialdemócratas académicos, decidan suspender el juicio sobre la existencia de Dios y se adhieran, por tanto, al agnosticismo, según el cual lo más razonable es decir que no se sabe si dios existe o no. Algo semejante sostiene también André Comte-Sponville (El alma del ateísmo, Paidós) cuando se define a sí mismo como un "ateo no dogmático", como alguien que no pretende saber que dios no existe, sino que cree que no existe, a fin de cuentas, un ateo moderado, justo el tipo de intelectual sensible para la musicalidad espiritual que Dawkins considera tan perjudicial como la misma religión para el avance de la ciencia y del conocimiento empírico de la realidad. Dawkins se halla más en consonancia con el panfletario pensador francés Michel Onfray (Tratado de ateología, Anagrama / Edicions de 1984), y por ello su libro ha sido calificado por los, así llamados, creyentes religiosos como un manifiesto escrito por un creyente en la ciencia, alguien que ha sustituido la fe en dios por la fe en lo demostrable empírica y/ o matemáticamente.

Sea o no cierta esta acusación de la que él se ha defendido en numerosas ocasiones, pues se trata de un polemista nato, su argumento se basa en la probabilidad: la hipótesis de dios es más improbable que otras hipótesis científicas y, por tanto, no tiene sentido suspender el juicio como hacen los agnósticos. El ateísmo es más acorde con el espíritu científico, algo que lo emparienta con otro eminente ateo, Bertrand Russell (Por qué no soy cristiano, Edhasa). El argumento defendido por ambos pensadores escépticos e iconoclastas es que la carga de la prueba recae en los que afirman la existencia de dios, de modo que, mientras los creyentes sigan sin ofrecer pruebas científicas de esta, la única alternativa rigurosa es sostener que, como dice el matemático italiano Piergiorgio Odifreddi, "el cristianismo es indigno de la racionalidad y la inteligencia del hombre" (Por qué no podemos ser cristianos y menos aún católicos, RBA).Este espíritu desmitificador y desprejuciado sobre la religión lo comparte también, con cierta moderación, Fernando Savater (La vida eterna, Ariel). A diferencia del británico, Savater no cree que la cuestión de dios pueda algún día ser resuelta por la ciencia pues, como ya dijo en su momento Ludwig Wittgenstein, el modo científico de ver el mundo no percibe los milagros, lo cual no es un argumento contra la existencia de los milagros, sino contra la posibilidad de que la ciencia consiga explicarlos como milagros (algo que, por otra parte, sucede milagrosamente en los procesos de canonización vaticanos).

Más allá de estas diferencias epistemológicas, lo que une a ambos autores y, en general, a otros como Daniel Dennett (Romper el hechizo, Katz), Sam Harris, Gonzalo Puente Ojea (Elogio del ateísmo y Vivir en la realidad,Siglo XXI) o Antonio García-Santesmases (Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo, Biblioteca Nueva) es la motivación política de su empeño intelectual. Tanto en EE. UU. como en España se aprecia un auge del papel público de las religiones y de sus representantes en la tierra. George W. Bush ha hecho lo posible por convertir EE. UU. en lo que Frank Zappa ya presagiaba allá por los años ochenta, una teocracia fascista en la que unos pocos con acceso al poder deciden no sólo sobre lo bueno y lo malo sino también sobre lo justo y lo injusto; y la Conferencia Episcopal Española utiliza sus privilegios constitucionales para propagar un mensaje político que apunta a la línea de flotación de la propia democracia. En ambos casos lo que corre peligro es la laicidad y la separación Estado-Iglesia, por ello no es sorprendente que los defensores de estos logros de la modernidad ilustrada afilen sus plumas para desenmascarar al enemigo.

A los ateos militantes no les preocupan tanto las cuestiones teológicas como el trato preferente que reciben las religiones por parte de las instituciones gubernamentales. Dawkins se opone a los beneficios fiscales de que disfrutan las confesiones religiosas y Savater denuncia la tutela de las libertades individuales a manos de la jerarquía eclesiástica y de la susceptibilidad de los creyentes. Más fiero que estos, Christopher Hitchens no se limita a denunciar las desigualdades creadas en nombre de la religión, sino que sostiene que "la religión lo emponzoña todo" y que Dios no es bueno (Debate), por lo que es perentorio alumbrar una nueva Ilustración que devuelva al hombre la libertad y la confianza que este ha sacrificado en nombre de una patraña perniciosa.

Más que un debate de ideas, la confrontación entre ateos y gestores de la fe es una lucha por el poder en la que no caben medias tintas ni tibias mediaciones. Los ateos persisten en la superioridad de la razón y las jerarquías católicas defienden su franquicia. En un presente en que la fe ha dejado de ser un testigo que se pasa entre las generaciones y la adscripción religiosa es una cuestión voluntaria, no está de más que los ciudadanos dispongan de un abanico de libros para decidir por sí mismos o, en definitiva, para someterse libremente a la creencia o increencia que mejor crean que satisface sus anhelos (si es que los tienen).

Enviado el 08 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Ciertamente la historia de la humanidad esta marcada por sangrientas paginas que tienen su raiz en asuntos religiosos. Independientemente de la creencia o no en un dios, las religiones institucionales han sido una calamidad historica


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