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Julio 03, 2008

KAFKA REDUX - JUAN FRANCISCO FERRÉ


¿Qué decir sobre Kafka a estas alturas? Ciento veinticinco años después de su nacimiento, y ochenta y cuatro de su muerte, no hay nada que no se haya repetido hasta la saciedad. Kafka el surrealista. Kafka el cabalista. Kafka el existencialista, el socialista, el anarquista, el sionista, el revolucionario, el tercermundista incluso. Si se piensa bien, es paradójico que un escritor tan original merezca portar todas las máscaras de la actualidad para encubrir el hecho dramático de carecer de un rostro presentable o moderno. Kafka: el judío descreído de nacionalidad dudosa (¿qué otra cosa era ser checo en aquellos años?) que se expresaba artísticamente en la lengua elitista de Goethe y de Nietzsche.

Ciudadano K.

Kafka es una de las imaginaciones más potentes de cuantas ha producido la historia literaria. Literatura en estado puro, sin aditivos ni conservantes. La ausencia de poesía, su grotesco sentido del humor y su control sobre los excesos subjetivos del estilo lo convierten en uno de los escritores más sobrios y, al mismo tiempo, inagotables. En sus ficciones la realidad se ve sometida a la exigente legislación del sueño con el fin de desnudarla de todas esas adherencias y distorsiones que nos impiden conocerla en su integridad.


Los dilemas existenciales hallan en su literatura una plasmación figurativa y conceptual contundente. Y siempre partiendo de una premisa asombrosa que luego es explorada sin concesiones, tanto en los relatos como en las novelas, hasta sus últimas posibilidades referenciales. Sus narraciones producen la sensación de no tener principio ni final, fragmentos de un todo narrativo cuya totalidad resulta imposible reconstruir. De ahí también que su carácter póstumo le cuadre tan bien a una obra que fue concebida para ser leída con absoluta independencia de su autor.

Kafka es, sin duda, el autor de algunas de las grandes alegorías sobre el (sin)sentido de la existencia humana en el siglo veinte, pero las alegorías kafkianas, a diferencia de otras, se resisten indefinidamente a la interpretación, son difícilmente traducibles al lenguaje de la lógica o la ideología sin arruinar la complejidad de su enunciación.

La moral de K.

Una de sus últimas ficciones fue “Josefina, la cantora”, una fábula ambientada entre ratones y protagonizada por una cantante cuyas tortuosas e irónicas relaciones con sus admiradores constituyen una lúcida reflexión sobre el arte y el público y, sobre todo, un retrato cruel del fracaso artístico. Este relato se relaciona con uno de los más famosos, “La metamorfosis”, donde la animalización del protagonista sirve al propósito de mostrar la subversión que el principio de individualidad, agudizado por la conciencia alienada del artista, supone para el sentimiento gregario de la colectividad.

Como muestran las cartas a sus amadas o los espléndidos diarios, Kafka es quizá el primer escritor en experimentar el sentimiento más moderno ante la escritura: el sentimiento de la vergüenza. La vergüenza ante lo que uno escribe y ante el hecho mismo de escribir. Vergüenza que no es sino la sentencia que el cerebro del escritor dicta contra sí mismo atendiendo las demandas del severo tribunal de la sociedad burguesa, el orden patriarcal de la familia, para quien la práctica de escribir y la existencia misma de la literatura son no sólo una inutilidad sino una dedicación ridícula.

Sin embargo, suele conducir al error aproximarse desde una óptica biográfica a su obra, como si ésta sólo compusiera un testimonio episódico de su gran desencuentro con el mundo humano y el gigantesco aparato (llámese sociedad, estado, nación, capitalismo, cultura, etc.) puesto en marcha para garantizar el ordenamiento de la realidad. Por el contrario, la gran innovación de la narrativa kafkiana radicaría en su cómica desenvoltura para moverse entre los registros de la abstracción inhumana de la máquina y la existencia no humana del animal, instaurando, como dice Deleuze, “una máquina literaria completamente nueva”.

La máquina de K.

Un significativo contingente de sus narraciones aborda el modo en que objetos inertes y mecanismos tecnológicos, burocráticos o jurídicos se confabulan contra sus atribulados protagonistas. Quizá la más elocuente, junto con sus dos grandes novelas (“El proceso” y “El castillo”), sea “En la colonia penal”: un relato sobre una máquina infernal que inscribe la letra de la sentencia en el cuerpo del reo y un guardián perverso tan fascinado con su funcionamiento punitivo que acaba aplicándolo sobre sí mismo en un auto-sacrificio análogo al suplicio físico y mental de escribir. En esta parte fundamental de su obra, Kafka retuerce hasta la irrisión los procedimientos lógicos, con la modalidad legal y administrativa en primer lugar, como expresión de la racionalidad tecnocrática que rige los procesos de organización humana, con objeto de desestabilizar las realidades que el sistema simbólico legitima y garantiza.

La Ley es, precisamente, uno de los mecanismos básicos del orbe kafkiano. El principio absoluto, el valor sublime, la figura dominante del padre que infantiliza al hijo con su autoridad. Privado de acceso a la esfera donde el poder dictamina el orden de las cosas, al huérfano personaje kafkiano sólo le queda merodear por los alrededores de la puerta por la que podría acceder al interior de ese espacio inexpugnable. Nunca lo consigue, entre otras cosas porque tampoco disfruta del tiempo suficiente para llevar a cabo esa acción, y sólo puede aspirar a legar a otras generaciones la tarea interminable de construir la muralla protectora, única garantía de que los bárbaros nunca tomarán la ciudad.

El bárbaro, el nómada o el indio representan en Kafka una figura ambigua, tanto el libertador como el enemigo terrible de la ley, encarnación humana del animal añorado.

El zoológico de K.

Para escapar de ese mundo enteramente administrado, Kafka se aleja de lo humano mismo, establece una línea de fuga posible hacia el animal, reescribiendo para la realidad traumática del siglo veinte la tradición fabulística que se remonta a Esopo y los apólogos orientales. El “zoo” de Kafka se vuelve un espacio lógico al contener especies diversas que conjugan potencias vitales y situaciones nuevas, dignas de un dibujo animado. No representan exactamente lo mismo, desde luego, el insecto multiforme de “La metamorfosis”, el ex simio de “Informe para una academia” o el topo de “La construcción” que el perro cervantino de “Investigaciones de un perro”, los chacales exterminadores de “Chacales y árabes” o los ratones colectivistas de “Josefina”. Mucho menos el enigmático Odradek de “Preocupaciones de un padre de familia”, una criatura imaginaria que constituye otro desfigurado autorretrato kafkiano ejecutado desde la perspectiva omnisciente del padre.

Hay un apólogo, sin embargo, que logra reunir las dos dimensiones (el animal y la ley) con suprema ironía histórica: “El nuevo abogado”, donde la figura del leguleyo la encarna un caballo, nada menos que Bucéfalo, la montura de Alejandro Magno. Abandonada ya la voluntad de poder imperial, el caballo de batalla, a falta de más altas empresas, ha decidido consagrarse al conocimiento y el ejercicio árido de las leyes.


Actualidad de K.

El cuerpo, la máquina y el monstruo. Las tres categorías articulan cualquier ecuación literaria kafkiana. El cuerpo del soltero, el condenado, el culpable. La maquinaria de la ley, la abstracción, los códigos, los símbolos. Y el monstruo, la metamorfosis, el devenir.

Kafka se consideraba “un espejo que se adelanta”, no exactamente un profeta sino un cronista de lo real venidero. En este siglo, la risa subterránea de este naturalista de las mutaciones humanas seguirá siendo un cómplice imprescindible.

Enviado el 03 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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