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Julio 03, 2008

Omnipresencias en la esquina del azar - Héctor Antón Castillo

Caudillismo-u.jpg“La imposibilidad de escenificar la ilusión es del mismo tipo que la imposibilidad de rescatar un nivel absoluto de realidad” Jean Baudrillard

En el año 2000, publiqué una breve nota sobre una excelente muestra fotográfica de Juan Carlos Alom en la galería “La Casona” titulada “Evidencia”. Esta significó su última colaboración artística con Cirenaica Moreira, cuya vocación performática e imaginario teatral interactuaban con las enigmáticas fábulas de Alom. Entonces escribí para el tabloide “Noticias de Arte Cubano”: “Lo evidente puede ser lo oculto. Lo oculto suele ser lo revelado. Lo revelado, el más prudente de los silencios. Los silencios, las voces que salen por los agujeros de la tierra que pisamos”. Pese a que el humilde texto no convenció a la nueva editora de la publicación Sandra Sosa Fernández, hoy me satisface haberle hecho justicia a una labor valiosa que se resiste al olvido.

Ocho años después, visito la primera exposición personal de José Luis Díaz Montero (Ciudad Habana, 1967) y experimento sensaciones análogas. Claro: esta vez no detectamos una “fusión explosiva de agresión y belleza, inocencia y culpa”, sino una voluntad de hallar en la vida diaria esa “belleza de la indiferencia” que obsesionó a Duchamp hasta el final de sus días. En efecto, la propuesta de Díaz Montero simula una declaración de principios formales contra la obviedad. Pero al igual que Juan Carlos Alom en sus “dudosas evidencias”, posee el mérito de librarse de ese “cubaneo explícito” que vicia ciertas zonas de la fotografía cubana contemporánea.

José Luis es un fotógrafo de formación autodidacta, igual que muchos de nuestros mejores artífices del lente como el mismo Alom, René Peña, Pedro Abascal, Manuel Piña o Jorge Luis Álvarez Pupo. Más cercano al sueño del taller renacentista que al conceptualismo sucio perseguidor de “la gran idea”, Díaz Montero es un productor de imágenes donde impera el oficio de quien concibe el arte desde una factura impecable. En este sentido, forma parte de una promoción de artistas que dibujan o pintan sin caer en la trampa de la contemplación dulzona de ese paisaje cubano vasto de hermosuras sin ruinas.

“Ubicuidad” es el título de una curaduría articulada por el crítico y editor David Mateo y exhibida en la galería “Servando”. A pesar de la ausencia de muchas piezas que pudieran configurar una visión más abarcadora de la obra del artista, este inevitable accidente museográfico no impide percibir qué intereses mueven su desvelo por conformar una poética de sello propio. Para seguir este largo camino, José Luis se apoya en recursos de contrapunteo como los vínculos paradójicos entre aparición-desaparición, ilusión-realidad y transparencias-sombras. Ello sin desestimar pliegues visuales como el desvío y la confusión.

Desoyendo el criterio minimalista del pintor abstracto de las explosiones barrocas Frank Stella en el caso que nos ocupa: “Lo que se ve no es lo que se ve”. Siempre hay un “más allá” de ese “más acá” esgrimido por Robert Morris, escultor minimalista que evolucionó hacia el conceptualismo lingüístico. Una de sus sentencias antológicas de finales de los sesenta preside el catálogo de la muestra que motiva este comentario: “La sencillez de la forma no implica la simplicidad de su experiencia”.

La ciudad y sus “no-lugares” urbanos son el material de cabecera que propicia las fantasías arquetípicas de José Luis Díaz Montero. No se trata de un costumbrismo impregnado de mitos populares y espacios pintorescos que deslumbran a los visitantes-consumistas de exotismos tropicales. No es la cara de la postal turística habanera el motivo generador de sus imágenes, sino todo cuanto “gira sin moverse” hecho costumbre. En su lucha contra la obviedad presente en los propios títulos de las piezas, se revela una exigencia al espectador: este debe asociar el extrañamiento relacional de la titulación y la ambigüedad simbólica de la foto.

En “Caudillismo” (2005) la ilustración visual se limita a un círculo que es una alcantarilla. Pero esta exhibe una rajadura del metal. Aquí se establece un juego irónico entre un emblema político abstracto y concreto a la vez junto a una situación encontrada semejante. Sin embargo, esa fractura simboliza los quiebres debidos a esos voluntarismos recurrentes en la historia política latinoamericana. Como las viejas alcantarillas de nuestras ciudades, el caudillismo es algo que perdura en el imaginario tercermundista y se llega a sentir tan familiar que se vuelve tolerable. Vivir padeciendo la historia sin notar la erosión del desgaste podría resultar la esencia de este testimonio casi invisible de lo palpable.

La sobriedad de las imágenes consigue escamotear la vanidad estética de estos registros fotográficos. No se trata de una endulcoración regalada al espectador ingenuo, sino una provocación a los resortes especulativos del voyeur inconforme. La verdadera ciudad se esconde en la sutileza de un caos sometido al filtro del buen gusto. Sucede que José Luis Díaz Montero es un hedonista de la imagen plástica, una sensibilidad incapaz de representar a la muerte en su plena desnudez. Al final, lo que impera es una reivindación de la belleza, bajo una mirada negada a plasmar el hastío cotidiano sin la complicidad de un matiz que lo redima visualmente.

No es a partir de un esquema realista que se gesta la manipulación fotográfica. Todo se imbrica desde el afán de configurar un paisaje virtual de la ciudad. José Luis evade el compromiso inconsciente al panfleto político. A veces da la impresión de temerle a esos enfoques directos que subestiman una visión aleatoria de lo real. Por ello, se incluye entre los contados artistas cubanos que trabajan con la virtualidad. Incluso, llega al extremo de sacrificar una idea convincente a favor de una imagen que aparenta vagar en el limbo poético de las sugerencias que pueden variar según el ojo que mira. Es innegable el rechazo a una retórica sociológica de las evidencias públicas.

Aunque también se debe reconocer un exceso de coqueteo abstracto, donde la presunción estética anhela imponerse a esas poses de eticidad que ya devienen humanismos trasnochados en el contexto cínico del arte contemporáneo. Lo que se revierte en un esfuerzo por subordinar la crudeza testimonial del contenido al lirismo seductor de una conjunción de sombras y reflejos, donde el realismo de “un espacio muerto arquitectónico” no encuentra una razón de existir. Por suerte, sobresale la carencia de esa “literalidad” y “teatralidad” que Michael Fried impugnó a los representantes del minimalismo inerte en beneficio de una estetización difusa de la composición visual.

En varias piezas de este quehacer fotográfico, se alude al manido pero vigente tópico de la insularidad. El drama de los balseros en la catarsis de agosto del año 94 fue un conflicto que incitó una de las primeras series del fotógrafo. Pero la virtualidad de la figura humana visible en esta exhibición, revela al conflicto insular sin permitirse transparentar si se trata del exilio interior con visos ontológicos (a lo Virgilio Piñera o José Lezama Lima) o del éxodo diaspórico.

En una imagen de una tristeza sobrecogedora, aparece una embarcación semihundida en medio de las aguas. Se trata de un artefacto inútil anclado en una profunda soledad. Lo interesante de “Zozobra” (2006) es que el bote sin remos ni tripulantes (nada similar a un dibujo seriado de Kcho) parece un rostro humano semidespierto, flotando en una vigilia a la deriva. Por lo que la misma falta del hombre se traduce en una presencia fantasmal, tan desgarradora como un moribundo en tiempo real abandonado al vaivén del mar.

Un riesgo de estas peripecias formales consiste en que muchas veces se tornan demasiado herméticas. Así las lecturas pueden variar y hasta extraviarse de acuerdo a los estragos causados por el engaño del ojo. Entre la apertura y la clausura de una recepción segura, la estrategia comunicativa de José Luis intenta generar una atmósfera de libertinaje, donde cada espectador compone mentalmente diversas fotografías, sin que pueda interponerse una visión única (cálida o fría) de la imagen que consume. Es como si necesitara rearmar un rompecabezas que ya está meticulosamente ensamblado. Precisamente, este equilibrio dudoso entre la calidez y la frialdad es una de las dificultades que ofrece la propuesta que, de modo paradójico, constituye una de sus mayores virtudes.

En la obra reciente de José Luis está presente la Isla, eso es indiscutible, pero no se recrea el fatum insular (posible o imposible) sino esas escenas preconcebidas o casuales pocas veces enmarcadas en un espacio-tiempo históricamente definido. Un detalle curioso es la intención de prescindir del explotado antagonismo de la pelea cubana de la “historia contra la Historia”. Sin ánimo de concederle un rango de legitimación social (con tintes demagógicos) a los “personajes sin biografías”, el artista se desmarca de quienes fingen una preocupación ética que suele culminar en el reemplazo de los soportes y la inserción comercial de las piezas.

¿Para qué sirven estas fotografías? ¿Para consolarnos o autoengañarnos de que habitamos una ciudad terriblemente bella que debemos salvar mediante esas omnipresencias vislumbradas en la esquina del azar? Este work in progress engañosamente light es otra ilusión que se crea el artista inmerso en su utopía: “la belleza está allí donde el lente de mi cámara consigue registrar su misterio”. Como dijo Walter Benjamin del precursor de la fotografía surrealista Atget: “estas imágenes aspiran el aura de la realidad como agua de un navío que se va a pique”. Solo nos queda aceptar la veracidad de estas mentiras o continuar descreyendo de los simulacros del arte contemporáneo.

Enviado el 03 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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