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Febrero 02, 2009

Revolutionary Road: se acabó el sueño, llega la pesadilla - FRANCISCO GARCÍA PÉREZ

Originalmente en La Nueva España lne.es

Coinciden en primera fila del mercado cultural la aparición en castellano de Revolutionary Road, novela de Richard Yates, y el estreno de la película de Sam Mendes basada en la misma y protagonizada por Kate Winslet y Leonardo DiCaprio: dos despiadadas visiones sobre el fin de los sueños, la mediocridad en pareja, la hipocresía social y el conformismo.

road.jpg El sueño era el siguiente: los niños adoran a papá y a mamá; mamá y papá se sientan ante el televisor junto a los adorables pequeños; el abuelo, algo cascarrabias pero adorable, permanece retirado, ojeando su colección de sellos y cargado de consejos adorables; la tele emite adorables series de dibujos animados; el adorable papá acaba de llegar del trabajo y la adorable mamá tiene dispuesta la cena y la casa, como un jaspe; no hay problema que el vigoroso papá no pueda solucionar; no hay emoción que la dulce mamá no sepa comprender; a la adorable casa en la que viven la rodea un cuidado césped, envidia sana de los adorables vecinos. Ése es el mundo tan fantástico que los Estados Unidos quisieron construir para sí mismos y para sus países satélites tras la II Guerra Mundial. Pero todo un mar de fondo destructor arruinó esa superficie idílica, compartimentada, estructurada y, a fin de cuentas, imposible. Pasados los años, pasados Corea, Vietnam, el 11-S y Bush, ¿qué queda de aquel modelo familiar querubínico, violinístico, irreal, un arquetipo que no tuvo en cuenta las perversas tendencias del ser humano, su crueldad, su tendencia al engaño, su concepción del mundo como agresivo combate, su empozada hipocresía? Muerto el sueño cursi, sobreviene la pesadilla real.

En 1961, Richard Yates publica su primera novela, Revolutionary Road, donde explora ese cambio de mundo, esa caída en el abismo. Pertenece al grupo de escritores como J. D. Salinger, Cheever, Capote, E. L. Doctorow, y quizá también Updike, Carver o Sontag, que tomaron como misión el escrutar a fondo la familia norteamericana como semilla de maldad voluntaria o involuntaria. Era escribidor de los discursos de Bob Kennedy (hoy le llamaríamos «negro», siendo políticamente incorrectos, o «escritor fantasma», adecuados a los tiempos) y hubo de vivir el asesinato del hermano presidente, un nuevo carpetazo al sueño americano. Sin tanta suerte mediática en España y en su país como sus colegas de generación, aunque compartió el retraimiento social de muchos de ellos y el abuso del alcohol de casi todos, parece haberle llegado su hora de fama con la traducción de dicha novela en Alfaguara (Vía revolucionaria, 364 excelentes páginas, con muy escasas caídas de tensión) y la aparición casi simultánea de Las hermanas Grimes, título que la editorial prefirió al original, El desfile de Pascua, vaya usted a saber por qué.
El gusto por adentrarse en las tinieblas de la clase media ya lo manifestó el cineasta Sam Mendes con su celebrada American beauty, quien prosiguió hablándonos de la familia en Camino a la perdición, antes de la irregular y bélica Jarhead. Ahora, se estrena su adaptación de Revolutionary Road, que, sin optar abrumadoramente a los «Oscar», dará muy mucho que hablar.

La trama

En una antigua entrevista, Yates se explicaba: «El título sugiere que el camino revolucionario de 1776 (independencia de los Estados Unidos) muere para muchos en los años cincuenta». Pero si nos atenemos al sentido literal en la película y aún más en la novela, Revolutionary Road es una avenida de cierto tono, de cierto sí, pero no, cercana a una autopista y a una reciente urbanización de menor fuste, cerca de Nueva York. En una de sus casas viven April y Frank, rondan la treintena (estamos a mitad del siglo pasado) y son padres de la parejita del tópico. Se tienen a sí mismos por cultos y superiores a sus vecinos, al ordinario Shep y la corta Milly, al matrimonio Givings y a su hijo esquizofrénico. De hecho, no quieren permanecer para siempre en Revolutionary Road y es April la que decide que establecerse en París sería una buena idea: París, Europa, un lugar donde su marido podría desarrollar todo su potencial, cree ella, abandonando su trabajo de oficinista remolón y gris en una empresa de la ciudad. Todo parece ir bien durante la preparación del cambio de continente, pero una promesa de ascenso en el trabajo, un nuevo embarazo de April y, sobre todo, su radical mediocridad frenan a Frank. Ya tiene una amante esporádica (la también tópica secretaria simple), unos amigotes con quienes beber… ¿para qué cambiar? ¿Por qué no permanecer anclados en Revolutionary Road, para qué tanto jaleo, tanto riesgo, tanta incertidumbre? Por supuesto, Frank hace los mayores equilibrios manipuladores para culpar a April por haberse agostado el sueño europeo, pero, como no podía ser menos, su cobardía y la subsiguiente caída de la venda que en los ojos tenía su mujer abren las puertas de la tragedia.

El bosque petrificado

Apenas da valor significativo la película y sí un poco más la novela a que Revolutionary Road comience con la representación por parte de un grupo aficionado, del que April y algunos de sus vecinos forman parte, de El bosque petrificado, la famosa obra teatral de Robert E. Sherwood, llevada luego al cine. Cuenta esa pieza la historia de Gabby, la camarera con sueños de viajar a París para estudiar Arte, atrapada (o petrificada) en un local en que acierta a caer el ya derrotado (o petrificado) Alan Squirer, a quien trata de convencer para que la acompañe. La representación constituye un gran fracaso, debido al poco nivel escénico mostrado por el elenco, un fiasco que irrita profundamente a una April que se sentía más preparada, mejor que el resto. April, pues, fracasa en una representación teatral sobre una mujer que sueña con huir a París con su hombre: toda una síntesis anticipativa de lo que ocurrirá en su vida, y que la novela y la película pasarán a contarnos. Yates, en efecto, da relevancia al porqué de comenzar así la novela, antes de desplegar una técnica narrativa clásica (tres capítulos: exposición, nudo, desenlace), pero demoledora.

Un narrador omnisciente va siguiendo a cada uno de los personajes –demorándose más en la pareja protagonista, como es natural–, enfocando a alguno de ellos el tiempo justo para mostrar su papel en el conjunto y relegarlo enseguida a la función coral, una vez cumplido su cometido de atizar el fuego trágico. Diálogo, sólo el necesario y nunca irrelevante; descripciones, las esenciales: nada de entretenerse en el color de las flores y el trinar de los pájaros; la narración, el motor que hace avanzar este thriller de emociones hacia la catástrofe final, sin perder el pulso, concentrándose en eso que debe ser el deber de un novelista y que tantas veces se olvida: en arte hay que mostrar, no decir.

Tras Titanic

Es esa misma técnica «mostrativa» la que adopta Mendes. Se demora en la mirada de los personajes, con una iluminación exacta para cada ocasión, con el fin de que veamos sin palabras sus procesos internos; se recrea en un ritmo lento pero nunca pesado, para que casi sintamos cómo se va cociendo la explosión final. Y tiene la ventaja de un par de actores en sazón: Winslet y DiCaprio, los mismos de Titanic (hasta hay un guiño cuando Shep apoya su mano sobre el cristal del coche mientras hace el amor con April), pero con una actriz ya perfecta en su papel (como escribió Tino Pertierra en su crítica al filme en este periódico), contenida o desbordante, según convenga, ejemplar, ante quien su oponente masculino no puede por menos que luchar a brazo partido por sostener el tipo dramático. Winslet dicta una lección en cada plano, tejiendo un personaje que algún crítico que de nada se entera ha definido como una nueva Emma Bovary: justo lo contrario. Es posible y probable que otorguen el «Oscar» de actor secundario a Michael Shannon por su papel de perturbado, ya sabemos las querencias de Hollywood, pero la dueña y señora de la pantalla es Kate Winslet, premiada con un «Globo de Oro» por este papel.
Hay muchos detalles de la novela de Yates que Mendes no utiliza, utiliza menos o relega. Hay muchas más charlas «trascendentes» en el libro entre April y Frank: se tienen por dos intelectuales superiores y el novelista nos los muestra en su salsa discursiva. La ruptura del protagonista masculino con su amante eventual se da en detalle: ni se menciona en la pantalla. Asimismo, no se cuenta que los padres de John acaban por dejar de visitarlo en el manicomio, y pierden relevancia los secundarios de la oficina. Sin embargo, hay una completa coincidencia en un detalle abrumador: los niños, los herederos del sueño que no es, siempre aparecen en muy segundo plano, son paisaje necesario, pero sólo paisaje.

Leer y ver

Cabe, por lo dicho, aconsejar con entusiasmo que no se elija entre leer la novela o ver la película. En este caso, óptese por ambas cosas, en el orden en que se quiera. Un gran escritor adaptado por un gran director. En tiempos de nueva crisis (aunque quizá sea la misma de siempre) viene al pelo Revolutionary Road para que reflexionemos sobre la mediocridad, la muerte de las aspiraciones, el alcohol que las adormece, el conformismo, lo oculto y callado tras los muros burgueses, la pareja feliz infeliz, el enorme edificio de la hipocresía, el horror que resulta de su mezcla. Yates decía que «la mayoría de los humanos están indefectiblemente solos y por eso mienten sobre sus tragedias». Como Frank se miente: ¿manipula porque es un cobarde mediocre o es la mediocridad cobarde la que manipula para perpetuarse? Lean y vean.

Enviado el 02 de Febrero. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

LEONARDO DICAPRIO Y KATE WINSLET SON EXCELENTES ACTORES LOS ADMIRO MUCHO ESPERO QUE VUELVAN A ESTAR EN OTRAS PELICULAS JUNTOS


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