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Julio 06, 2008

Olafur Eliasson, la marca del artista - David G. TORRES

Originalmente en EL CULTURAL

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En la rueda de prensa de la exposición de Olafur Eliasson (Copenhague, 1967), Martina Millà, jefa de exposiciones de la Fundación Joan Miró, subrayó que la visita del artista nórdico a Barcelona era comparable a la de Albert Einstein en 1923. Y que, posiblemente marcaría a la comunidad artística “local” (de Barcelona y Girona, donde la exposición encontrará continuidad en las salas de la Fundación Caixa Girona) de la misma manera que lo hizo la del teórico de la relatividad. Según esta comparación, Eliasson ocuparía hoy un lugar semejante al de, por ejemplo, Marcel Duchamp, del que por cierto es posible visitar una exposición a pocos metros de la Fundación Miró en compañía de Man Ray y Picabia. Este último también pasó por Barcelona y en fechas no muy distantes a las de Einstein, y luego también el propio Duchamp. Y sí dejaron huella. El de ahora, está por ver.

La exposición de Olafur Eliason responde a la edición del primer premio Joan Miró, dotado con 70.000 euros y una muestra en las salas de la Fundación, que hace un año otorgó un jurado formado porVicente Todolí (director del Modern Tate), Alfred Pacquement (del Pompidou) e Ida Gianelli (del Museo de Turín), además de los representantes de las instituciones organizadoras. Así que no es de extrañar que se insista en el valor del artista seleccionado como una forma de dar valor al premio. Con lo que tendríamos que convenir que sí, estamos ante un fenómeno: el artista como marca. Porque parece que Eliason responde a eso: de la Bienal de Venecia al espectacular gran sol que instaló en la sala de turbinas de la Tate Modern, y de ahí a unas cascadas para el puente de Brooklyn en Nueva York y una exposición en el MoMA este año. En medio, el premio Joan Miró. Acadi Calzada, presidente de la Fundación Caixa Girona, patrocinador del premio, lo dejó bien claro: “Es la figura que había que premiar”.

En uno de los textos del catálogo, Carles Guerra enfatiza la reconciliación con el espectador que supone el trabajo de Olafur Eliasson. Para ello pone como ejemplo The weather project, el gran sol en la Tate con un enorme espejo en el techo. Los visitantes pasaban allí el rato, se fotografiaban reflejados en el techo, absortos en ese espacio de reminis- cencias nórdicas, ya se sabe, la luz especial de Dinamarca e Islandia. Frente a ello parece que los críticos hemos sido escépticos. Y nos hemos concentrado más en poner en duda esa espectacularidad y la simplicidad de un efecto tecnológico y de experimento científico. Aquí, por cuestiones de dimensión obvias, no está ese gran sol. Pero sí proyecciones de figuras geométricas de colores que deben generar un estado hipnótico en el espectador; una señal de televisión convertida en impulsos lumínicos en una gran bola de colores; lámparas que proyectan sombras sobre espejos, alguna como una ventana abierta con los rayos de luz entrando en la estancia en un juego de trampantojo; un anillo con el interior de espejo que gira y, iluminado por un foco, marca los límites del espacio y genera un extraño juego de luces, un espacio frío y polar o lunar en el que este crítico se preguntaba cómo demonios funcionaba.

Shadow projection lamp, 2004Esta exposición se plantea como una retrospectiva y recoge una buena selección de estas obras/experimentos que Olafur Eliasson ha desarrollado en su corta pero intensa trayectoria. Seguramente, en los experimentos científicos es en lo que pensaba Martina Millà al recordar a Einstein. Porque está en las intenciones del artista el centrarse en “el estudio de la percepción sensorial, las leyes de la física y los fenómenos naturales”. A eso responde el título: La naturaleza de las cosas. Y todo ello buscando la complicidad del espectador, trastocando sus percepciones sensoriales. Está por ver si ese trastoque tiene como función generar un cuestionamiento más amplio del mundo y una visión más aguda de la realidad. O jugar a descubrirnos las leyes de la naturaleza como en un museo de ciencia, y, de paso, encandilarnos la mirada con juegos de colores que alientan la creatividad del respetable como un lego dispuesto a que hagamos nuestras propias construcciones: Proyecto de evolución estructural cúbica (2004). Vaya, no se trata de un lego, sino de una evolución estructural cúbica.


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