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Septiembre 04, 2008

La mirada de Narciso - Andrés Isaac Santana

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Existen exposiciones que hacen las delicias de la “crítica adulta”, esa que se supone sabe operar con las razones de su objeto saltando el relato periodístico de turno, sobre todo por el juego que permiten a la hora de refutar o suscribir sus tesis, a tenor de construcciones exegéticas de hondo calado. Otras, en cambio, resultan tan asépticas, planas, rectas y anodinas, que apenas -si quiera- revolucionan las hormonas (ya no a las mismísimas neuronas, que en última instancia es de lo que se trata). Esta pudiera ser una impresión sí, con demasiado calor y premura, visitamos la muestra Fotógrafo entre escritores: 30 años, del argentino Daniel Mordzinski. ¡Pero no!, esta no es precisamente una exposición anodina, aunque sí algo aburrida. No es aséptica, en el sentido más duro, pero sí abiertamente relamida, dulzona, de una candidez espinosa e incómoda. Entre lugares comunes y encuadres ya clásicos, se teje un silencio que incomoda al más lerdo o listo de los espectadores.

A quienes se acerquen a verla (no pretendo hacer proselitismo sobre la subjetividad del otro, faltaría más), les invadirá un raro sentimiento que viene acompañado de cierta confusión. Desconcierto y sorpresa serán entonces, mala suerte esta vez, los presupuestos de inicio. En parte por la hiperbólica importancia atribuida a su obra en medio, eso sí, de un panorama robusto y estratificado como lo es el que define, por méritos propios, la fotografía latinoamericana y su extensa nómina de registros, tipologías y prácticas. La urgencia, incluso, de una contribución pormenorizada de fundamento crítico acerca de las prácticas fotográficas latinoamericanas, es algo a lo que aún ningún esfuerzo editorial ha dado respuesta colegiada. Y no se trata de esa ansia de turno por antologar, por reunir a todos en un acto demencial y de bulto de nombres y de listados, para la satisfacción trascendentalista y de inmortalidad de unos pocos, sino de hacer de ese panorama un cuerpo de referencia que estimule la ensayística de rigor y el comisariado de tesis.

Si bien creo que Mordzinski es –en efecto- un buen fotógrafo, algo que queda latente en los diversos trayectos de su quehacer, sostengo, no obstante, que esta muestra tiende a exagerar su importancia colocando la evaluación de su trabajo en una zona de especulación crítica peligrosamente delicada. En particular resulta excesiva la selección de piezas, desbordada en sí por la presencia de instantáneas carentes de un auténtico interés, ya no sólo visual, sino por la importancia y pertenencia al medio escritural del personaje mismo. Esos treinta años podían haber encontrado una contracción curatorial más inteligente que, acaso, solventara desde la elocuencia de la selección y la puesta en escena, los momentos más flacos y los deslices de su trabajo. Existen fotos que no aportan nada, más allá de revisar lugares comunes o al tener por objeto fotográfico a un “presunto famoso”. Algo que desafortunadamente hace más enfática la diferencia entre piezas que buscan una aportación a las estructuras canónicas del retrato con el ánimo de subvertirlas, frente a otras que no dejas de ser vacuas, tópicas y hasta fetichistas. Existe un cruce entre propuestas interesantes de enfoques y angularidades de la visual que, a ratos, decepciona a la más inteligente de las miradas.

Sospecho que la justificación de un montaje tan poco riguroso responda, como en muchos casos ocurre, al vasallaje de orden económico, si no fuera así entonces resultaría frontalmente incomprensible. Muchos de los textos que hacen la suerte de guía por todas las paredes, hubieran exigido una revisión en virtud de la problemática contemporánea. Del mismo modo ha faltado rigor y, más que todo, el sentido común de la decencia. Esta muestra crea un caos de jerarquías donde, si por una parte se hiperboliza la importancia del fotógrafo, de otro lado se escamotea el valor de otros autores creando un palimpsesto complejo en el que en un mismo nivel de “importancia”, de “autoridad” y de “prestigio” se le rinde culto a Borges, Cortázar o Ricardo Piglia, al lado Joaquín Sabina o de firmas claramente desconocidas, apenas con carreras literarias recién iniciadas. En este sentido resulta incómodo, un poco narcisista y si se quiere de mal gusto, descubrir en este trazado museográfico el retrato de la comisaria de la muestra (que le hiciera Mordzinski) inscrito en una pléyade de auténticos titanes de la narrativa y la ensayística latinoamericana. Ante semejante desliz y pretenciosidad, se impone un absoluto silencio o una bofetada verbal: la construcción y culto desmesurado del ego, no ha hecho sino una grave daño a la cultura.

Que se rompan los espejos…

Enviado el 04 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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