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Octubre 29, 2008

La palabra más íntima - Luis Gruss

Originalmente en adncultura

Momentos de vida
Virginia Woolf
Lumen

Virginia_Woolf_(4)-2.jpg Es difícil pensar en Virgina Woolf sin evocar la inabordable escena del suicidio: la escritora entrando al río Ouse luego de llenar de piedras los bolsillos de su abrigo. "Mi barco ha zarpado –había anticipado al terminar una de sus últimas novelas–. Me arrojo entre botellas vacías y pedacitos de papel higiénico." Antes le escribió una carta de despedida a su hermana Vanessa y otra a su marido Leonardo Woolf. Poco después de la muerte de este último fueron hallados y publicados los singulares borradores que componen Momentos de vida, única obra indiscutiblemente autobiográfica de la escritora. Con esta primera entrega, Lumen anuncia la publicación en serie de la obra completa de la autora, desde títulos póstumos como éste hasta novelas perturbadoras y fundamentales como Al faro, Las olas, Los años y Orlando.


Acá puede apreciarse la voz más secreta de la distinguida señora cuyo esnobismo aristocratizante se contradice a cada instante con un perfil subversivo y saludablemente desvergonzado. Sus reflejos de clase alta unidos a su afición socialista sumaron estrellas a esta mujer de lengua filosa y especial talento para la ironía, capaz de producir discursos de meditada crueldad. Los seis textos que ahora se publican por primera vez en castellano corresponden a distintas épocas (desde la esplendorosa juventud hasta los años del derrumbe físico y espiritual), una distancia que no llega a alterar la unidad estilística donde siempre está presente una continua y atenta relectura del pasado. En el primer escrito ("Recuerdos"), surge tímidamente la narradora en ciernes que como águila recién nacida aprende a medir la envergadura de sus alas; sobre el final, en la revulsiva conferencia titulada "¿Soy una snob?", se leen las agudas confesiones de una dama que, según ella misma, "no es carne ni pescado, ni galana ni divertida", una viajera discreta que detesta ir mal vestida por la calle pero que al mismo tiempo odia comprar corpiños por el sólo hecho de tener que desvestir sus pechos ante un espejo o, peor, ante personas de su mismo sexo.

En los apuntes de "Hyde Park Gate, 22", Woolf se presenta como un pez en turbulencia, un pez desviado y por alguna razón detenido en un bajío sin poder explicar el sentido de las corrientes. Ese pez que se ha corrido del tedioso y elegante mundillo victoriano observa con indisimulada malicia la pesada capa de represiones y evasiones con que la aristocracia dominante encaraba, por ejemplo, temas vitales como la sexualidad. La autora se conmueve al describir a un joven "con la cabeza de un dios griego" (aunque por desgracia con mala dentadura, añade matizando el piropo) y trastoca de paso las antiguas ideas sentimentales acerca del matrimonio. "Creo –dispara ella con munición pesada– que debería avergonzarme confesarles la edad que tenía cuando me di cuenta de que no es motivo de escándalo el hecho de que un hombre tenga una amante o que una mujer lo sea. Quizá la fidelidad de nuestros padres no era la única o inevitablemente más alta forma de vida matrimonial."

Joven, vieja, inocente, experimentada, irritada o rebosante de misterio, la Virginia Woolf que asoma en Momentos de vida no parece tenerle miedo a una media verdad que se va filtrando poco a poco entre sus días. A veces recuerda con nostalgia los tiempos de descontrol, cuando derivaba por fiestas y reuniones glamorosas. "Nos hacíamos vestidos de ese algodón estampado que tanto gusta a los negros (describe por ejemplo en "Old Bloomsbury"); nos vestíamos como las mujeres de los cuadros de Gauguin, galopábamos alrededor de Crosby Hall, la señora Whitehead estaba escandalizada y dijo que Vanessa y yo vivíamos prácticamente sin ropas." Por esos tiempos empezaron a circular rumores que aludían a fiestas convocadas por Virginia en las cuales –decían– todos sus integrantes se desnudaban en público. "Logan Pesarsall Smitt le dijo a Ethel Sands que sabía de buena fuente que Maynard había copulado con Vanessa en un sofá en medio de la sala de estar –detalla la escritora como disfrutando el exceso–. Se comentaba que éramos un grupo despiadado, inmoral y cínico; éramos mujeres perdidas y nuestros amigos eran los jóvenes más indignos."

La dama iracunda, la que acabó en el río Ouse con los bolsillos cargados de piedras, tejió esos momentos con una palabra íntima y deslumbrante. Sin esperanza ni desesperación, ella sabía, como la heroína de La señora Dalloway, que hay en el mundo personas inocentes a quienes "se las persigue hasta eliminarlas de la existencia, hasta mutilarlas o congelarlas".

Enviado el 29 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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