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Octubre 31, 2008

Libros de estilo para filmar a los clásicos - Luis MARTÍNEZ

Originalmente en EL CULTURAL

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Borges, siempre pendiente de mirar detrás de los espejos, de vez en cuando se paraba unos instantes y preguntaba en voz alta (o por lo menos eso dicen): ¿por qué recordamos el pasado y, sin embargo, somos incapaces de dar la más mínima referencia del futuro? De otro modo, ¿por qué todo empezó antes y no después? No valen respuestas obvias. Es ahí, en las contestaciones evidentes, donde la literatura pierde todo su encanto. Algunos dirán que se evapora hasta su propia razón de ser. O no. Pero estábamos en la literatura y en las preguntas; en las de ‘perogrullo’. Otra más: ¿por qué el cine se ha ocupado tanto de adaptar literatura y la literatura tan poco de adaptar al cine (hay ejemplos: Graham Greene escribió El tercer hombre para ayudar a desarrollar el guión de la película de Carol Reed)?

Razones evidentes a un lado, todo empezó... antes; por poner una fecha, en 1924. Fue entonces cuando la Metro tuvo la feliz idea de satisfacer el deseo de Erich von Stroheim de llevar a la pantalla la novela de Frank Norris McTeague. El resultado fueron 16 horas ininterrumpidas de metraje. Hablamos de Avaricia. Esa es la razón por la que las dos horas que han llegado hasta nuestros días como el “montaje final” sean tan geniales como, todo sea dicho, ininteligibles (el propio director dejó su obra en, primero, ocho horas y, después, en cuatro. La productora hizo el resto).

Por el camino, ha habido de todo. Y siempre, la misma cuestión: la fidelidad a la letra impresa. Stroheim quiso ser fiel hasta el último detalle; hasta desembocar en una extraña paradoja paralizante que termina por detener la película en el poder evocador de una sola frase impresa.

Las mejores 50 adaptaciones
En el momento justo en el que surgió la necesidad de adaptar novelas se desveló a la vez la inutilidad de una empresa, por definición, imposible. Pero el cine no es lo que se dice una actividad que se deje arredrar fácilmente. No hace tanto, por ejemplo, el periódico británico The Guardian tuvo la feliz idea de buscar y, por supuesto, colocar en una lista las 50 mejores adaptaciones de la historia del cine. No aparecía Avaricia, pero sí todas lo demás. Y ahí vale desde malas novelas convertidas en grandes películas (El Padrino o Tiburón) a grandes obras literarias transformadas en sus correspondientes grandes películas (El corazón de las tinieblas metamorfoseado en Apocalypse now, por ejemplo). La lista (consúltese, si se desea, en la página web del diario) recogía incluso Lo que queda del día (1993); la película emblema de cuantas a lo largo de los años noventa produjera Ismail Merchant. Nos referimos a una larga nómina de producciones que va desde Una habitación con vistas (1985) a la cinta citada arriba mencionada según la novela de Kazuo Ishiguro. Así las cosas, Merchant Ivory, secundado por el director James Ivory, por el guionista Ruth Prawer Jhabvala y por la pléyade de actores que han redefinido el significado ser británico (desde Anthony Hopkins a Hugh Grant pasando por Jeremy Irons y Emma Thompson), estableció para los restos el significado de adaptar una obra “clásica” en el mundo moderno.

Películas literarias
De alguna forma, en las acarameladas, detallistas y verbosas adaptaciones de Ivory es posible identificar lo que cualquier espectador despistado puede señalar como una película ‘literaria’. Es decir, es posible ‘oler’ el libro que está detrás. La adaptación, como estilo, tuvo en esta serie de películas (Las bostonianas, Maurice o Howards End son otros ejemplos) su forma canóniga; su libro de estilo. Retorno a Brideshead, la célebre novela que Evelyn Waugh escribió en 1945 es la última ‘víctima’ de esta forma de adaptar. La película, dirigida por Julian Jarrold, recupera el texto original y lo hace como si en vez de mecanografiado (suponemos) hubiese sido redactado sobre un pergamino. Todo responde a un esquema viejo: el nuevo mundo que parirá la Gran Guerra se abre paso a empellones entre las ruinas del Imperio, del británico: las exquisitas formas de la aristocracia desplazadas por el grosero ritual de la burguesía emergente. Ni rastro, por supuesto, de cualquier amago del humor (muy británico) del también autor de las desternillantes Merienda de negros o Noticia bomba.

Todo como pide la Academia: con una seriedad impostada de la que carece completamente la novela. Con estas hechuras, con unas vistas de Oxford a modo de paisaje emocional y con Emma Thompson, faltaría más, en el reparto, todo queda en perfecto estado de revista. Almidonado. Como si no hubiera pasado el tiempo. La película, siendo precisos, es una consciente vuelta a atrás; un regreso a ese tiempo dorado de las adaptaciones literarias. Y lo es no sólo por la elección del texto y del reparto (todo él, exageradamente británico), sino por la presión que sobre la cinta ejerce la serie televisiva de los 80 protagonizada por, entonces un desconocido, Jeremy Irons. El director, responsable de la también muy ‘literaria’ La joven Jane Austen hace pie en el tópico para pinzar el nervio nostálgico de cualquiera nacido antes de los 70. Si Joe Wright, el último prodigio del cine ‘british’, revisaba y modernizabel género consolidado por el dúo Ivory/Merchant tanto en su peculiar e intensa versión de Orgullo y prejuicio como en su provocadora reinterpretación de Expiación, la novela de Ian McEwan, Jarrold envejece el molde sin aportar nada.

Retorno a Brideshead sería así el último capítulo de lo que se podría entender como la adaptación literaria entendida como género cinematográfico. Otro asunto es la adaptación como ejercicio (¿imposible?) de trasvase del papel a la pantalla. En este caso, el ejemplo bueno habría que buscarlo en otros sitios algo más alejados de Evelyn Waugh. Hace tres años, y sin movernos de Inglaterra, Michael Winterbottom confeccionó un artefacto a medio camino entre lo irreal y el delirio. A Cock and Bull Story pasaba a imágenes la novela de Laurence Sterne La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy. Sobre el papel una labor poco menos que imposible.

En efecto, llamar novela al texto de Sterne publicado en 1759 es poco menos que una temeridad. Y Winterbottom se aplica el cuento. Del mismo modo que la imposible biografía de Tristram Shandy se fractura en mil biografías que terminan por hacer fracasar el imposible proyecto de contar una vida sin, de paso, contar mil más, el director británico hace del improbable proyecto de adaptar un libro (éste y cualquier otro) su particular película. El truco, por llamarlo de alguna manera, consiste en convertir la película en la narración de su propio fracaso: un espejo en el que se refleja Tristram Shandy.

Entre lo irreal y el delirio
Algo así, como la antipelícula del antilibro. Winterbotton, como Stroheim, como el personaje de Borges incapaz de adaptar un sólo recuerdo sin quedar paralizado, se convierte en el último juez de una labor, por siempre, imposible. Diga lo que diga la historia del cine ¿Alguien da más? Pues sí. Hay alguien. El director Spike Jonze y el guionista, además de campeón del cine moderno, Charlie Kaufman. Adaptation, rodada en 2002, jugaba con las mismas armas con las que construiría su cinta más tadelante Winterbottom. Adaptation es un artificio algo menos complejo, pero igual de efectivo: la historia de cómo adaptar una novela. Pero el problema no surge de la dificultad que plantea el texto, como en el caso del de Sterne. Las limitaciones las pone, simplemente, el talento del adaptador.

En los últimos premios Oscar, de las cinco películas nominadas a la mejor del año, tres eran adaptaciones literarias. ¿No son demasiadas para una labor imposible? Al fin y al cabo, la diferencia entre la teoría y la práctica, a veces, no es más que, como ya intuyó Kaufman, una cuestión de talento. Y cuando faltan las historias (el talento), valen las respuestas obvias: la literatura estuvo antes que el cine.

Enviado el 31 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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