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Diciembre 21, 2008
"No sólo sé que no sé nada...
ni siquiera sé que no lo sé»: Gonzalo Suárez
Entrevista de Jesús Marchamalo
Originalmente en abc.es | ABCD
Hace tres años, su hija Anne-Hélène Suárez y Salvador Foraster decidieron espigar el cine y la literatura de Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) en busca de las máximas y sentencias que ha ido deslizando en su obra a lo largo de los años. El resultado es El secreto del cristal (Fernando Villaverde Ediciones), un libro que recoge algo más de trescientos aforismos y desafueros, según señala el subtítulo, que construyen una peculiar autobiografía montada con retazos de películas, frases de novelas y anotaciones en diarios y cuadernos inéditos.
Dice que este libro ha sido una sorpresa. Suena raro siendo el autor.
Es un libro que ha nacido sin esfuerzo, que me han dado prácticamente hecho, desde la búsqueda de los aforismos hasta la elección del editor, para quien propuse a mi vecino de abajo, con quien juego al dominó. Me gustaría que todo fuera así, que en las películas pudiera olvidarme del guión y tener la sensación de que las cosas, sencillamente, suceden, y en literatura otro tanto. Y El secreto del cristal ha sido, en este sentido, una sorpresa agradable, delatora, además, de las veleidades literarias que tanto se me reprochan, y demuestra a quienes me acusaban de ello que tenían toda la razón.
¿Era consciente, antes de «El secreto del cristal», de que su literatura, su cine, sus escritos estuvieran tan llenos de aforismos?
Sí entendía que a menudo tenía querencias shakesperianas, salvando las distancias, y que deliberadamente he hecho que mis personajes, tanto en los libros como en el cine, hablaran de forma impúdicamente literaria, porque si algo me aburre son esos personajes que se expresan en la ficción como en la vida misma. Pero nunca tuve conciencia de que hubiera tanto aforismo en mi obra, lo que puede dar, por cierto, una falsa impresión de mí como hombre sabio.
Sí, porque leyéndolo se puede perfectamente pensar que es usted un pozo de sabiduría.
Eso pone de relieve que debemos desconfiar de nuestras impresiones, y sobre todo, de los que exponen sus seguridades. He dicho más de una vez que no sólo sé que no sé nada, sino que ni siquiera sé que no lo sé.
Éste es un libro hecho de fragmentos, una biografía construida un poco al modo del monstruo de Frankenstein, con retazos de aquí y allá. ¿Se reconoce?
Tengo la sensación de que me han cazado con trescientos disparos, que es el número de aforismos finalmente seleccionados. Me ocurre con este libro que lo leo, y lo releo, y es como si no lo hubiera escrito, como si fuera algo casi ajeno. Lo veo como una de esas fotos que te hacen sin que te des cuenta, para las que no posas, y de las que dices cuando las ves: ¡Caray, qué bien he salido!
Mirando el índice temático llama la atención comprobar que los asuntos más recurrentes no son el cine o la literatura, sino la muerte, el tiempo, los sueños. ¿Son sus grandes obsesiones?
Se ve que sí. Es verdad que en la selección predominan, y son las cuestiones que más me preocupan y que me producen la sensación de sentirme un ser inerme ante ellas. El cine me interesa de una manera colateral. No me dice nada su parte comercial -las salas, las butacas, las palomitas-, sino que me interesa lo que tiene de herramienta para soslayar, para explicar la realidad, lo mismo que las palabras.
Hay de todo en sus aforismos pero, por resumir, podría decirse que son una mezcla de poesía, humor, filosofía e impertinencia.
Algo de eso hay, sí. Los aforismos tienen la ligereza de la poesía y la contundencia del pensamiento, se mueven en ese territorio fronterizo. La particularidad de los de este libro es que son impremeditados, espontáneos, y de hecho, ahora, cada vez que se me viene uno a la cabeza, se me dispara inmediatamente la alarma, porque no querría acabar militando de hombre ocurrente, diciendo todo el día frases lapidarias.
¿Cuál es el que más le gusta?
Me gustan muchos, o me sorprenden, o me interesan. Por ejemplo: «Si uno sueña que está soñando necesita despertar dos veces y nunca está seguro de haber despertado de verdad».
A mí me resulta muy sugerente éste: «Cada gota de lluvia cae siempre en el centro de la diana». Es muy zen.
Está sacado de un cuento, inédito, que escribí para mi hija Elsa, y que tengo por ahí encuadernado, manuscrito y con dibujos, firmado con un seudónimo con el que soñé hace tiempo, Olaro.
También ha ilustrado el libro. ¿Qué relación tiene con la pintura?
Hubo una etapa, hace años, en que, incitado por los expresionistas, me dediqué de forma obsesiva a pintar, luego me marché a París, y lo dejé. De aquella época no conservo prácticamente nada porque vendí todos los cuadros a un amigo para pagarme el viaje. Eso es un amigo. Sólo tengo un autorretrato, y un par de cosas más. Cuando comencé a dibujar para el libro, me costó encontrar lo que quería hacer. Al final salió en poco más de veinte minutos, y son dibujos hechos con carboncillo, muy rápidos, muy de trazo, y que tienen una cierta unidad, que era lo que pretendía.
¿Y esa faceta inesperada, curativa, del libro? ¿Es cierto que ha producido sanaciones?
Sí. Tras su lectura, el editor recuperó la movilidad del brazo, que había perdido tropezando con un bolardo en la calle. Una curación casi milagrosa que le permitió enseguida volver a jugar al dominó. De momento no ha habido noticias de más, pero el libro acaba de presentarse. Vamos a ver.
Enviado el 21 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
