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Agosto 07, 2008

De Virginia Woolf a Gran Hermano - Leonardo Tarifeño

Originalmente en adncultura

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En La intimidad como espectáculo (FCE), Paula Sibilia* escribió un excelente ensayo sobre el pánico al anonimato que parece recorrer la sociedad contemporánea. Personas que no dejan secretos por contar en sus blogs, desconocidos que se hacen famosos por convertir su vida cotidiana en un programa televisivo y escritores que narran sus historias en una primera persona que se confunde con la vida del autor forman parte de una nueva sociedad, que para Sibilia es inseparable de "la economía, la política, los deseos y la moral en el capitalismo posindustrial". Por eso, según ella, no se debe ver a la cultura digital como la enemiga de la cultura letrada. Sencillamente, se trata del sustrato donde florece el Yo contemporáneo, el tipo de subjetividad que exige el mundo actual, "tan necesaria y diferente como la que necesitaba la cultura letrada constituida a partir del siglo XIX".

-¿Por qué un libro sobre el Yo contemporáneo empieza y termina con Nietzsche?

-Bueno, la verdad es que mientras releía Ecce Homo se me ocurrió que ahí había una pista interesante para comparar lo que decía Nietzsche con lo que sucede ahora. Frente a esa suma de exaltaciones, que en su momento fueron tachadas de megalómanas, excéntricas y superyoicas, pensé si eso se podía comparar con lo que pasa hoy en día, sobre todo en Internet y en los medios, es decir, la presunta exaltación del Yo y el triunfo de la megalomanía, ya definitivamente legitimada. "¿Ganó la apuesta de Nietzsche?", me pregunté...

-¿Y a qué conclusión llegó?

-A que no triunfó. Hay una diferencia, y por eso empecé y cerré con Nietzsche. Al libro lo atraviesa la comparación con el siglo XIX porque es un momento en el que se constituye un Yo muy definido. Hoy, ese Yo, al que llamo homo psychologicus, no ha desaparecido, está muy presente en nosotros. Sin embargo, se encuentra en mutación. La subjetividad del homo psychologicus se está transformando en otra que se construye a partir de las apariencias, de aquello que se ve, y no tanto de una esencia oculta y misteriosa, a ser descifrada constantemente.

-¿En el Yo contemporáneo sólo hay megalomanía? ¿La sociabilidad que permite Internet no plantea una alternativa?

-Hay toda una serie de discursos que hablan de Internet. El periodismo, la academia y hasta el sentido común describen la Red como el escenario democrático por excelencia: cualquiera puede acceder a una discusión, la sociabilidad es alta y uno entra en contacto con gente de todo el mundo. Yo no niego eso, que por supuesto tiene su dosis de verdad; lo que me interesa es ver qué otras cosas pasan, además de eso. Qué tan democrática y sociable es, y qué tipo de sociabilidad se produce dentro y fuera de ella, como en los talk shows y reality shows.

-¿Y cómo describiría esa forma de sociabilidad?

-Lo que está claro es que se trata de una sociabilidad dirigida a afirmar el Yo. Por ejemplo, los comentarios en un blog , o en los fotologs , son fundamentales. El blog no es un monólogo, como era el diario íntimo, ni un diálogo consigo mismo. No es un diálogo con la interioridad, no es ese tipo de sujeto el que escribe un blog . Se trata de un diálogo hacia afuera, dirigido a los otros; por lo tanto, aquellos que ven esa pantalla escrita confirman que uno existe, que el narrador, autor y personaje de ese medio, producto u obra autobiográfica y autorreferente existe. En una cultura de la visibilidad, o "sociedad del espectáculo", como la llamó Guy Debord hace 40 años, uno es lo que se ve. Entonces, esa presencia ajena en las pantallas hace que el sujeto que se muestra sea real, le da un plus de realidad. ¿Por qué? Porque se ve, se muestra y sabe cómo hacerlo. Los otros tienen que verlo; eso es parte de la definición del blog y demás obras virtuales. No es como el diario íntimo, tiene un sentido completamente distinto.

-¿El Yo no necesita siempre al otro?

-Sí, ésa no es ninguna novedad, es algo histórico. Lo novedoso es que la subjetividad contemporánea necesita desesperadamente de la mirada del otro. El Yo burgués, del siglo XIX, también la necesitaba, pero no para confirmar su existencia. Tiene, o tenía, otras referencias capaces de concederle existencia y legitimarlo: su interioridad, su historia, su sentido, su reflexión sobre el sentido y todo un ejercicio introspectivo para el cual la literatura, la lectura y la escritura son fundamentales. Se trata de la cultura letrada.

-Al haber cambiado la subjetividad, ¿la cultura letrada termina por pertenecer a otra época?

-La subjetividad que se conformó en el siglo XIX era útil en ese contexto histórico. Se construyó en función de esos intereses, que por cierto no son los actuales. Ese cambio invalida la pregunta sobre qué es mejor o peor; el contexto histórico es diferente, por lo tanto las respuestas también deben serlo. Aquella cultura era compatible con ese mundo, del mismo modo que no es compatible con el nuestro.

-¿Cómo ejemplificaría esa transición?

-Creo que el mayor ejemplo es el síndrome de déficit de atención e hiperactividad que padecen muchos niños de hoy. Los chicos conviven -o los obligan a convivir- con las dos culturas de una manera muy rígida. Por un lado, crecen con todos los fenómenos vertiginosos de Internet; por el otro, llegan a la escuela y ahí los tienen cinco horas concentrados en otro universo, como si estuvieran en el siglo XIX, y les dicen: "ahora leés, ahora escribís, ahora prestás atención y te concentrás " Bueno, obviamente, eso es incompatible con esa otra realidad. Tienen que desenvolverse en dos mundos que corresponden a dos escenarios culturales cuyas subjetividades son muy diferentes.

-¿Vivimos una época en la que a todos nos afecta cierto déficit de atención?

-Digamos que vivimos en una época de transición, en la que estamos dejando de ser lo que éramos. Y muchos de nosotros estamos en el límite entre los dos mundos.

-Según sugiere, la subjetividad actual no es tanto el producto de los avances tecnológicos como de un proyecto global. ¿Podría ampliar la idea?

-Para mí, la situación es muy compleja. No se trata, solamente, de decir "Ahí están YouTube y Facebook, y ahí están los libros, uno puede elegir lo que quiera". No. Yo creo que nuestra cultura actual es fruto de más cosas, además de la tecnología: es consecuencia de proyectos que están en relación directa con la economía, la política, los deseos y la moral en el capitalismo posindustrial. Nuestra subjetividad requiere este tipo de esfuerzo y sociedad, así como el capitalismo industrial requería otros.

-¿No da la impresión de que, al menos en la Argentina, se considera a la cultura letrada ya no como lo que está dejando de ser, sino como lo que nunca debería dejar de ser? A veces parece que se toma como un ideal de resistencia frente a la corrupción de los "nuevos bárbaros" digitales.

-Es cierto, se ve como un ideal eterno. Y como estamos dejando de pertenecer a ese mundo, cuando la cultura hegemónica de los siglos XIX y XX pierde posiciones, se transforma en una cultura de resistencia que, en realidad, encubre una actitud conservadora, cuyo planteo es el de volver atrás. Para mí, más interesante que eso es inventar algo nuevo. Tratar de ignorar lo que está sucediendo me parece que no vale la pena. Mejor es sumergirse en eso, intentar entender qué hay y por qué ocurre. Supuestamente, nosotros tenemos más ventajas que los del siglo XIX, porque conocemos los dos mundos. Y no creo que este nuevo mundo sea completamente negativo; de hecho, es fruto de muchas carencias y limitaciones de la cultura letrada.

-¿Como cuáles?

-Bueno, si nos referimos a la cultura constituida a partir del siglo XIX, no podemos dejar de pensar en la culpa, la represión y la moral burguesa. Y la condena de tener que ser igual a uno mismo, sin posibilidades de cambiar. Lo que tenemos ahora es producto de ciertas luchas y conquistas que hubo a lo largo de los siglos XIX y XX, que incluyen a las vanguardias de entreguerras y a los pensadores y artistas que se enfrentaron a las tiranías del Yo burgués. Un ejemplo innegable, el más claro, es la condición de la mujer. En el siglo XIX, la mujer no era un sujeto, y por eso Virginia Woolf reivindicaba "un cuarto propio", un lugar para encerrarse y abrirse a la interioridad. Hoy en día, la reivindicación del "cuarto propio" de Virginia Woolf no tendría lugar. Las mujeres de clase media ya no necesitan exigir un cuarto propio para estar a la altura del hombre, pero bueno, ¿cuál sería hoy una reivindicación comparable? La de inclusión digital. Para ser "alguien" actualmente se necesita tener acceso a una computadora y saber moverse en Internet. Si eso no se produce, uno no está en igualdad de condiciones con los demás.

-Ese reclamo no incluye el derecho a la introspección planteado por Woolf.

-Exactamente. Es una reivindicación de clase. Hoy habría que pensar en los cuartos tipo Gran Hermano , de los reality shows , totalmente invadidos por los medios. Es lo contrario de lo que pedía Woolf, pero no es necesario llegar a ese extremo: el reality show sólo prolonga un estado de la cuestión que habita en la relación que tenemos con nuestra propia computadora personal, una pantalla que no sólo nos trae el mundo sino que nos muestra al mundo a través de la webcam , las redes sociales, los blogs y demás.

-¿Hoy se pasa de un mundo al otro como en la historia de la cultura se pasa del "cuarto propio" de Woolf al cuarto televisivo de Gran Hermano ?

-Son ejemplos extremos que corresponden a dos proyectos históricos diferentes. En el ejemplo de Woolf, "el cuarto propio" era indispensable para abrir lo que había dentro de uno mismo, porque en esa interioridad había un universo enorme. Ahora, en este nuevo proyecto histórico, lo que se reivindica para ser alguien no es el derecho a tener ese universo interno, sino el derecho a mostrarse, a que los otros te vean. ...se sería otro síntoma de... pero yo quería contestarte otra cosa, ¿qué era?

-Le preguntaba sobre esa idea en la que, desde la cultura letrada, Internet es sinónimo de ignorancia.

-Sí, eso me parece muy banal. Tan banal como lo opuesto, que sería ver a la cultura letrada como definitivamente obsoleta. No creo que el problema se pueda reducir a lo bueno y lo malo. Además, nosotros estamos en una buena posición, porque conocemos los dos universos; entonces, hasta podemos inventar un tercero. Torcer el timón sin ir para atrás, sino para abrir el campo de lo posible, como decía Deleuze.

Argentina afincada en Rio de Janeiro, Paula Sibilia es autora de La intimidad como espectáculo (2008) y El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales (2005). Actualmente es profesora de Estudios Culturales y Medios en la Universidad Federal Fluminense (UFF). Su trabajo indaga los cambios de la subjetividad, con el cuerpo y las nuevas tecnologías como paisajes de ese escenario.

Enviado el 07 de Agosto. << Volver a la página principal << | delicious

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