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Julio 05, 2008

Light, muy light - Píter Ortega Núñez

OrestesHernández.jpgLa primera vez que observé una obra de Orestes Hernández fue en la muestra colectiva Cero (2007), en el Salón Blanco de San Francisco de Asís. Tal vez antes había visto algo, pero no había tomado conciencia clara del nombre del autor hasta observar la pieza Se tira y no se espanta, en la que se valió de palomas. Me impactó muchísimo la manera tan sagaz en que el joven artista logró metaforizar desde el arte la crisis de la utopía que experimentan el pensamiento y las sociedades contemporáneas, así como la angustia insular del «vuelo» en tanto castración, en tanto espacio del veto. Orestes logró potenciar un discurso sobre el encierro con una agudeza extraordinaria: desde ese día supe que estaba ante un gran artista, un creador de un talento descomunal.

Luego, a menos de un año, me topo con la muestra Limonada fría (Biblioteca Nacional, abril-mayo de 2008), y el efecto de catarsis fue aún mayor, al descubrir la impresionante versatilidad de un artista que se desplaza indistintamente de la instalación a la pintura con un dominio absoluto de ambas manifestaciones, dejando resultados de una calidad asombrosa. Posteriormente vi un excelente video suyo en Plastilina –exposición curada por Alejandro Campíns en el Centro Hispanoamericano de Cultura, también en el presente año–, en el que se establecía un diálogo con el público desde lo aleatorio, el extrañamiento y la dislocación del sentido y las posibles asociaciones semánticas. De modo que estamos ante un creador cuya premisa fundamental es la variabilidad y el rechazo a cualquier tipo de encasillamiento o filiación que comporte visos de exclusividad. Una suerte de «estética camaleónica», podríamos decir.

Conversando sobre Limonada fría –alcohol y reggeton de por medio–, Orestes me dejó caer una frase que en su sencillez bastaba para descubrir el alcance y la operatoria de la muestra: «yo me burlo de la pintura». Después de oír dicha sentencia, y una vez frente a los cuadros, me percaté de que cualquier intento de desmontaje o decodificación por las vías habituales sería inútil. La frase por sí sola ponía en crisis cualquier aproximación. Nada de solemnidad entonces, me dije. A divertirse también con la escritura.

Desde el título mismo ya se evidencia el afán de «burla», en primer lugar para con el espectador, toda vez que este jamás dilucidará relación alguna entre la «limonada», su grado de temperatura y los motivos de representación de los cuadros. Y no lo hará por la simple razón de que no existe tal conexión. Muchos andan diciendo que la muestra es el colmo de la banalidad. Creo que ese es el mejor elogio que se le puede ofrecer, así es que el comentario, lejos de ensombrecerla, la enaltece, consuma el mito. (1) Desconexión, contrasentido, tangencialidad, anarquía, caos, factor sorpresa, bad bad bad painting, neoexpresionismo en su modalidad más agresiva e irritante…, son los calificativos que me vienen a la mente a primera vista. Y canibalismo. Sobre todo canibalismo. Orestes no teme a los precedentes, más bien estos le resbalan, de ahí que no escatime en tomar los préstamos que considere convenientes del pasado de la historia de la pintura, con un desparpajo y un cinismo arrolladores. Colores «escandalosos», ultra-pop. Trazo irresponsable, insensato. Pincelada atrofiada. Iconografía pretextual, oblicua. Ligereza. Mucha ligereza. Poco importa si se trata de un hipopótamo que juega Atari, de alguien que monta patines o de una inmensa lengua que saborea su chambelona: todo en función de molestar, y de no decir nada. ¿Quién dice que el concepto es importante? «Yo me cago en el mensaje», parece indicarnos el autor. Orestes opera todo el tiempo desde el artificio, desde el simulacro de una visualidad que nos convida más a la duda y a la desconfianza que a la empatía y el entendimiento. Sin embargo, detrás de toda esa «grosería estética» se sienten un dominio del oficio y una profundidad del pensamiento de armas tomar. Para profanar la academia hay que conocerla: esa es una verdad de Perogrullo.

Limonada fría es una exposición cuya valía no se explicita en una cuartilla. Habría que escribir más, mucho más. Solo que yo no me atrevo. Prefiero dejarlo aquí. Debo confesar que la muestra me supera; su consistencia está más allá de mi capacidad exegética. Es tan buena que me desactiva, me inhabilita como crítico. Y lo digo en serio, sin ironías, en definitiva me agrada la idea. Siempre he tenido una concepción muy masoquista de la escritura: mi objeto de estudio es verdaderamente estimable cuando me trasciende. Si se me queda por debajo comienzo a mirarlo con sospecha. Nada, la naturaleza humana, que ya sabemos, a veces es algo torcida.

Solo una cosa para finalizar: ojo con Orestes Hernández, que el muchacho llegará lejos. Como mismo he dicho que ojo con Alejandro Campíns. Remember that.


Notas:
(1) Por otra parte, en medio de tanto panfleto político, al arte cubano le viene muy bien un toque de banalización.

Enviado el 05 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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