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Julio 14, 2008

La pureza del ensayo - Luigi Amara

Originalmente en hoja por hoja

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Para nosotros, que fatalmente somos su posteridad, Robert Louis Stevenson es el autor de dos obras maestras que, por una suerte de ineptitud crítica o simple y llana haraganería, ubicamos en el estante de los libros juveniles: La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Esto, que no sé si llamar error o injusticia, priva al lector de dos de los mayores placeres que la literatura pueda depararnos: volver a esos libros en edad adulta y, dado su indudable peso específico, que tiene el efecto de eclipsar todo lo demás, acercarse al resto de su obra, en particular a sus ensayos. Lo recordamos como el popular contador de historias que fue (tarea que él mismo calificaba de “pueril”), pero nos olvidamos de la perfecta pureza con que reflexionó sobre las más diversas materias, a las que siempre imprimió su sello singular y preciso.

Las razones de este olvido son múltiples, pero quizá tengan que ver con el hecho de que cualesquiera que hayan sido sus motivaciones estéticas al escribir, cualesquiera los géneros en que probó suerte, sus páginas son entretenidas y cautivadoras, dejan una estela de alegría en quien las recorre. Y aunque aceptamos de buen grado que una novela de aventuras despierte esa clase de emociones en nosotros, se ha impuesto de tal modo una imagen desvirtuada y pacata del ensayo, y priva tal confusión en su ejercicio (hoy se estila sesudo y grave, un mero vehículo para propalar tesis), que los espléndidos ensayos que escribió se han encasillado como simples divertimentos, piezas menores de un escritor de amplio registro, y no como las deleitosas reflexiones de un artista del estilo que, antes que novelista, era un agudo espectador de sí mismo.

Stevenson entendía el ensayo como un tablero de juego y, al mismo tiempo, como un espejo. Lector perspicaz de Montaigne y de Hazlitt, a quienes no pocas veces alude o continúa, deja que el pensamiento, libre ya de la obligación de contar, se entregue al vagabundeo y a la errancia, con todo lo que ello implica en cuanto a búsqueda azarosa y tanteo; pero en ningún momento se aparta de cierta tesitura ética que, a la par que esquiva con gracia los abismos del didactismo, también se propone instruir. Son inolvidables, por ejemplo, sus enseñanzas para apreciar los paisajes que carecen de atractivos, o sus observaciones sobre la personalidad de los perros. Y todo aquel que esté a punto de contraer matrimonio haría muy bien en leer el ensayo que le dedica al tema en Virginibus puerisque (y que por cierto eché de menos en la presente selección preparada por Alberto Manguel).

Contemporáneo de Flaubert, con quien compartía la obsesión por el mot juste, Stevenson (1850-1894) era un maestro indiscutible de la perfección técnica: discreto y sin embargo asombrosamente versátil, impecable sin dejar de ser juguetón, exacto pero no menos descabellado. Buena parte de sus ensayos tiene por cometido comunicar su felicidad, quizás el cometido más arduo de toda la literatura, el más arriesgado. Y ya sea que se proponga contagiar el estado de ánimo abierto y receptivo de los paseos (“Caminatas”), o que haga suya la defensa del antiguo placer de no hacer nada (“Apología del ocio” o “de la pereza”, como aquí traducen), Stevenson consigue eso que podría parecer un despropósito —transmitir su dicha— gracias a que no condesciende a la exaltación, a que en vez de confiar en el aislado destello de la epifanía acude al ritmo agradecido y sinuoso del propio pensamiento.

Menos que en su mesura o en su lograda invisibilidad, la clave de su estilo está en el equilibrio. Equilibrio entre la divagación abstracta y la pulpa de la anécdota, entre “lo sensorial y lo lógico”, entre la contención de la elegancia y la exuberancia de lo fecundo. En la tradición de los mejores ensayistas, Stevenson hace de sí mismo la materia de su estudio. Desde luego lo hace sin afán protagónico, sin ostentación, a fin de dar cuerpo a una idea o revelar su punto partida. Y en cada página de sus ensayos, como tal vez en ninguna otra parte de su obra, está presente Stevenson, el hombre Robert Louis Stevenson. De allí que resulten tan entrañables y joviales.

Enviado el 14 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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