« La mirada de Narciso - Andrés Isaac Santana | >> Portada << | Algunos prefieren mancharse las manos - Héctor Antón Castillo »

Septiembre 05, 2008

Llévame a la estepa, quiero llorar bien lejos… - Píter Ortega Núñez

NielsyelPollo-u.jpgI.
Recientemente se sucedieron en la capital habanera dos muestras que abordan el tema de la infancia desde perspectivas diferentes, en ambos casos valiéndose de la pintura, con un rigor y una solidez conceptual extraordinarios. Se trata de Síndrome de la estepa, de Niels Reyes (Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, mayo-junio de 2008) y Llorando de risa, de Michel Pérez (“Pollo”) (Galería La Casona, junio-agosto de 2008), los dos creadores muy jóvenes, egresados del Instituto Superior de Arte en los años 2006 y 2007 respectivamente. Un análisis comparativo de ambas exposiciones arroja resultados de particular interés.

II.
Niels nos entrega una peregrinación de rostros anónimos que delatan soledad, desidia, insatisfacción. Son miradas enajenadas, que se proyectan al vacío con desdén. El artista logra un nivel de introspección psicológica en los infantes representados verdaderamente asombroso. Se trata de la niñez como un llanto, como una súplica, como un alarido de angustia y desolación. Ceños fruncidos, labios entrecortados, portadores de una amargura atroz. Ojos cansados, taciturnos. Seres cabizbajos, que sufren en silencio, que callan sus miserias estoicamente. El creador realiza un escrutinio del universo infantil desde los resortes de la psicología y la antropología, logrando resultados que consternan y sobrecogen dada la profundidad emocional de los motivos de representación.

Un detalle curioso es que los pequeños y adolescentes de las obras se alejan un tanto de los rasgos y configuraciones faciales prototípicos de nuestra realidad insular. Parecen más bien individuos de latitudes lejanas, en especial de territorios rusos, alemanes o de otras regiones de Europa. Dichos personajes miran en todo momento al espectador, lo emplazan desde la frontalidad de una contemplación incisiva; sin embargo, los rostros nos resultan totalmente ajenos, indiferentes. El propio título de la muestra contribuye a desvirtuar las posibles marcas locales de las piezas: Síndrome de la estepa nos remite a un contexto geográfico que no nos concierne, al tiempo que nos insta a pensar en la gran “estepa rusa”, dato este que hace mucho más plurívoco, ambiguo y rico en matices el alcance semántico de la exposición.

III.
El Pollo opera en cambio desde la elipsis, desde la supresión del infante y su sustitución por determinados objetos que lo evocan de manera indirecta, en especial un conjunto numeroso de juguetes, de cuerpos inanimados destinados al divertimento. La muestra en su totalidad produce un efecto de nostalgia o añoranza sumamente perturbador. Nostalgia por el recuerdo de tiempos remotos, perdidos, en los que el desconocimiento y la incomprensión del mundo nos hacían invulnerables al sufrimiento y la infelicidad. El título de la exposición, Llorando de risa, encierra una paradoja o contrasentido que resulta a todas luces revelador: detrás de toda sonrisa infantil subyace el llanto irremediable de una adultez escéptica, descreída, torcida por los vaivenes de una dinámica de vida e interacción societal donde ya no habrá matriuskas ni peluches, donde la ingenuidad es trocada en suspicacia. O bien nos dice que no toda infancia es idílica, no toda sonrisa placentera; que también existen ángeles renegados…

El artista logra reflejar expresiones o rasgos psicológicos tan agudos, que los muñecos se nos presentan un tanto humanizados, portadores de un sinnúmero de emociones y sentimientos, ya sean estos positivos o negativos, límpidos o sórdidos, certeros o falaces, compasivos o mezquinos… Complejos, en definitiva, como la propia condición humana, y como el amplio universo de asociaciones estilísticas de la muestra, donde se perciben influencias disímiles: del arte asiático, del Pop Art, de la publicidad, etc. Y todo ello con una destreza técnica encomiable.

IV.
Síndrome de la estepa y Llorando de risa son, hay que decirlo, dos sucesos expositivos que se sitúan entre lo mejor del panorama plástico capitalino en lo que va de 2008, y una demostración más de que la pintura todavía tiene mucho que ofrecernos, de que su lenguaje nunca estará agotado siempre que haya talentos que la canalicen. Nuevamente la juventud dando el paso al frente… Una vez más La Casona a la vanguardia del arte cubano… Y qué bueno que el Centro de Desarrollo continúa alzándose del “fango”, de la “candonga” que un día lo distinguió…

Enviado el 05 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del dueño del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: