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Octubre 29, 2008
En busca del público perdido - Leonardo Tarifeño
Originalmente en adncultura
Está claro cuándo comenzó pero no de qué se trata. La bola de nieve llamada "Nuevo Cine Independiente Argentino" habría empezado a formarse en 1998 con el estreno de Pizza, birra, faso, de Bruno Stagnaro y Adrián Caetano, y por eso ya llevaría 10 años sin dejar de rodar. Sin embargo, a una década de su espectacular irrupción, todavía cuesta saber qué hay detrás de ese nombre. ¿Una generación unida por sus gustos estéticos o una marca para productos de exportación? ¿Un movimiento cultural diverso e indefinible, o simple y llanamente una bola de nieve que arrasa con todo lo que se le interpone? Es posible que el "Nuevo Cine Independiente Argentino" resulte tan misterioso y difícil de explicar como algunas de las experimentales películas que lo integran, pero a veces aparecen oportunidades listas para descifrar su enigma.
Y desde el pasado jueves 2 y hasta el domingo 26 de este mes, una de esas inmejorables ocasiones se presenta en el Malba porteño gracias a la retrospectiva "10 años de Cine Independiente" organizada por los directores reunidos en el grupo PCI (Proyecto Cine Independiente). El ciclo permite hacer un balance, poner las novedades de ayer en su justa dimensión, y también acercarse con una visión panorámica a las múltiples propuestas de esta cinematografía. Si "Nuevo Cine Independiente Argentino" quiere decir algo, ese significado sobrevuela el ciclo del Malba. Y aunque buscarlo no garantiza su hallazgo, nada mejor que perderse por sus funciones diarias para intentar entender el mensaje presente en las huellas de la bola de nieve.
La retrospectiva arrancó una tarde soleada y primaveral, de las que invitan a cualquier cosa menos a encerrarse en la fría oscuridad de una sala de cine. Eran las dos de la tarde de un jueves luminoso y amable y tal vez por eso apenas éramos seis los curiosos dispuestos a ver El cazador es un corazón solitario y Los próximos pasados en el auditorio del museo. Lorena Muñoz es la directora de ambas películas; en la primera, un cortometraje de 8 minutos, un fotógrafo reconstruye el rostro de su mujer amada y perdida, y en el segundo se narra la increíble historia del mural que el mexicano David Alfaro Siqueiros pintó en el sótano de la quinta de Natalio Botana, en Don Torcuato. Con su voz en off, en el documental se oyen los reclamos de Siqueiros por un arte popular y callejero, capaz de sostener y enriquecer la historia cultural de una sociedad. Había algo inquietante en que esa voz inflamada y contundente se dirigiera a los escasísimos seis espectadores de esa tarde de jueves, quizás haya algún nexo entre la lenta agonía de ese mural revolucionario con su representación en un documental sensible y logrado, pero que parece llegar a muy pocas personas. Premio del Jurado en el Festival Rencontres Cinemas d’ Amerique Latine, de Toulouse, y Mejor Película en la 8ª edición del Fipresci (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), Los próximos pasados se exhibió en el Bafici y hasta en el canal Encuentro. ¿Será por eso que en el Malba sobraban los dedos de la mano para contar al público? ¿ Los próximos pasados ya había sido vista por todos los interesados en ella? "Me gustaría saber por qué en general va tan poca gente a ver películas independientes argentinas –se preguntó Muñoz–; en principio, me parece que no es un cine muy popular. Es más de autor, y por lo tanto se instala en el gusto de una élite. Pero además, y aunque estoy un poco cansada de echarle la culpa de todo al Estado, creo que debería haber una política de difusión y exhibición más intensa por parte del Incaa. El cine independiente tiene la pasión de lo inevitable, aquello que se hace porque alguien lo quiere hacer cueste lo que cueste, pero en esto la pasión por sí sola no alcanza. Se necesita apoyo y un sistema eficiente que cuide la producción local."
A un lado de la sala, en la cafetería del Malba, no fue sencillo encontrar un lugar para sentarse. La cantidad de personas multiplicaba por siete u ocho a la que venía del auditorio, y la tibieza primaveral regaba el ambiente con un raro optimismo en las antípodas de la desolación que salía del cine. El fotógrafo de El cazador... había perdido a su mujer y se sentía culpable, Los próximos pasados muestra cómo el brillo de Siqueiros terminó descuartizado entre varios contenedores húmedos e indiferentes al gran arte. Mientras tanto, en el mundo que se desdobla más allá de las películas, las mujeres que paseaban por el Malba hablaban inglés y francés, las parejas coqueteaban a la vista de todos y dos señoras discutían si los 26 pesos que cada una acababa de pagar eran mucho, poco o lo justo que exige la mejor creme bruleé de Buenos Aires.
A las 18, con el sol a punto de viajar a otro país, fue la hora de La novia errante, de Ana Katz. Esta vez éramos siete en la sala, y una de las chicas que tenía enfrente ya había estado allí mismo cuatro horas atrás. "Es cierto que, a veces, este cine tiene dificultades para llegar a su público –me dijo Sergio Wolf, actual director del Bafici y realizador de Las orillas –; y más que a una generación o a un movimiento, lo que esta retrospectiva muestra son los cambios de paradigmas acerca de cómo se piensa y se produce el cine en la Argentina. En cuanto a la producción, hoy se trabaja sin depender del Incaa. Y respecto a la narrativa, antes el cine argentino era muy declamativo, estigmatizaba a las minorías y miraba mucho hacia atrás. Todo eso ha dejado paso a un cine más intenso y diverso que el de hace unos años. De todas maneras, y en una cinematografía subsidiada como ésta, no se puede hablar de ‘industria’ y queda pendiente la construcción de un público."
A minutos de empezar La novia errante entraron cuatro personas más en la sala, lo que con suerte podía marcar un cambio favorable en la asistencia de público a una de las muestras de cine más importantes que por estos días se ofrece en Buenos Aires. Pero no: eran Ana Katz y un par de amigos. "Nos podríamos saludar con un beso, de los pocos que somos", dijo la realizadora, con buen humor, antes de que empezara su película y tras anunciar que al final contestaría preguntas. En La novia errante, una mujer es abandonada por su pareja en un viaje pensado para festejar un aniversario de amor. La protagonista, interpretada con gran sutileza por la propia Katz, no disfruta del paisaje de la costa argentina, se lo pasa encerrada en locutorios y llora y se enferma por culpa de la imprevista soledad. No es, ni de lejos, una comedia, pero la tozudez del personaje inspira una larga risa que por alguna razón jamás apareció entre los siete del Malba. En el minidebate del final, Ana y el director Juan Villegas iniciaron el diálogo con un micrófono de lo más innecesario, ya que como bien había dicho Katz no éramos ninguna multitud. Alguien del público quiso saber cómo había sido el montaje, otro preguntó por la dualidad directora-actriz en el momento de filmar y a mi lado había una pareja que entre susurros discutía sobre quién iba a levantar la mano para hablar de la influencia de la nouvelle vague en las andanzas de Inés, el personaje de Katz. Pero los chicos no se decidieron y el que preguntó fue Villegas: "Para mí, todas tus películas diseccionan las pretensiones de la clase media argentina. ¿Vos también pensás eso?". Por lo que se acababa de ver durante la hora y cuarto de película, pocas cosas parecían más pretenciosas que esa pregunta. La respuesta incluyó un comentario sobre la disfuncionalidad de las familias argentinas que no llegué a entender. Levanté la mano. "¿Inés vuelve con su novio, Miguel?", pregunté. Gélido silencio en la sala. Lo que hasta entonces imitaba el enciclopédico ambiente de una clase en una escuela de cine empezaba a convertirse en una charla de damas elegantes y felices de pagar 26 pesos por una creme bruleé . En realidad, yo hubiera querido saber por qué cada pregunta del público parecía hecha por un estudiante o un crítico, qué pasó entre nosotros –además del respeto sacrosanto por las lecciones del estructuralismo– para que hablar de cine sólo apunte a su especificidad técnica, y qué clase de fundamentalismo teórico nos convertía en espectadores de segunda si nos interesábamos por la historia que contaba la película. Todo eso hubiera querido preguntar, pero la verdad es que no me animé. "Yo no creo que Inés vuelva con Miguel –contestó Katz, divertida–; lo que me planteé fue contar la historia de una mujer obsesionada que consigue liberarse. El final trata de ser muy claro y me encantaría que la gente saliera del cine con esa sensación de frescura y liberación."
Dos días después, en la noche del sábado, casi 25 personas hacían cola para entrar a ver La guerra de los gimnasios y Servicios prestados, los dos cortos de Diego Lerman que se exhibieron en el ciclo. Curiosamente, más de la mitad se esfumaron a la hora de dar la entrada y pasar a la sala. Adentro, esta vez, éramos 12; quienes se quedaron afuera eran amigos del director que charlaban y repartían postales con el anuncio de la obra teatral Nada del amor me produce envidia, de Santiago Loza, dirigida por Lerman. "¿Cuál es tu balance para estos diez años de nuevo cine independiente? ¿Se puede hablar de ‘movimiento’ o ‘generación’?", le pregunté al crítico y programador Fernando Martín Peña. "No creo –contestó–; es muy cómodo ponerle una etiqueta a algo que en realidad es difícil de etiquetar. Lo que hay son individualidades muy distintas que han hecho algunas películas singulares. Son todas miradas personalísimas que integran un conjunto valioso. Pero lo más interesante no es tal o cual película, sino la diversidad". Parece cierto lo que dice Peña, ya que cada obra de este ciclo tiene pocos puntos de contacto con la anterior, y para las semanas que restan se anuncian películas interesantes y muy distintas entre sí, como El país del diablo, de Andrés Di Tella; Ronda nocturna, de Edgardo Cozarinsky; Nadar solo, de Ezequiel Acuña; Por la razón o por la fuerza, de Verónica Chen y La quimera de los héroes, de Daniel Rosenfeld, entre otras. Pero a las tres de la tarde del domingo, en la función de Cuando ella saltó, de Sabrina Farji y con Iván de Pineda en el rol protagónico, éramos siete y al final de la película quedábamos cinco. Y el sol todavía clareaba cuando me di cuenta que dudaba entre ir a la función siguiente o meterme en la cafetería y pedir una creme bruleé.
Enviado el 29 de Octubre. << Volver a la página principal << |
