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Noviembre 17, 2008
Pianista blanco - Alberto Savinio
Originalmente en Laberinto
La elegía por la muerte del pianista polaco Ignacio Paderewski y el recuento y la remembranza de los desastres que con el tiempo se acumulan en el cuerpo, son dos muestras de la Antología Cuento italiano del siglo XX.
La luna estaba suspendida sobre la ciudad apagada y silenciosa. Su claridad avanzaba sobre el piso de mi estudio, como una leve marea. Pasó por entre las patas del escritorio. Lamió las conchas y las volutas talladas de los brazos del sillón. Se detuvo al pie del piano. Entonces…
Entonces los pedales centellearon. El viejo piano levantó su enorme labio negro sobre la dentadura amarillenta, como un asmático que masticara un poco de aire, y desde el fondo de su tórax las cuerdas lanzaron un lamento muy triste que se propagó largamente en la mórbida paz de la noche.
El verano es funesto para los que él debería proteger más amorosamente en su calor oculto. Mucho más amistoso es el invierno. Los seres más queridos se me han muerto durante el verano. ¿Qué habría ocurrido?
Cuando los niños lloran mientras duermen es señal de que un niño ha muerto en alguna parte del mundo. Pero ¿qué pasa cuando un viejo piano se lamenta mientras duerme?
Eso mismo pensé cuando los cañones alemanes dispersaron en Varsovia el corazón de Chopin; lo que pensó Dionisio el Aeropagita al ver que el cielo de Oriente se ennegrecía. Y, de modo mecánico, encendí el tocadiscos, saqué un disco de su funda y lo puse con todo cuidado sobre la felpa del platillo, que comenzó a girar como un demente.
La luna trepaba por las piernas robustas y enanas del piano, semejantes a pirámides invertidas, firmes sobre sus patas rodantes. Subía por la lira que sostiene los tres pedales. Del rumor del disco que giraba nacieron, como engarzadas en plata —si sol, fa sol fa, mi—, las notas líquidas, azules y redondas del Nocturno en mi bemol mayor de Chopin. El suspiro tan contenido, tan lleno de corazón del Nocturno No. 2. Esa melodía que me persigue desde el oscuro fondo de mi infancia. Ese tema ya cansado, molesto y enfadado por tantos dedos inexpertos, por tantos dedos torpes y arpegiantes que lo han convertido en una cantilena, una verdadera lata. Pero esa noche, no sé por qué, volvía a ser de nuevo como algo inaudito y engendrado en ese preciso momento por el regazo de la noche.
Continuaba el canto del Nocturno. Cada nota se prolongaba en una despaciosa vibración debida a un pedal perfectamente dosificado —paraíso de los “retardando” insufribles del pianista que “siente”—, libre del nauseabundo columpio entre canto y acompañamiento, tan nítido en sus pequeñas notas, tan obediente en los minúsculos arpegios, sobre los cuales el tema vuelve a asomar su cabecita luminosa, tan lleno de gracia virginal en sus grupitos, en sus bocadillos sonoros, en sus voladitas; y al llegar al fortissimo do bemol, que se demora en el si bemol de la dominante y anuncia el final, el sonido se amortiguó de golpe; luego, desde el fondo de los agudos, nació clarísimo, infantil, un trino de cuatro notitas, se hinchó en un inmenso crescendo, recorrió todo el teclado como una Vía Láctea, y el Nocturno acabó con unos cuantos acordes de una modestia y una resignación ejemplares.
¿Cómo era posible que un disco produjera esa noche un sonido tan real y tan vivo?
Miré el cuadrante del tocadiscos… Estaba apagado. La luz de la luna llegaba ya hasta el teclado. Bañaba el atril.
El atril estaba vacío.
¿De qué hubiera servido la música escrita?
El pianista tocaba de memoria.
El pianista blanco.
Mi primera preocupación fue la de que se sintiera incómodo en mi banco giratorio, de
que echara de menos su asiento especial, acorde a la altura del teclado.
Pero no vi ningún banco bajo el ilustre trasero. Alguien lo había empujado hacia un rincón.
El pianista blanco, no obstante, estaba cómodo y tranquilamente sentado, quizás inclinado hacia delante más de la cuenta, cansado.
En el vacío.
Los bordes del amplio saco colgaban a ambos lados. Los pies se apoyaban levemente en los pedales. La corbata también era blanca, flojamente anudada en torno al cuello. Sutiles y largos cabellos chorreaban de lo alto de su cabeza en forma de pera, ocultando las orejas, como a la orilla de un lago los sauces esconden un templete neoclásico. Los blancos bigotes se plegaban sobre los labios, se introducían en la boca, como si el pianista se nutriera de su propia pelambre. En el largo cuello de gallinazo desplumado listo para el caldo, dos cuerdas le salían bajo el mentón para hundirse en los huecos que formaba el cuello duro, las cuales comandaban evidentemente los movimientos de la cabeza. Arrugas, bolsas repletas de grasa de gallina y los párpados colgantes le obstruían por todas partes aquella poca de luz clara que había en el fondo de sus ojos, parecidos a minúsculos lagos alpestres devorados, poco a poco, por las avalanchas. La mirada era ceñuda pero no alarmante, frente ancha de gran armario, sino únicamente sueños: los sueños infantiles que son los sueños de los pianistas.
Después de tocar el Nocturno en mi bemol mayor, el pianista blanco tocó el Nocturno número cinco en fa sostenido mayor: esa larga pregunta a la que nadie responde salvo un leve murmullo de arpegios. Luego, sin hacer una gran pausa, la Mazurca en do sostenido menor y el Vals opus 64, también en do sostenido menor. Y a continuación, tras una breve pausa, tal vez intencionalmente, la obra Aufschwung, Levantando el vuelo. En fin, con una frescura que le devolvía a todas las obras su nativa jocundidad, el pianista blanco tocó también la Campanella de Paganini-Liszt, y, cuando en el trino agudísimo volvió a sonar el tema argentino de la esquila con sus dobles notitas de cristal, la estupidez divina, la boba sonrisa de los dioses empezó a brillar en la noche, encrespándola de luz.
Se extinguió la última nota. El piano bajó lentamente su enorme labio negro, en silencio. También la luna y su marea baja abandonó el estudio, saliendo por la ventana, y se fue por los tejados de la ciudad apagada y silenciosa.
Quise levantar la tapa del teclado. Fue inútil. El labio superior estaba unido con fuerza al labio inferior.
Levanté al ala del viejo piano. Hundí la mirada en sus vísceras negras, fatigadas de tantos sonidos.
Ningún brillo en las cuerdas. Sólo el vacío. Una oscuridad infinita.
A la mañana siguiente, leí en el periódico que la noche anterior, la última de junio, había muerto Ignacio Paderewski en Nueva York.
Conservo este viejo piano con su teclado cerrado para siempre, el mismo que esa noche tocó el pianista blanco. Me gustaría deshacerme de él. Pero ¿quién se llevaría a casa un piano que en su tórax ya no guarda sino la tiniebla de la eternidad?.
Enviado el 17 de Noviembre. << Volver a la página principal << |
