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Diciembre 01, 2008

Anish Kapoor, en cuerpo y alma - Laura Revuelta

Originalmente en abc.es | ABCD

gran_kapoor-u.jpgExiste un reducido club de artistas contemporáneos cuya presencia y obra es requerida en medio mundo, en los espacios públicos y museos más punteros. Con ellos se ha llegado a crear la misma sensación que con los llamados arquitectos estrella dispuestos a estampar su nombre en una larga lista de ciudades ansiosas por entrar en las enciclopedias de arquitectura que, a gran tamaño y cuidadas fotográficamente, se editan en nuestros días. Cuando uno se topa aquí y allá con estos creadores o con sus obras, cuando recibe continuas noticias de sus inauguraciones y presentaciones, surge la inevitable pregunta por saber cómo y cuándo estos reputados artistas o arquitectos se encierran en sus estudios. Sin más ni menos abalorios mediáticos alrededor.

Gloria terrenal. El artista anglo-indio Anish Kapoor es uno de ellos: de los creadores contemporáneos tocados para la gloria terrenal en estos momentos. No vamos a detenernos más de dos líneas en comentar la continua presencia de su obra en las ferias de arte de postín, lo cual equivale a decir que las colecciones más ambicionas tienen o aspiran a contar con sus trabajos. Algunas líneas más dedicamos a referir los grandiosos proyectos que ha realizado para espacios públicos de Chicago, Nueva York, Tokio, Jerusalén... Apenas vamos a entrar en los museos que también han solicitado sus proyectos, tal es el caso de la Tate Modern, donde trabajó para la Sala de Turbinas, y el Guggenheim de Berlín, donde actualmente está rematando una de sus gigantes nubes de espejo. Y a la vez ha realizado esta pieza para Murcia, para la sala Sharq al-Andalus del Convento de Santa Clara, a cuya presentación no ha acudido porque él, creo que más que nadie, se ha dado cuenta de que no disfruta del don de la ubicuidad, lo que equivale a parar en algún momento para reunir todas las energías en un punto y porque sabe que, al final, todas ellas pueden fluir libremente. Todo esto forma parte de la espiritualidad de sus proyectos, de cómo el artista puede estar presente en cuerpo y alma.

Oscuro y profundo. Sean de gigantescas proporciones o pequeñas, se expongan en un espacio público, en un museo o en una sala comercial, sus obras no nos decepcionan aunque acudas temeroso ante los inconvenientes de cada uno de los ámbitos donde se hayan ubicado, bien por la grandiosidad del lugar o por las especulaciones monetarias que puedan generar como música de fondo. Siempre hay un punto en el que la obra de Kapoor ha atrapado todas las energías, las ha succionado y concentrado en una de esas cavidades oscuras y profundas.

El Islamic Mirror que presenta en Murcia ya de primeras ha de seducirnos por su discreción. Venimos saturados de la espectacularidad de cúpulas y catedrales contemporáneas, de que nos cuenten que, precisamente, esa espectacularidad con las bocas abiertas mirando el cielo es la que ha de acallar todas las críticas sobre el arte y los artistas, para refugiarnos en esta pequeña pieza de Kapoor, que también es maestro del gigantismo creativo pero que, como él mismo afirma: «la escala es una cuestión de significado y no de tamaño». Si pasamos de corrido el argumento, tan cierto como manido, del cruce de culturas y religiones, de la posible convivencia entre ellas, que se produce en esta sala Sharq al-Andalus y en el convento de Santa Clara, donde viven ocho monjas clarisas entre el ruido del agua de la alberca y todo tipo de restos de arquitectura islámica, Islamic Miror es un prodigio de algo que podríamos definir como espiritualidad científica. Volvemos al pasado, ya no al cruce religioso, sino a las tradiciones árabes y de la antigüedad donde una suerte de humanismo universal fluía en el arte, en la arquitectura, en la literatura, en la creación. Islamic Mirror no es más que es un espejo cóncavo (forma característica en la obra de Kapoor), que no es liso (como suele ser habitual en sus trabajos), integrado por cerca de cinco mil espejos (a modo de las teselas de un mosaico) con formas octogonales y cuadradas. El conjunto tiene dos metros y medio de diámetro. Podemos dar detalles de galería de curiosidades matemáticas, como que cada uno de estos pequeños espejos está cortado con un láser especial que solo existe en Japón, que ninguna de estas piezas puede tener la más pequeña mácula para que no se altere el efecto visual y, por ende, espiritual...

Lugar en el Cosmos. Situados frente al Islamic Mirror tu imagen se multiplica y fracciona hasta el infinito suspendido en un vacío espacial, en un cúmulo de sensaciones que, evidentemente, son propias e intransferibles. A partir de este punto, cada uno podría escribir las suyas. Por eso la escala de la obra no importa ni si el lugar es más o menos público, a expensas de las miradas de incontables transeúntes, como ha ocurrido en otros de sus proyectos situados en plena calle. Valga como apunte que antes de elegir esta recogida ubicación se pensó otros muchos lugares de la ciudad. Al cabo, se trata de una intervención pública, algo tan afín al arte contemporáneo, en general, y a Kapoor, en particular. De la posible multitud se pasó al recogimiento de esta sala, de nombre y reminiscencias poéticas, donde el espectador se convierte en el «centro del mundo», como apunta Rosa Martínez, donde el hombre recupera su lugar en el cosmos entre el agua, el cielo y la tierra. Kapoor en esencia.

Enviado el 01 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

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