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Septiembre 02, 2008

LOS PAISAJES INVISIBLES - Iván Ríos Gascón

Originalmente en Laberinto

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Hacia 1893 [Paul Valéry] vivía en el Quartier Latin y desde el pequeño restaurante donde comía, observaba a ciertas luminarias en sus andares cotidianos, como el ilustre geómetra Henri Poincaré, de solitaria y encorvada sombra que rozaba las paredes, o el poeta Paul Verlaine, ataviado con cachucha y bufanda roja, cuyo séquito organizaba un alboroto a cada bastonazo que le daba al piso, pues Verlaine había reunido a aquella tropa por el puro afán de reinar sobre un puñado de locos y bohemios.

Después de comer se dirigía al jardín de Luxembourg y ahí podía mirar a otro poeta, Leconte de Lisle, que cruzaba la floresta camino del Senado, donde era bibliotecario.

Paul Valéry tenía 22 años y nunca pudo conocer a Victor Hugo. En cambio, se hizo amigo de Stéphane Mallarmé, a quien alguna vez, Hugo le jaló una oreja y le dijo: “¡Ah, ah! He aquí a mi querido poeta impresionista”, aunque el aludido pertenecía al simbolismo, sólo que Victor Hugo siempre se confundía con las escuelas.

Valéry visitaba regularmente a Mallarmé. En su casa conoció a gente variopinta, no todos eran artistas, y le llamaba la atención un norteamericano que aparecía cada año con puntualidad, tomaba asiento, escuchaba la tertulia, asentía con la cabeza pero nunca decía nada. Tiempo después, el extranjero le envió una carta a su anfitrión, donde anunciaba que había bautizado a su hijo con el nombre de Mallarmé. Valéry imaginó que, probablemente, aquel niño nunca iba a saber de dónde provenía su apelativo.

En 1897, Mallarmé lo mandó llamar y le mostró un texto extraño, colosal: "Un golpe de dados" el poema que reconcilia a las palabras con sus atributos musicales, ese verso-sinfonía donde los sentidos viajan en cada vocablo como si fuera un instrumento, y Valéry reconoció que Stéphane no sólo era un Maestro delicado y generoso sino humilde, pues le preguntó si consideraba que Un golpe de dados era una obra de arte o un acto de completa demencia, algo imposible de responder. No había elogios suficientes para referirse a aquel poema.

El pintor Edgar Degas también fue amigo de ambos. Ávido lector y poeta aficionado, Mallarmé solía darle consejos literarios y una ocasión, Degas le dijo que se había alejado de la pintura para trabajar un verso que le quitaba el sueño. “No me explico por qué no puedo terminar mi pequeño poema, pues no son ideas lo que me falta”. Mallarmé le respondió: “Degas, no es con ideas con lo que se escriben los versos, sino con palabras”.

La poesía son voces, mensajes, imágenes, señales, signos que remedian o provocan tragedias y fracasos, palabras que refulgen en el amor o en la agonía, en la naturaleza, pues antes de morir, Valéry lo visitó en su pequeña propiedad de Valvins. En el alféizar de la ventana estaban las pruebas de Un golpe de dados y salieron a caminar. Grave, pensativo, Mallarmé contempló el paisaje y dijo: “Es el primer golpe de címbalo del otoño en la tierra” y luego de esto, Paul Valéry comprendió que la vida, como la creación, tan sólo es una pieza que se compone de dulces y amargos movimientos; una obertura que si dejamos de escuchar, no podremos advertir la transición de la felicidad a la tristeza o el súbito, imprevisible cambio de la fortuna hacia el desastre más profundo…

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