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Diciembre 10, 2008
Mover conciencias- Ruth Estévez
Originalmente en Replicante
León Ferrari, Obras 1976-2008
Sorprende y al mismo tiempo preocupa que una imagen, un collage cargado de recortes simbólicos, pueda disparar la indignación del poder frente a muchos años de silencio e impunidad, burla constante hacia los millones de crímenes sucedidos, los constantes desaparecidos, el asalto vil a cualquier derecho, a la aniquilación más directa de la agencia personal... En 2004, cuando León Ferrari hace su retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, ciertos organismos de poder se ofenden ante las imágenes mostradas y el conflicto entre víctimas y verdugos se pone nuevamente sobre la mesa.
¿Acaso no hay ya hechos evidentes, archivos y declaraciones que puedan dar buena cuenta de todo lo que acarreó la dictadura en Argentina? Resulta increíble que un cúmulo de metáforas sean las causantes del revuelo que se armó a raíz de aquella retrospectiva de Ferrari; algunos lo vieron como un profeta que venía a refrescarnos la memoria, otros como un oportunista, para otros un blasfemo. También para muchos León se convertía en un héroe; para el mainstream internacional, Ferrari se vuelve un consagrado, a pesar de que ya tenía una carrera de más de cincuenta años de trabajo. En pocos meses, León recibe el León de Oro de Venecia y se le reconoce por esa trayectoria, un artista que hasta hace poco contaba tan solo con algunos fans furtivos, aunque ya fuera una de las figuras clave del arte en Latinoamérica.
Pero si es la única manera de mover conciencias, que así sea.
En su longeva carrera, León Ferrari ha sido tan coherente en sentimientos que su sencillez y discurso directo se justifica en cada una de las obras. No hay complejidad ni rebuscamientos en el gesto poético de este artista, implacable a la censura. Utilizando la fuerza del lenguaje iconoclasta, Ferrari mantiene un discurso accesible para el público; la belleza plástica que acompaña cada uno de sus trabajos hace posible una lectura amable de las cosas, manejando al espectador paulatinamente al objetivo directo de su mensaje, inmanentemente político.
En sus trabajos, Ferrari se convulsiona ante la justificación del Ejército y de la Iglesia al hablar de todos aquellos sucesos: “secuelas dolorosas del pasado”... como si todo lo sucedido hubiera sido una equivocación inocente. ¡Qué poco dura la memoria histórica! La permisividad para olvidar y remendar el presente es pasmosa; sin embargo, la conciencia de las nuevas generaciones se construye a través de esa impunidad, en una versión edulcorada de los hechos.
Pero este discurso directo ha sido catalizado con los años. El bloqueo y la rabia, la indignación, ha ido encontrando sus formas. Las heliografías y planos que hizo en los años setenta muestran la génesis de una sociedad enclaustrada, acobardada y enmudecida. Laberintos sin salida por los que caminan pequeños hombrecitos, vehículos, mobiliario urbano y doméstico, que representan una exégesis de la situación que se estaba viviendo en Argentina durante la dictadura. Para León era sumamente difícil explicar el dolor, sólo pudo canalizarlo por medio de una metáfora claustrofóbica, plataforma de la locura, soterrada imagen del individuo postergado y servil que parecía no darse cuenta de lo que estaba sucediendo.
Antes de su exilio a la ciudad brasileña de São Paulo, León recopila una serie de noticias que informaban sobre la extraña aparición de cadáveres mutilados, estrangulados o acribillados en las regiones colindantes con Argentina.1 Como inmundicia se les encontraba camuflados en vertederos, playas o tirados en las calles de la ciudad, como fase intermedia de un exterminio global.
Esas noticias aparecían publicadas en aquellos diarios que conseguían pasar el delicado filtro de la censura,2 o travestidas como nota amarillista y del horror. Escribe Ferrari que esas noticias explicaban “el clima que vivía la población y del grado de conocimiento que tenían quienes lo justificaban con un por algo será, nuevo Código Penal de los represores y de su feligresía, expresión que luego de los juicios se reemplazaron por un cínico nosotros no sabíamos”.
León Ferrari editó cuatro ejemplares en 1976 y tres en 1984. En 1992, con motivo de la exposición 500 años de represión, realizada en el Centro Recoleta, imprimió las primeras cuatro copias, titulándolas irónicamente Nosotros no sabíamos.
Este vasto collage periodístico representa abiertamente un documento de la barbarie de los primeros siete meses de la dictadura militar. La lectura de estas páginas provoca un contacto inmediato, directo y escalofriante con los métodos que utilizó en su accionar el terrorismo de Estado en Argentina.
Pero no todo proviene de un marco contextual cerrado. El trabajo de León se esparce en la génesis de toda una civilización: los delitos del proceso Occidental y Cristiano en los que se habla en la serie Nunca más son la ilustración cruenta de los crímenes que se han cometido a lo largo de la historia y la religión de Occidente; historias que se cuentan a través de mitos como el Infierno, el Diluvio o el Apocalipsis, estableciendo comparaciones con La Inquisición, la Conquista o el nazismo.
Ferrari utiliza las pinturas y grabados de artistas del pasado, donde se reproducen los crímenes perpetrados por sus coetáneos: Berruguete ilustrando las pruebas de fe de la Inquisición española, la caza de brujas de Durero o la quema de judíos retratada por Gottfried Schedel. Eso sin contar las numerosas iglesias que decoraron sus minaretes y bóvedas con feligreses castigados por herejía, en un espectáculo infernal.
En sus cartas al Papa,3 Ferrari, junto con otros 150 artistas y escritores, lo increpan para que reflexione sobre esa injustificada amenaza apocalíptica. Enviadas en 1995 y 1998, respectivamente, nunca tuvieron respuesta. Ferrari cuestiona para recapacitar. No es una reflexión cargada de rencores. Es un acto de cuestionamiento infinito, donde lo importante es no volver a caer en los mismos errores globales y analizar anímica pero también históricamente cuáles son los orígenes de tanto horror. Aunque el artista admite los límites del arte en su inmunidad buscada, no justifica la desidia.
Hace apenas unos meses se cerraba la exposición de León Ferrari en el Museo de Arte Carrillo Gil (León Ferrari, Obras 1976-2008), después de dos meses y medio abierta al público. En la exposición, curada por Andrea Giunta y Liliana Piñeiro, se mostraba, a pesar de no incluir algunas importantes obras de gran formato del artista, una buena representación de las líneas de trabajo: sus series Nunca más, El Oservattore Romano, Relecturas de la Biblia y el Nosotros no sabíamos; algunas de sus cartas al Papa, heliografías, esculturas y videos. Nuevamente Ferrari puso sobre la mesa cuestiones críticas que bien pueden aplicarse al ámbito cultural en México. No hubo ningún tipo de reacción. Ni un solo comentario. Al margen de la inexistente política cultural, es preocupante que no hubiera respuesta alguna a estas imágenes contundentes más allá de las reseñas explicativas, traducciones simplonas del periodismo exprés que nos rodea. ¿No era suficiente material como para haber provocado al menos algunos cuestionamientos? Cansados estamos de aquellos que escriben arremetiendo contra el arte con la misiva implacable de que no habla sobre nada importante, quejándose sobre su cualidad estética, martirizando su impotencia política. Cuando se plantea una contraparte, una oportunidad de sonsacar argumentos, todos enmudecen. ¿significará esto que da lo mismo que se presente, que la maquinaria crítica está completamente clausurada? No hay forma de mover conciencias...
Notas
1 Las ciudades uruguayas de Colonia y Montevideo, en El Palomar, en Bahía Blanca, en Parque Centenario, en el Obelisco, en una playa de estacionamiento en el barrio de San Telmo, en el Congreso, en Córdoba, en San Fernando, en el Borda.
2 Las noticias se publicaban en casi todos los diarios de Argentina (Buenos Aires Herald, Clarín, Crónica, La Nación, La Opinión, La Prensa, La Razón, La Voz del Interior).
3 A raíz de la noticia publicada en 1995 en el diario La Nación, en la que el Papa recomendaba meditar sobre el tema del Juicio Final, varios feligreses se reunieron en la Capilla Sixtina para meditar sobre la moral y las conductas de los atormentados personajes de la pintura de Miguel Ángel. De allí surgió la idea de organizar una asociación, el CIHABAPAI, que se ocupara del más allá y pidiera al Papa la anulación de aquel Juicio.
Enviado el 10 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
