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Septiembre 07, 2008

Contra lo personal - Óscar Alonso Molina

Originalmente en abcd

cab-u.jpgEste otoño, la galería Espacio Mínimo programaba la primera exposición dedicada en nuestro país al colectivo The Royal Art Lodge, tras haber contado con trabajos suyos en distintas ferias e incluirles en alguna colectiva. Así pues, ésta del CAB es la mejor oportunidad para todo aquel que quiera profundizar en su singular proceso creativo y sumergirse en lo profundo de ese mundo de fábulas entrecortadas que proponen.

Fundado en 1996 en Canadá por el ahora archi-internacional Marcel Dzama, Michael Dumontier, Neil Farber, Drue Langlois, Jonathan Pylypchuk y Adrian Williams -también Hollie Dzama y Myles Langlois fueron miembros del equipo-, en su origen se trató de un grupo de jóvenes universitarios que quedaban una vez por semana, los miércoles exactamente, con el fin de pasarlo bien de manera exigente, hacer reír a sus compañeros y provocar lo justo para que la cosa resultara divertida.

Buenas alternativas. Con distancia puede verse cómo la parte más sólida del proyecto proponía interesantes alternativas a la creación artística por medio de fórmulas cooperativas no dogmáticas, donde la adscripción autorial y disciplinar se diluyera. Cómic, ropa, muñecos, dibujo, escultura, vídeo, pintura... De allí salía casi de todo, y cada cual aportaba algo a ese magma indiferenciado que crecía a su aire. Eran como el ¡Viva la gente! (Up with the people) del arte, aquel grupo internacional de los sesenta que proclamaba el buen rollito musical en medio del continuo ir y venir de componentes. O, por decirlo de otro modo: la esperanza de que el arte más que como algo personal pudiéramos entenderlo como cosa del personal.

El caso es que hoy sólo los tres primeros citados encarnan la supervivencia del propósito staff fijo desde 2003. Pero ya que justo en el ínterin el primero de ellos se ha catapultado a nivel global, las estrategias de producción que manejaban han tenido que cambiarse. Parece ser que mientras Dumontier y Farber mantienen un contacto permanente y estable (de hecho, son los que aparecieron por la inauguración de Burgos), a Dzama se le envían los trabajos para que imprima su personal capa «en la distancia».

La cosa tiene su gracia y su lógica, pues TRAL ha sido desde el origen un canto al palimpsesto y la superposición, a esa distancia mínima que pueden soportar los textos de origen heterogéneo, a los cuales la obra artística, con su propia naturaleza, somete a la «estabilidad» por medio del significado. Dumontier, Dzama y Faber proponen una suerte de creación diferida en el tiempo y en el espacio; cada estrato enuncia algo distinto, pensado en la lejanía o fruto de una esquizofrenia controlada; pero, a la postre, vuelve a condensarse todo en la unidad plástica tradicional. De hecho, por agitada que sea su gestación y poco convencional su crecimiento, hablamos al final de dibujos y pinturas figurativas que remiten constantemente a la ilustración de ideas o relatos. Eso sí, lleno el resultado de gracia, finísimo humor, mucha perversa inocencia y enorme encanto visual.

«Menage à trois». Para conseguirlo, cada uno, tras largas conversaciones, propone un estrato dentro de la imagen que puede ser por completo modificado, tergiversado o sustituido por cualquiera de sus compañeros cuando les toque intervenir. Casi al modo de los cadáveres exquisitos surrealistas; o como en aquel juego infantil en que cada jugador repetía lo más rápidamente posible al oído del siguiente la misma frase que acababan de susurrarle a él, deformándose en la cadena el sentido poco a poco. También los TRAL someten los distintos elementos de su cadena de montaje a tensiones que conducen a distorsiones, sin ruptura ni anulación; y el juego continúa...

Pero más que a nivel sintáctico o formal, el sistema alcanza sus consecuencias más interesantes en los contenidos. Los motivos, caracteres, historias, máximas y secuencias se acumulan a trompicones en cada obra. Como en la pintura flamenca, cada porción del universo aspira a expresar su singular, maravillosa individualidad dentro del conjunto armónico. Pero aquí, en vez del ofrecimiento «pasivo» a la mirada, los mínimos fragmentos del mundo de TRAL se abren paso a codazos entre sí: el plano de representación se satura de ojitos y manitas que se agitan y abren desesperadamente, de vocecitas convertidas en sentencias, exigiendo ser leídas, escuchadas, atendidas, comprendidas... Todo quiere salvarse del olvido allí dentro; y todo es mucho. Por eso el mundo de TRAL pulula, bulle, burbujea, salta, hace cabriolas, reclamando nuestra atención, que no da a basto.


(“Recapitation”, 2007,Técnica mixta sobre tabla,20,5 x 20,5 cm.)

Enviado el 07 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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