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Diciembre 01, 2008
Extraterritoriales en la/s H/historia/s - Alejandro Díaz
Originalmente en Contrapicado
El abogado del terror /L'avocat de la terreur
Barbet Schroeder, 2007
Un cartel al principio de la película nos informa de que nos hallamos ante la presentación, sujeta evidentemente a las apreciaciones y testimonios de los participantes en el documental, del punto de vista personal de su director, Barbet Schroeder, sobre la figura del abogado Jacques Vergès, personaje (relativamente) famoso por aceptar la defensa de una serie de casos y personas que fueron casi unánimemente considerados, sin discusión, como “monstruosos” por la opinión generalista, con el caso paradigmático, por reciente y archiconocido, de Slobodan Milošević, a quien Vergès se ofreció a defender en 2002, oferta que fue rechazada por el ex-presidente de Serbia. Si consideramos únicamente lo anterior, nos encontramos sin duda ante un proyecto que entrañaría, a priori, el peligro de caer en el sensacionalismo, en la búsqueda del morbo, teniendo en cuenta el historial laboral del aquel cuyo apodo da título al film. Una vez visionado éste, constatamos que la labor de Schroeder va por caminos que nada tienen que ver con el oportunismo y su búsqueda pretende y consigue avanzar en todo momento más allá de lo meramente coyuntural.
El abogado del terror es una propuesta que no llama demasiado la atención en su construcción, que consiste, a grandes rasgos, en una serie de testimonios “actuales” (el copyright del film data de 2007) de Vergès así como de diversos personajes relacionados con su vida, y entre ellos se intercalan todo tipo de documentos visuales y/o sonoros, tanto de cosecha propia como ajenos, así como numerosos recortes de prensa de otras eras. Sin duda la iconografía desplegada por el film resulta aplastante, y se puede considerar como rigurosa y elegante, en el sentido de que evita los ganchos jackasseros de algunas películas de Michael Moore o Morgan Spurlock, o las estridencias formales de los recientes documentales políticos de Oliver Stone. Pero más allá del lado periodístico de su trabajo (que puede pecar de tener un metraje excesivo y una densidad agobiante por momentos), Schroeder consigue añadir un sesgo personal que aflora a medida que el film avanza.
Una de las mejores decisiones tomadas por el director es, a mi modo de ver, la de centrar la mayor parte del film en los primeros años de actividad pública de Vergès. En ese sentido, estamos ante una película de gran valor didáctico en tanto que recupera para el espectador de hoy la memoria documental de una época marcada por conflictos ideológicos (con las fricciones político-culturales entre Europa y África como asunto recurrente) que parecen haber sido borrados por completo, de los que los espectadores comunes apenas tenemos un puñado de datos sueltos. El trabajo de Schroeder conecta así con sus inicios en el cine, como crítico de Cahiers du Cinéma y colaborador con muchos sonoros nombres de la Nouvelle Vague. Aunque no podemos dejar al lado el recuerdo de la obra de Jean Rouch, de quien Schroeder fue productor, la sombra de Jean-Luc Godard, con quien Schroeder también colaboró en su día, planea sobre las imágenes de El abogado del terror, particularmente la de películas como Nuestra música (Notre musique, 2004). En aquel film, Godard llevaba a cabo un proceso dialéctico con objeto de ofrecer el contraplano a ciertos hechos que son presentados por los medios de comunicación masivos de manera monolítica, cerrada, engañosa. La película de Schroeder indaga en la Historia, con mayúsculas, del siglo XX, para terminar desembocando en el presente, pues de algún modo glosa la progresiva conversión del término “terrorismo” en un concepto cada vez más presente en la llamada “opinión pública” y hoy en día insoportablemente sobado, deformado y utilizado como coartada oportunista, sobre todo después del 11-S. Destaca, a este respecto, el modo en que El abogado del terror se atreve a constatar la dificultad de establecer enjuiciamientos históricos inequívocos en una época, la actual, en la que ideas como las del mencionado “terrorismo” parecen no admitir ninguna matización entre la mayoría.
Pero, pese a la evidente condición documental del film, también nos encontramos con el retrato de un personaje, Jacques Vergès, sumamente intrigante y contradictorio. Su historia personal se entremezcla con la Historia general en un argumento que tiene no pocos agujeros negros. La construcción (inevitablemente parcial) de una personalidad como la de Vergès le revela como un individuo inconformista e imposible de etiquetar, que incluso disfruta jugando con el personaje público que ha creado a lo largo de su vida. A mí me recuerda, aunque no tenga nada que ver en lo ideológico, a algunos personajes (re)creados por Orson Welles, como Charles Foster Kane o Mr. Arkadin (o, finalmente, el propio Welles). En un instante del film, Vergès declara, al hilo de ciertos atentados, que le horrorizan los mutilados que hayan podido provocar, pero no tanto las víctimas mortales, ya que «todos tenemos que morir». En otro, recuerda la famosa anécdota en la que, preguntado sobre si defendería a Hitler, contestó que «incluso defendería a Bush, pero sólo si aceptase declararse culpable». Vergès perteneció al partido comunista, trabajó en el ministerio de asuntos exteriores argelino y fundó una revista maoísta en Francia, pero también defendió en los años 80 a criminales nazis como Klaus Barbie. Entre 1970 y 1978 entra en la clandestinidad, y nadie sabe a ciencia cierta cuáles son sus dedicaciones, de las que sólo se nos ofrecen algunos datos inconexos dignos de un thriller de espionaje. Además, alude a su ética como letrado para negarse a revelar ciertos datos, pero por otro lado rompe todas las reglas (la «línea blanca» de la que él mismo habla en las postrimerías del film) cuando decide casarse con una de sus más famosas clientas, Djamila Bouhired, miembro del Frente de Liberación Nacional de Argelia acusada de un delito de terrorismo. Por otro lado, algunos testimonios aseguran que Vergés siempre fue, pese a sus apariencias comprometidas, un bon vivant empedernido…
Estamos ante un juego de máscaras wellesiano, en efecto, y el interés (no me atrevo a escribir “identificación”, aunque sospecho que ésta se produce) de Schroeder por un personaje como Vergès puede explicarse fácilmente si repasamos brevemente su trayectoria como director, pues tiene un historial también escurridizo que no es fácil acotar y que a veces resulta incluso desconcertante. En su filmografía, que incluye un documental fechado en 1974 sobre el dictador de Uganda Idi Amin Dada, conviven, por poner algunos ejemplos, labores como productor de numerosas obras de Eric Rohmer, como director de proyectos de bajo presupuesto como La virgen de los sicarios (2000) –ambientada en Colombia, país bien conocido por Schroeder-, como firmante de un thriller con Sandra Bullock (Asesinato 1,2,3... [Murder By Numbers, 2002]), o como actor en diversos films (verbigracia Marte ataca [Mars Attacks!, Tim Burton, 1996]; o Viaje a Darjeeling [The Darjeeling Limited, Wes Anderson, 2007]). Schroeder atraviesa la historia del cine (que, como viene advirtiendo Godard, también puede considerarse la Historia a secas) en la segunda mitad del siglo XX de un modo bastante peculiar. Además, tanto él como Vergès nacieron fuera de Francia, pese a estar innegablemente ligados a ese país: Schroeder en Teherán (Irán), mientras que el abogado lo hizo en Tailandia. En conclusión, podríamos decir que El abogado del terror supone un fértil encuentro (que tiene la virtud añadida de ser, y aquí me refiero a la labor de Schroeder, bastante más modesto de lo que podría haber sido) entre dos personalidades definitivamente extraterritoriales, incunables, a través de la Historia de las últimas décadas, atravesada por la historia individual de cada uno de ellos. A decir verdad, no creo que encontremos demasiadas propuestas últimamente en nuestras carteleras capaces de encajar en una descripción semejante.
Enviado el 01 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
