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Noviembre 22, 2008
Votos de riqueza - Pablo Perera Velamazán
Sobre Votos de riqueza. La multitud del consumo y el silencio de la existencia, Ignacio Castro Rey. Madrid 2007
Se trata de hacer un libro como una “deriva”. No pasearse por el mundo que nos toca con el fin de encontrar las condiciones de nuestra experiencia presente. Sino, al modo del situacionismo de Guy Debord, emplearse en un paseo rápido por nuestros espacios urbanizados, dejándonos guiar por las atracciones del terreno, como si con ello se volvieran a descomponer y recomponer, en una suerte de creación segunda carente de intención, los hábitos establecidos, más allá de cualquier condición. Es en este sentido que Ignacio Castro se aproxima en la continua deriva que es esta obra a los diferentes modos a través de los cuales nuestro mundo se presenta, donde el mundo mismo y nuestra existencia que lo acompaña devienen consumibles para un deseo que, siempre separado de sí, se bifurca en infinitos brazos que mantienen (el) todo a la justa distancia que impida que nos pueda alcanzar.
Desde la prohibición del humo y del alcohol a la artistización de nuestro mundo donde todo, incluida nuestra vidas y sus cuerpos, son objetos susceptibles de diseño y de consumo, transitando también por los reinos de las marcas, de la alimentación envasada, de los materiales de nuestra permanente desconstrucción, así como por las nuevas formas desterritorializadas del ecologismo, del trato con la infancia y la juventud, con nuestra siempre futura ancianidad, para acabar con la dialéctica que vincula al sexo con la obscenidad y el puritanismo. Todo ello en el exacto sentido en que debe ser medida la creación de una “situación construida” al modo debordiano, es decir, despojada de las resoluciones culturales del pensamiento, de su comprensión como un momento reflexivo privilegiado, que pretenda dotarnos de una experiencia más rica y elaborada de nuestro vivir. El propio Ignacio Castro lo sugiere: “la crítica ha de corroer los perfiles de la reificación actual para al mismo tiempo ser solidaria con su objeto, acompañándolo en su crisis, que es la nuestra” (pág.18). Es en este sentido que este libro se presenta como una deriva, incapaz de recorrer nuestro mundo desde el punto de vista de alguna perspectiva privilegiada que dirija sus pasos hacia el acaecer de un juicio determinante que afirme lo que nos pasa para abrir el camino de la reflexión acerca de lo que nos tendría que pasar.
“Todo el mundo va al supermercado, lee revistas, tiene un televisor, un contestador automático... No consigo superar este aspecto de las cosas, escapar a esa realidad; soy terriblemente permeable al mundo que me rodea”, afirma Ignacio Castro haciendo suyas unas palabras de Houellebecq. La verdadera naturaleza de esta deriva crítica sólo puede ser comprendida, al contrario, a través del proceso de autodestrucción de nuestra cultura en su propio nombre, así como a través del paso de la vida por la experiencia del nihilismo, que no es sino la pérdida de la experiencia. Siendo solidaria con su objeto, acompañándolo en su crisis, hemos leído hace un momento. Y sólo así el paseo devenido deriva excede la economía negativa del juego representativo de la ausencia y la presencia que se resuelve en la proposición de una forma de vida más auténtica que se haga cargo de una cierta condición humana.
El derivista, Ignacio Castro en este caso, en su pasearse por nuestros espacios y entre nuestros objetos, siempre reificados por las estrategias del diseño, topándose con nuestros cuerpos, con la pérdida del sentido de sus edades y de la diferencia sexual, con su deseo hiperrealizado en las diferentes formas de la obscenidad, se expone en una experiencia que no pasa ni puede pasar por el teatro de la identidad. Sólo en este sentido es carencia de experiencia, despojada de cualquier resolución experimental que la positive, la pobreza de la experiencia en que nuestro mundo se precipita, como diría Walter Benjamín. De ahí que todas las afirmaciones contenidas en el texto acerca de un trato no reificado con la existencia, que se presentan como el punto de fuga de cada una de sus derivas, sean a lo sumo afirmaciones no positivas que devienen inasibles a toda asignación de esencia. Porque, como ya ocurría con Debord, en el proceso de la deriva lo que antes que nada pone en juego es la propia vida como un movimiento inmanente que coexiste sin coincidir nunca con la vida individual, determinada social e históricamente, que también todos somos y que nos hace pertenecer a un mundo.
Mundo diseñado, mundo consumible, mundo virtualizado, acorazado contra el estallido y el astillado de lo “real”, que Ignacio Castro describe implacablemente, para exponiéndonos asediados por sus estrategias rizomáticas de control, sin embargo, poder asistir y asistirnos del movimiento inmanente que es nuestra vida que sólo se expresa como un existir empobrecido, carente de esencia. Y sólo así, en este vértigo de la inmanencia, que es el vértigo de la deriva, haciéndonos sensibles y receptivos a la psicografía existente de un ambiente urbano cualquiera, de un cierto trato con los objetos y con los cuerpos, con el espacio y el tiempo, se recompone el ser habituado que siempre devenimos en la contingencia absoluta de su singularidad, entre el individuo que somos y la vida que no nos pertenece. Porque, en definitiva, frente a los “votos de riqueza” donde se desfundamentan los haceres de nuestro mundo devenido postmoderno, esta pobreza de la experiencia que con ellos más que nunca se pone al desnudo, tal vez permita apuntar, pero sólo apuntar, a una noción de “uso” de nuestra existencia que, carente del sentido de la propiedad, esté vinculada, al contrario de lo dicho, a “votos de pobreza” que, desde los escépticos clásicos hasta los franciscanos, son postulados como un arma de resistencia frente a una cierta comprensión de la civilidad que nos quiere obligar a todos. De la pobreza de la experiencia a la experiencia de la pobreza. Después de la lectura de un libro como éste que no queden dudas de que en el mundo todo permanecerá igual. Es cierto, sólo que despojado de su identidad, y ésta, como bien sabemos, es la única transformación que podemos esperar y que esperamos.
Enviado el 22 de Noviembre. << Volver a la página principal << |
