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Septiembre 03, 2008

ESCRITOR PENITENTE - César Jaramillo

Este texto apareció publicado originalmente en la gaceta del FCE
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Post Mortem
Albert Caraco
Sexto piso
traducción María Virginia Jaua


Por medio de una serie de aforismos desesperanzados, Albert Caraco intenta sacarse de encima el recuerdo de su madre fallecida. Se debate entre el amor y el odio, entre el agradecimiento y la recriminación. Su madre lo arrojó al mundo, le inculcó sus temores y su desconfianza; hizo de él una especie de monje de la oscuridad, alejado del amor y de la fantasía. Sentía que le pertenecía, que su destino era aliviar el tormento de su madre. Él muere con ella, disecciona su recuerdo para comprenderla y comprenderse en el camino. Juzga a todo el mundo desde la oscura lógica que su singular camino le permite tener.

Albert Caraco dice no haber tenido nunca una vida fuera de lo que hay escrito en sus libros, no cuenta historias de amor ni relata aventuras de personajes encantadores. Él lo observa todo desde su existencia de piedra, lo destruye con rigurosa apatía. Aborrece el placer, el amor y a él mismo; se aleja del mundo para destruirlo desde la distancia fría y metódica que le impone merced a su distancia y su amor avaro, lo convirtió en esa especie de ermitaño consagrado a la escritura.

Cada texto configura una dimensión diferente de su relación con Señora Madre, identifica las marcas que elladejó en su vida. Hasta el momento de la muerte, Caraco se siente como una de sus posesiones; ella tuvo el derecho de educarlo, cumplió con la función de madre a la que había decidido entregarse. Fue la mujer que le produjo el hastío hacia cualquier tipo de afecto, lo mimó exageradamente, jamás mendigaría por una caricia. Ella fue el apoyo y el origen de su filosofía, jamás estuvieron lejos el uno del otro. Caraco no se permitía las lágrimas por su muerte, los muertos son muertos y hay que darles la espalda, la única manera en la que logran vivir de nuevo es a través de quienes creyeron conocerlos. Su duelo es mucho más complejo que el de cualquiera porque son tres los que debe enterrar: a su madre, a su espíritu asesinado tiempo atrás y a él mismo, creación y posesión de la sagrada mujer.

La muerte es una condición digna de envidia, no hay ya más problemas ni preocupaciones. Caraco no se lamenta por la partida de su Señora Madre, no había manera ni motivo para hacerlo. Siente culpa por haber permitido que asesinaran su espíritu antes que su cuerpo para que los dolores no la torturaran. La culpa también era de ella, haber tenido esperanzas de mejoría le impidió morir con dignidad, siendo la mujer que quería y no la que debía, obligada por los analgésicos y la enfermedad. El hijo tiene la necesidad de redimirse por haber dejado que ella muriera siendo lo que nunca quiso ser, su madre debía perdurar tal y como él la conoció. Tenía que extirparla de su función de madre, verla como mujer, comprender cada una de sus acciones, interpretar lo que con ellas quiso hacer de él. Ella era una atormentada, su hijo significaba para ella una especie de alivio, su función en la vida fue la de confortar a su madre, no tenía otro destino. Pensó que podría olvidarla y tuvo que crearla de nuevo, la convirtió en su hija, se sacrificó para hacer que ella viviera, su espíritu le pertenecía. Por medio de su obra se lo entrega y se libra del peso que significa afirmarse como individuo. “Las obras sirven para librarnos de las madres”, dice en una de sus sentencias.

La filosofía de Caraco lo aislaba del mundo. Su madre naturalmente conocía la clave, existía cierta complicidad entre ellos. La vida es sólo un soporte, importan las razones para vivir. Él había nacido para aliviar a su madre, le pertenecía, era objeto del amor que ella jamás recibió, ella constituía su única razón de vida. Él observa el gesto con oscuro agradecimiento, con indiferencia, a pesar de haber sido privado de lo que se considera una vida feliz, alega no haber sentido jamás ningún tipo de atracción hacia nada, destruye todos los caminos sin haberlos recorrido, desde su pureza rebelde tiene licencia para juzgarlo todo. Su única pretensión es desmantelar cualquier refugio de la esperanza humana. Su sacrificio no es menos egoísta que el deseo de salvación eterna, pero sí mucho más sensato; su voluntad es la de ahorrase penas y compromisos sin esperar recompensas de un Dios conmovido. La castidad de Caraco no obedece a ningún tipo de dogma sobre el pecado, el placer no lo atrae su misión es la de rebelarse contra su naturaleza, imponerse a la reproducción ciega de una especie desalmada condenada al error. Su forma de vida es consecuente con su manera de pensar.

Nadie es castigado por negarse. De no haber sido por su madre jamás habría desconfiado del mundo como lo hacía, ella le evitó caer en cualquier fantasía; el mundo es lo que es, las palabras son símbolos, engaños. Ella le reveló los artificios que mantienen a flote la vida cotidiana. No existía ningún tipo de amor diferente al amor maternal, los hombres y las mujeres se enfrentan continuamente, la relación que existe entre ellos es falsa, bestial. Las mujeres cuelgan de las finanzas del hombre y satisfacen con él su necesidad de sentirse amadas. La voluntad ciega de la especie absorbe la gracia, el encanto y la inteligencia, los aniquila bajo los ideales de fertilidad, piedad y trabajo. El amor es la manifestación del temor a no poseer, se ama porque se teme perder al objeto amado. La raíz de cualquier virtud es el egoísmo, el deseo de alejar el sufrimiento y de mantener el placer mueven la existencia sin sentido. El orden aniquila las individualidades por medio de arquetipos, una vez se obedece se sacrifica la libertad, se adquieren compromisos y se crean dependencias, una vez se es parte del orden se deja de ser. Toda frustración va a parar a la caprichosa proyección de la vida después de la muerte. Sacrificarse ante el orden intensifica el miedo a morir. Se sabe que la vida ha sido entregada y se sabe que jamás será una experiencia satisfactoria. La esperanza genera mediocridad y conformismo. La especie humana continúa siendo esclava de su cuerpo y de sus culpas porque no en la vida eterna, ésta garantiza el fin de sus sufrimientos, la desaparición de sus preocupaciones y la continuación infinita de la existencia; acaba con el miedo a la muerte engañándolo.

La filosofía de Caraco despoja al mundo de cualquier encanto, no hay ningún tipo de magia, la muerte es definitiva e inevitable, hay que asumirla conscientemente. Ser consciente de la muerte anula el sentido de la vida, no hay razón para seguir trayendo gente ni para continuar reverenciando la institución familiar. El reproche que le hace a su madre es el de no haberlo amado lo suficiente. El amor a los hijos debería expresarse en no traerlos al mundo. No hay solución posible que no sea la extinción. La medicina debería reservarse para los libres. Hay que rebelarse y romper las cadenas de la vida, esperar la muerte con altura, sin ningún vínculo con la materia ni con la gente. Mientras su madre conserva la esperanza de seguir envejeciendo, Caraco comienza a sacársela de adentro, se rehusa a conservar su imagen decadente, delgada, sin pelo y vacía. Asiste al entierro de su espíritu bajo la “pirámide de cajas de medicina”, luego, a la muerte de su cuerpo degradado y, finalmente, a su incineración. Desprenderse de ella fue más dificil de lo que había pensado, no podía olvidarla. Ella había buscado vivir a través de él, lo había hecho para ella.

Vio que estaba muerto desde que nació, era sólo su espejo, él viviría por ella, en el perduraría su desconfianza, su temor y la sabiduría que estos comportamientos escondían. Las fallas heredadas serían remediadas con la continencia. El libro devolvía a ese cuerpo pálido, delgado y vacío la imagen que debía tener. El maquillaje que Señora Madre siempre tenía encima, la tranquilidad que calculaba friamente. Caraco asume su existencia como una prolongación del espíritu de su madre, anula su propia individualidad, la ahoga en la indiferencia total. Ella lo había creado, ella lo había hecho como era, le había impuesto la vida y la función que debía desempeñar. Era justo que ella continuara viviendo. Caraco le impone la vida en una suerte de venganza. Ahora ella sería una creación suya, una creación que además lo anulaba por completo, lo entregaba a la nada, a la ausencia de toda razón. Con su obra le devuelve la densidad humana, la expone en todas sus dimensiones, incluso como parte anónima de su especie, condenada a asumir su propia humanidad como función reproductora. Señora Madre tenía sus propias culpas, la intención de Caraco no era crear una imagen fantástica, quería hacerla humana en toda su profundidad, revelar aquello que estaba atrapado en la intimidad y en la sagrada apariencia. La madre siempre tiene ventaja sobre el hijo, lo conoce de principio a fin y pocas veces le revela su lado oscuro. Con su muerte, el hijo comienza a interpretar las claves que dejó marcadas en él, desde la distancia las descifra y se descifra, se da cuenta de que sin su madre no hay razón de ser.

Albert Caraco es certero en la escritura, sus palabras le huyen a las ambivalencias, son medidas y muy finas. Su tono es frío como su método, riguroso y con peso profético. No se excede, no adorna ni manipula. Equiparándose a la piedra, juzga todo desde su singular objetividad, limpia, consciente y jamás ingenua. Expone sus heridas para que cicatricen, no las exhibe. Se fortalece para resistir la presión que la vida ejerce sobre su humanidad, conserva siempre la altura, no se permite una lágrima, la vida y la muerte son inevitables. La distancia mantiene intacta su libertad, lo aleja de su automatismo, su filosofía es una forma de emanciparse del cuerpo, de romper el hábito de la vida. La muerte es el único sentido, el final, la nada. Con su continencia Caraco ha roto cualquier posibilidad de perpetuar el error, ha eliminado sus culpas para siempre, jamás lamentará haberle impuesto la vida a nadie ni haberle heredado sus preocupaciones y problemas.

Ha burlado su naturaleza por medio del ascetismo egoísta que le evita mayores sufrimientos, hay que recibir la muerte con dignidad, ser conscientes de su llegada y alegrarse por volver a la nada, sin dudas ni temores. Caraco representa el lado oscuro de la santidad, frío y desesperanzador. La pureza de su estilo de vida le permite despreciar al resto de la humanidad. Su continencia se encuentra por encima de la de cualquier sacerdote, que actúa para Dios espectador y no para sí. La crudeza con la que describe el mundo es cortante, contundente, no hay punto de discusión posible que no se apoye en fantasías y esperanzas mezquinas. A él no le interesa complacer ni complacerse, comprende que el amor es sólo una expresión de la necesidad de posesión, que el que aparenta llorar por alguien, en realidad lo hace por él mismo. Acepta y ensalza el egoísmo como único camino hacia la libertad. Si hay que elegir entre vivir engañado y vivir en la nada, él elige la nada sin pensarlo dos veces; la fe y la esperanza no le dan sentido a la vida sino que ridiculizan por completo cualquier proceso de decadencia. La vida debe ser pura, debe imponerse a la bestialidad, el ser humano debe asumir su insignificancia con altura, comprendiendo el destino absurdo que lleva a cuestas. Se trata de no ceder ante lo bajo, de mantener el espíritu por encima de cualquier automatismo. La vida se niega a sí misma, la razón debe acabar de una vez por todas con su condena a repetirse, la continencia es la única manera de ser humanos, de vivir en función propia y no de la especie.

En 1971, tres años después de la muerte de Señora Madre, Señor Padre llega también a su final. Caraco lo había escrito antes: si llegaba a encontrar a su padre muerto no dudaría en ir tras él. Según se dice, ese mismo día, tomó algunos barbitúricos y se cortó la garganta. Eso sellaría una existencia singular que, aislada en el rigor de la indiferencia, lograría juzgar al mundo con la sensibilidad desnuda, despojada de cualquier tipo de apego, con palabras limpias y filosas. Caraco decía que su vida nunca fue algo más que una página para leer. Es precisamente eso lo que hizo de su criterio uno de los más agresivos y radicales. Su vida es una excusa para arremeter contra el mundo. Destinado por completo a la destrucción, a la aniquilación de la especie y de la vida, su discurso perturba las raíces de todas las instituciones del pensamiento. Con su vida ejemplar como testimonio se lanza contra la fe, hace que sea posible el desapego sensato, lejano a la esperanza absurda de resultar conmovedor para un ser superior que aplace la fecha de muerte. Caraco se pone por encima de la vida y le niega cualquier posibilidad de sentido arbitrario que no sea aguardar ansiosamente el momento de morir, de acabar por fin sin ninguna esperanza. En la vida no hay ninguna certeza diferente a la muerte. Si se sabe que se terminará en la desintegración es mejor asumirla desde el principio, aceptar el error, frenarlo y esperar.

Enviado el 03 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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