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Noviembre 18, 2008

Pero, ¿qué pasa? - Fernando Castro Flórez

Originalmente en | abc.es | ABCD

janFabre-u.jpgDa la impresión de que a algunos artistas les gustaría convertirse en delincuentes. Chris Burden disparó a un avión con un revolver y puso con decisión el cuchillo en el cuello de una presentadora de televisión.Acconci siguió por la calle a gente con inquietantes intenciones, y Francis Alÿs ha salido por ahí con un revólver en la mano. Mucho antes que ellos, concretamente en 1923, Duchamp hizo una de sus elementales pero envenenadas piezas: Wanted $ 2,000 Reward, su autorretrato sobre un montón de alias, el último de los cuales no es completamente desconocido: Rrose Selavy. Con todo, los crímenes del «padre» del ready-made están marcados por la ironía y son, más que nada, juegos lingüísticos, mientras que el realismo conflictivo de finales del siglo XX ha introducido la táctica de la cruda brutalidad.

Raciones de abyección. Desde sujetos con vocación de capataz a aquéllos que juguetean regresivamente con el tabú, hasta literalistas en la estela de la estrategia del reality show, o desnortados que aún confían en la «provocación», recibimos cada vez con más inercia raciones de abyección, flagelaciones múltiples y delitos que, obviamente, se sustraen al juicio, especialmente al de la ética. Afortunadamente, cuando Jan Fabre decide mimetizar a Jacques Mesrine, un criminal famoso por su prodigiosa capacidad para fugarse, no está recurriendo a la retórica de lo «terrorífico», sino desplazándose por un dominio humorístico.

The Escape of the Artist es la exposición de tono más burlón de cuantas ha realizado Fabre, que tiende a una teatralización en la que hay habitualmente más drama que comedia. Da la impresión de que este proyecto funciona como un contrapeso de su extraordinaria intervención en el Museo del Louvre, titulada L?Ange de la Métamorphose que reseñamos hace meses. En ese espacio histórico decidió realizar una performance que consistió en recrear a Mesrine, el escapista denominado por la Prensa «El hombre de los mil disfraces». Fabre demuestra una dotes de actor extraordinarias, dando voces, delirando sudoroso, paseando entre el público estupefacto.

El arte me hizo libre. Con una serie de pelucas bodriosas, adopta las personalidades del ladrón, asesino y contrabandista que confiesa sorprendentemente que el arte le ha mantenido fuera de la cárcel. Repite obsesivamente «I will scape»; corre como un desesperado por las salas; pregunta como si fuera un detective «¿qué está pasando?»; se abraza a mujeres francamente desconcertadas; quiere bailar o pide que le cacheen porque lleva armas. En algunos momentos, afirma lacónicamente que tal vez lo que la gente está contemplando es un «accidente» o algo «extraño». Esa comedia «sin estilo» ejecutada por malos actores tiene por objetivo buscar un resquicio para salir y, acaso, escapar de la vigilancia de la cámara. Cuando finalmente sale a la explanada, cerca de la pirámide de cristal, resulta que lo único que quería era fumarse un cigarrillo.

Violencia cotidiana. La violencia no es ya necesariamente algo misterioso (vinculado a la regresión y al arcaísmo); ni siquiera podemos hablar de ella en términos de invisibilidad. Antes al contrario, se trata de un espectáculo cotidiano, surtido en grandes dosis por la televisión. Lo obsceno termina por ser el núcleo mediático. Hay un afán por revelar, cueste lo cueste -vale decir: nada-, lo privado en un desbordamiento de los impulsos cotillas. Todo se desliza hacia la diversión; la vida está escenificada -como nos recuerda Shakespeare en Macbeth- por idiotas. Jan Fabre no quiere dar ninguna lección teórica, ni suministrar supositorios de «radicalismo» o camuflarse como si fuera uno más de la resistencia o del radicalismo subvencionado. Al contrario, en su estricto camuflaje asume la condición del bufón, alegorizando su ingreso en el Museo Histórico como una «broma» que le permite evitar las excusas o la retórica de la mala conciencia.

En una serie excelente de autorretratos, dibuja su metamorfosis en recluso de distinto signo: del neonazi al tarado; del hiperviolento al visionario; del aparentemente angelical al satánico descarado. En medio de esa inquietante galería de «monstruos», una escultura con cuatro gestos que van del alarido a la lengua sacada burlona. Aquí la fisiognómica del criminal pasa también por el detalle sórdido de la dentadura de plata, como si todo en este ser metamórfico fueran prótesis y vestigios del delirio. Adam Phillips señaló, en su maravilloso libro sobre Houdini, que podemos huir hacia la duda o escapar de ella. Estos dos gestos coexisten en nosotros y no siempre es fácil separarlos: «Y aunque nunca se encuentren en estado puro, nuestra manera de vivir hace patente que tendemos a ser artistas de la fuga de una u otra especie».

Sin moverse del sitio. Fabre, un maestro absoluto de las metamorfosis y de la zoología fantástica, escapa de los exorcismos macabros del arte terminal contemporáneo sin moverse en realidad de su sitio. Él no es otro epígono de la frustración cultural, ni un abducido por la «estética» del matadero. Se dirige descaradamente a la cámara en su performance y desvela su arte escapista: «No ideas, no intenciones». Los merodeadores de las galerías clásicas, parte del cortejo turístico de la desolación, ni se indignan cuando ese tipo lanza sus frases dubitativas: «What?s happening?». Este socarrón lo sabe y, por ello, se ríe mordiéndose la lengua. Una vez más -autorretratado- a la manera duchampiana.

Enviado el 18 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

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