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Noviembre 14, 2008
La encrucijada de Wong Kar-wai - Aurélien Le Genissel
Originalmente en contrapicado.net
My blueberry nigths
Wong Kar-wai
2007
A menudo es complicado saber si un cineasta se repite o si el espectador es tan sensible a su estilo que percibe a priori lo que une las obras antes que lo que las distingue. Pero la forma es una parte decisiva de la creación cinematográfica y la huella de Wong Kar-wai es conocida por todos desde hace unos pocos años. Esta ambigüedad le da su fuerza y su fragilidad a My Blueberry Nights, el último opus del genio nacido en Shangai, una obra crepuscular que consuma el universo íntimo y poético de Deseando amar (Fa yeung nin wa, 2000) y 2046 (sus dos últimas producciones) al tiempo que exige una renovación completa para su siguiente film. Y es que el placer de esta obra reside sin duda en la demostración que hace el cineasta de su capacidad para exportar su formula a un nuevo continente, con unos actores diametralmente opuestos a los que había dirigido hasta la fecha. My Blueberry Nights extiende su historia a lo largo y ancho de los Estados Unidos (más concretamente en Nueva York, California, Nevada y Tenesse) y únicamente cuenta con actores anglo-sajones.
En realidad un eminente elenco entre los que destacan Jude Law, Natalie Portman, Rachel Weisz y, sobretodo, Norah Jones, protagonista de la película y punto de partida del proyecto. Wong Kar-wai ha reconocido que fue el deseo de rodar con ella el que le llevo a desarrollar la trama de un cortometraje realizado, en principio, para Deseando amar en el 2000.
El cineasta resuelve satisfactoriamente el desafío que representa afrontar un universo extranjero gracias a su maravillosa capacidad de embellecer la realidad, de volver trascendente y necesario la banalidad de lo cotidiano. Encontramos aquí casi todas las características fílmicas que le dieron a conocer: la sutileza y la felicidad difusa de una relación de pareja elíptica, un ambiente tamizado e íntimo donde predomina un uso barroco pero justo de los colores y las innovaciones formales (cámara lenta, encuadres extremos, velocidad y luego reposo de la cámara…) que dan a su universo una mezcla de lirismo y proximidad. Y todo lo dicho no resulta una obviedad ya que no hay que olvidar que éste es su primer film sin Christopher Doyle, su director de fotografía predilecto, y en un ambiente en el que las relaciones personales distan de ser semejantes a las que hay en Asia.
Dicho esto, el concentrado de estilo, que alegrará a sus adeptos, se diluye inapelablemente cuando Elizabeth (Norah Jones) decide huir del bar en el que trabaja Jeremy (Jude Law) y en el que se conocieron, para hacer un road trip a través de los Estados Unidos. El universo intimista, trabajado y estéticamente irreprochable del cineasta desaparece al tiempo que su heroína descubre los grandes espacios y el lado menos visible de su país. En ese punto se disuelve la marca tan característica de las últimas obras, pero podrían reaparecer entonces las imágenes violentas y sugestivas que habían marcado los inicios de la obra de Wong Kar-wai (con títulos tan bellos como Chugnking Express o Fallen Angels). Un cierto frenesí post moderno que sintetizaba los colores, los ambientes y las vivencias de unos personajes menos aburguesados que en su díctico más conocido. Desgraciadamente no es el caso; el cineasta parece encontrarse un tanto incomodo en este espacio desconocido, que quizás respeta demasiado, y parece incapaz de revivir la fuerza visual y la fluidez de algunas obras de antaño. Aparecen las sombras alargadas de otros grandes directores que en su tiempo afrontaron esa América más genuina (la que se extiende de Nueva York a Los Angeles) como Antonioni (en Zabriskie Point) o Wim Wenders (en Paris, Texas).
Y es que detrás del viaje que decide emprender Elizabeth al poco de haber conocido a su amigo del bar se esconde la pregunta a la que se enfrenta realmente el cineasta: ¿Qué es América? Y, en el caso concreto de My Blueberry Nights, ¿qué aporta el Nuevo Continente al estilo de Wong Kar-wai? Poco interés tendría realizar una obra asiática en EE.UU (y el reparto ya indica que no es el objetivo) a no ser que se viva como la experiencia en un país extranjero. Este fue el caso, por ejemplo, de la acertada Happy Together en la que el cineasta planteaba en cierto modo la problemática inversa: la imposibilidad de una relación amorosa destructora entre dos hombres desarraigados y perdidos en un espacio que desconocían. La mirada siempre extraña (en todos los sentidos del adjetivo) pero, sobretodo, consciente de ello, que se desprendía de la obra resultaba ser una estética perfecta para la bella y nihilista esperanza de poder “empezar de cero”, como repiten los personajes a lo largo del film.
Todo lo contrario sucede en esta última entrega con la inmovilidad de Jeremy, que parece relativamente poco afectado por la marcha de su nueva compañera, y el viaje casi cartesiano y ejemplar de Elisabeth que busca metódicamente la mejor manera de poder volver a amar. En este sentido, la voz en off y las indicaciones temporales no hacen más que aumentar la sensación de cuento edulcorado y simplón donde el amor acabará triunfando de la mejor de las maneras posibles. Todo esto disminuye notablemente la angustia y el extremismo que definían las relaciones amorosas de las primeras obras de Wong Kar-wai al tiempo que desaparece la complejidad narrativa de sus dos últimas propuestas cinematográficas (Deseando amar y 2046).
La apuesta de mise en scène ya no privilegia la visión exótica sino que aspira a reapropiarse la extrañeza de un lugar desconocido por lo que el relato recurre a una lista casi arquetípica de imágenes y escenas estadounidenses. No faltan los referentes estilísticos que han hecho del director asiático uno de los maestros de estos últimos años pero no son capaces de fagocitar con éxito unas imágenes desgastadas para conseguir transmitir su visión personal. Si algunos ambientes parecen naturales (como el bar o el restaurante donde trabaja Norah Jones), otros dejan ver los andamios que han permitido su colocación, como si el cineasta hubiera perdido la partida contra un imaginario demasiado profundo y poderoso. La elección de las ciudades no es el menor de estos estereotipos pero se puede pensar, sobretodo, en la escena del motel o en el “viaje” en descapotable con las montañas de fondo. Innumerables ejemplos de escenas quizás justas pero demasiado groseras y que hacen de My Blueberry Nights una obra redonda, agradable, de acceso fácil pero a la que le falta justamente una cierta aspereza y profundidad visual y temática.
Como dice paradójicamente Roland Barthes en Mitologias a propósito del gigante asiático “China es una cosa y la idea que nos podemos hacer de ella (…) es otra”. Puede que Wong Kar-wai consiga eso: transmitir la idea que nos hacemos de un país. Pero falla donde otros han conseguido transmitir realmente el país. Se podría decir que, en este film, a Wong Kar-wai le ha faltado errar más. Errar como andanza o deambulación casi poética en busca del vacío norteamericano (como sus predecesores ya citados o Gerry de Gus van Sant) y errar para encontrar unos planos más humanos, más auténticos y alejarse de una propuesta en ocasiones un poco edulcorada y relamida.
Hay que reconocer que el cineasta asiático afronta con sinceridad el lado más auténtico de la vida norteamericana y que el reto no es sencillo. Pero la impresión latente resulta una suerte de capitulación antes de tiempo a la que no nos tiene acostumbrados. Cineasta del “no dicho”, de la insistencia y la repetición, abandona en parte su fuerza en este viaje iniciatico de Elisabeth. Aunque el cine nunca sea cuestión de números, sorprende que la historia únicamente narre dos episodios decisivos y, sobretodo, falte una cierta dilación, una observación, una seguridad que hace del cine de Wong Kar-wai un arte del desgaste y de la visualización de los cimientos. Sin ser ininteresantes, las aventuras de Sue Lynne (Rachel Weisz) y Leslie (Natalie Portman) no distan mucho de las que se pueden encontrar en innumerables rincones del mundo.
Con felicidad encontramos de nuevo su virtuosismo fílmico cuando la protagonista regresa a Nueva York para aclarar la relación que había nacido meses antes de su viaje iniciático con Jeremy, su camarero favorito. En cierto modo, filmar una gran ciudad parece un asunto más sencillo por su carácter universal y un tanto impersonal.
My Blueberry Nights produce la impresión de un experimento dejado a medias en el que la elegancia y el acierto en el guión aparecen en ciertas fases de la película sin llegar a dominarla del todo. Una bella pero académica recapitulación estética que llama a gritos un punto y aparte para el futuro.
Enviado el 14 de Noviembre. << Volver a la página principal << |
