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Diciembre 05, 2008
La caída del hombre: (el poder simbólico de la imagen) - María Virginia Jaua
El hombre del salto
Don DeLillo
Alfaguara 2008.
La novela más allá del acontecimiento
Tan pronto como terminé de leer “El hombre del salto” quise recomendársela a todo el mundo y en especial a una amiga que vive en Nueva York y que en su tiempo libre se dedica a observar todo tipo de personajes y actitudes ligadas a la ciudad. Le dije “acabo de leer una novela de Don DeLillo, sobre el 11 de septiembre, lo mejor que he leído en mucho tiempo. La tienes que leer”. Para mi sorpresa ella no demostró mucho entusiasmo y me confesó estar harta del tema y de tantas elucubraciones que a final de cuentas no habían conducido a nada. Cambié de tema y más tarde pensé que quizás no había sabido transmitir mi lectura de la novela y que por esa causa el autor había perdido un posible buen lector.
Pero ¿El hombre del salto es realmente una novela sobre el 11 de septiembre? Parece que no, o no solamente. El hombre del salto es más bien una novela sobre las consecuencias del ataque al World Trade Center, el primer acontecimiento de destrucción transmitido en tiempo real y a una escala globalizada, en las vidas de la pareja que conforman Keith y Lianne y de su hijo Justin, una familia de clase media americana que para ese momento ya estaba sumida en un proceso de desgaste y sin rumbo.
La escena con la que abre la novela nos presenta a Keith, un abogado al que le ha sorprendido el primer avión en su oficina dentro de una de las torres y que logra salir a la calle antes de que éstas se desplomen:
“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches.
El estrépito permanecía en el aire, el fragor del derrumbe. Esto era el mundo ahora. El humo y la ceniza venían rodando por las calles, doblando las esquinas, arremolinándose en las esquinas, sísmicas oleadas de humo, con destellos de papel de oficina, folios normales con el borde cortante, pasando en vuelo rasante, revoloteando, cosas no de este mundo en el fúnebre cobertor de la mañana. Llevaba traje y maletín. Tenía cristal en el pelo y en el rostro, cápsulas veteadas de sangre y luz.”
De pronto, al comprender que ha sobrevivido a una catástrofe de magnitudes que todavía no alcanza a medir este hombre llamado Keith se dirige a la casa de su ex mujer y de su hijo Justin. Es así como una familia que se había disuelto a causa de un debilitamiento de sus lazos afectivos se ve de pronto reunida gracias al impulso de inercia producido por el ataque más que a la fuerza de la convicción. Esta recomposición familiar no llega a funcionar, el impacto del acontecimiento y la salvación del padre de familia no logran borrar del todo los efectos de la separación por la que ya habían pasado, sin embargo logra algo: problematizar el problema, haciendo que la mujer y el hombre adquieran la conciencia de que deben encontrar algo más que les de un sentido y un propósito a sus vidas.
Sin saber por dónde comenzar la reconstrucción y cómo restituirle un sentido a su existencia Keith y Lianne se lanzan a la búsqueda. Keith retoma su afición al póquer y comienza a recorrer torneos y casinos, como si sólo el azar pudiera revelarle alguna pista; mientras tanto Lianne se dedica a dirigir talleres de escritura con un grupo de enfermos de alzheimer, en una doble búsqueda: la de comprender el suicidio del padre aquejado por la misma enfermedad y la de intentar restituir la memoria a los enfermos, y que esas memorias que se pierden a cada instante logren salvarse. Pero fracasa, quizás a función de la memoria es olvidar ahora aún más. Ninguno de los dos logra alcanzar de los objetivos, o por o menos no dentro del estricto espacio de la novela, quizás en otra parte.
Por su parte, Justin, el niño de nueve años y sus amigos, no escapan a la onda expansiva de las consecuencias y bajo el atractivo efecto del acontecimiento: se reúnen a escondidas para escrutar obsesivamente el cielo con unos binoculares buscando captar “in fraganti” a “Bill Laugthon”, tal vez en busca de sorprender al artista que reproduce la escena de los desesperados que se lanzaron al vacío ante la imposibilidad de salvarse. Como lectores no sabemos cómo los adultos han presentado los hechos a los niños, pero no deja ser desconcertante cuando ante la conversación sobre el tema el niño niega que las torres ya no estén.
Partir de una imagen
Todo el poder simbólico de la imagen es concentrado por DeLillo en la intervención artística del personaje del performer, un misterioso artista callejero, llamado David Janiak, que tras los atentados comienza a aparecer en los puentes y edificios de la ciudad para dejarse caer al vacío, sujeto por un arnés, y vestido con traje y corbata, como la víctima del 11-S de la famosa foto de Richard Drew, “the falling man” la cual fue censurada de inmediato en los Estados Unidos y que con la misma intensidad con la que fue prohibida se divulgó en un efecto de clonación masiva en internet, y que incluso dio origen a un documental en el que se intenta reconstruir la identidad del hombre real que cayó todos vimos en la imagen congelada transformado en flecha dirigida al corazón del mundo:
“…colgando por encima de la calle, cabeza abajo. Llevaba un traje de ejecutivo, tenía una rodilla levantada y los brazos pegados al cuerpo. Apenas se veía el arnés de seguridad, que le asomaba por la pernera recta del pantalón y estaba anclado al riel decorativo del viaducto. Le habían hablado de él, un artista callejero al que llamaban El Hombre del Salto. Había hecho varias apariciones la semana pasada, sin previo aviso, en varias partes de la ciudad, colgado de una u otra estructura, siempre cabeza abajo, con traje, corbata y zapatos de vestir. Traía a la mente, por supuesto, aquellos siniestros instantes dentro de las torres en llamas, con la gente cayendo u obligada a saltar.”
La imagen que captó Drew de inmediato pasó a formar parte de nuestra contemporaneidad, devino marca, símbolo de la caída del hombre occidental, del ejecutivo trajeado que toma café en la oficina de un rascacielos en cualquier ciudad de nuestro mundo contemporáneo. Pero así como la contemporaneidad necesita un estar fuera del presente para poder ser vista, así esta imagen no traduce un pasado fijado en el presente por medio de la imagen, podría decirse que ella también vino del futuro y nos proyectó a él en forma de imagen oracular de la caída de todo un régimen epocal: el desplome de las bolsas, el colapso económico del capitalismo.
La caída del hombre, el alzamiento de la novela
Es cierto que este escritor tiene una larga trayectoria novelística comprometida con el acontecer político como en Libra y Submundo, sin embargo la mesurada y eficaz potencia narrativa de DeLillo en esta novela es más que contundente. La novela está tan bien escrita que incluso resiste algunas limitaciones de la traducción que comienzan con el título y que hacen que la versión en español a veces se vea mermada. Sin embargo, la prosa mesurada, la metáfora hiper-lúcida, los diálogos que siempre dicen lo que dicen pero dicen algo otro, algo más, logran encontrar su forma en nuestra lengua. Pocas escrituras narrativas tan eficaces, tan dueñas de sí mismas, de tanta fuerza y tanto dominio de la producción simbólica de nuestro tiempo como la de DeLillo.
Otro de los grandes aciertos del escritor además del acierto de la producción simbólica y de su narrativa es la de evitar cuidadosamente el sesgo maniqueo o el retrato del mal. DeLillo comprende que para poder ver algo hay que ir mucho más allá del juicio sobre lo qué el bien y el mal pueden ser o qué forma pueden adquirir, sabe de la inutilidad y de la imposibilidad de dicha empresa. Ya lo había dicho Jean Baudrillard en ese ensayo titulado “El espíritu del terrorismo” en donde dice:
“Creemos ingenuamente que el progreso del Bien, su ascenso al poder en todos los ámbitos (ciencia, tecnología, democracia, derechos humanos), corresponde a una derrota del Mal. Nadie parece haber comprendido que el Bien y el Mal ascienden al poder al mismo tiempo, y siguen el mismo movimiento. El triunfo del primero no conlleva la desaparición del otro, sino al contrario. Al Mal lo consideramos, metafísicamente, como un error accidental. Pero ese axioma, del que se desprenden todas las formas maniqueas de la lucha entre el Bien y el Mal, es ilusorio. El Bien no reduce al Mal, ni a la inversa: son irreductibles el uno para (con) el otro, y su relación es inextricable. En el fondo, el Bien no podría darle jaque al Mal más que renunciando a ser el Bien, puesto que al adjudicarse el monopolio mundial del poder lleva consigo un efecto de retour de flamme de una violencia proporcional.”
Ahí reside una de los mayores hallazgos de la novela y es que en las posturas opuestas de la víctima que salva su vida en el ataque terrorista y el terrorista quien da sentido a su vida en el acto de la muerte hay un juego de espejos en el que el escritor con una lucidez maliciosa, hace coincidir ambos perfiles lanzando de esa forma un dardo envenenado cuando apunta la posibilidad de que los supervivientes a los atentados hayan sido inoculados no sólo por pequeños fragmentos de vidrio, sino partículas de los cuerpos, materia viva, células que contienen adn, de los terroristas que hicieron explotar los aviones. De esta manera las células de los inmolados se habrían impactado y fundido en los cuerpos de quienes ese día sobrevivieron al derrumbe.
Pero eso no es todo, DeLillo hace de la caída de Keith un descenso interminable y fuera del tiempo, pues ha comenzó antes del acontecimiento y seguirá su curso después de él; mientras que la caída Muhammad el terrorista, tampoco termina con el impacto del avión secuestrado: su información genética no sólo ha sido introyectada a miles de otros cuerpos que siguen viviendo sino que el poder de destrucción de su actuar, el alcance de la violencia proporcional, que diría Baudrillard, ha podido ser observada por todos los habitantes del planeta y ha pasado a formar parte del imaginario global.
Quizás la diferencia entre lo que representan Keith y Muhammad, el límite que separa el bien del mal (si se puede llamar así o si esto existe) es que en el caso de Keith, a pesar de estar desorientado y confuso continúa su proceso de búsqueda, su conciencia ha podido emerger de entre las cenizas y los escombros y a pesar del derrumbe la urgencia de reconstruir para sí una promesa de vida está maltrecha pero todavía tiene un futuro posible.
Como lo tiene la novela, a pesar de que muchos escritores se hayan empeñado en escribir su acta de defunción. La prueba es este libro que quise recomendar fallidamente a una amiga y en el que se narra una tragedia del hombre occidental contemporáneo, su salto al vacío, pero en el que la novela se alza y alcanza a ficcionar, gracias a una lectura aguda, los “recientes acontecimientos” y sus consecuencias dotándolos de nuevos valores simbólicos dentro de un nuevo paisaje político-económico y afectivo en el que podríamos reconocernos. Pues en la búsqueda personal irremediable y eterna de ese hombre, de ese otro que soy está sentenciado que “la caída no tendrá fin.”
Enviado el 05 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
