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Febrero 18, 2009

Arco'09, pasa página - Fernando Castro Flórez.

Originalmente en ABCD

N_arco2009_india.jpgEl curioso caso de «Benjamin» ARCO. No me refiero a Walter Benjamin, al que he visto en el stand de Tomás March leyendo en una biblioteca con su cosmovisión de alegorías barrocas en torno, sino al extraño Benjamin Button, que nació viejísimo para convertirse al final del lacrimógeno cuento de David Fincher en un rechoncho bebé. No es tan rara esa regresión infantil; al contrario, es algo que puede constatarse cotidianamente. Son legión los que desde el comienzo de sus días eran el exponente de la ranciedad absoluta. También es cierto que escasean aquéllos que consiguen recuperar con el pasar del tiempo la inocencia, la curiosidad y el vigor.

Pero que vamos para atrás no lo puede negar nadie, y que el instante decisivo o hermoso no puede detenerse por culpa del pacto mefistofélico es algo que produce una desazón abismal. «ARCO ya no es lo que era» puede sonar como el topicazo perfecto o la manifestación de una mentalidad nostálgica. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que ya no podemos encontrar en la feria casi nada de aquello que hizo que las masas quisieran fatigar hasta límites insospechados sus piernas y sus ojos. Finalmente, todo es correcto o mediocre. Lo mismo reaparece en una suerte de antiheroico eterno retorno sin tragedia y, por supuesto, lejos de la euforia.


Donde sucede la cosa. Alguna mente preclara ha decidido añadir ahora el topónimo Madrid para que todo el mundo sepa donde sucede la cosa. Justa medida para una época que ha reinstaurado el centralismo político y mediático. Acaso sea también la confirmación de que no pintamos prácticamente nada en el orden artístico internacional. Porque ha desaparecido poco a poco la presencia de galerías iberoamericanas y, en general, extranjeras. No es el resultado de la crisis, sino el de una estrategia de «países invitados» errática incapaz de producir algo que podría llamarse «fidelización». ¿Qué se sacó en claro de la presencia australiana, de los tipos de Gran Bretaña o de los coreanos pasados unos años de su participación? Lamentablemente, nada de nada. Y en el caso de Iberoamérica, es mucho más
preocupante porque parecía que aquel área cultural estaba marcada como «prioritaria», esto es, podría haber sido nuestro ámbito de intercambio natural aunque fuera por esa cosa tan húmeda de la lengua. Tras el desastre espacial del año pasado, que quedará en los anales como la edición de ARCO más sectaria y caótica de cuantas se han celebrado, decidieron volver al redil. Aunque eso no ha supuesto otra cosa que una aparente mejoría. Estamos -como en la película del guaperas Brad Pitt- siempre fuera de escala, en un «destiempo» casi ridículo. En la última convocatoria de Rosina Gómez Baeza montaron unas callejuelas de bazar oriental con chill out spaces que eran la materialización diamantina de la cursilada.

¿Qué sobra? ¿Qué falta? Ahora han abierto unas avenidas que producen pánico. O sobra espacio o faltan galerías. Han «rectificado» readmitiendo a algunas que nunca debieron ser maltratadas y han bajado del barco antes del naufragio un montón de tripulantes. A las puertas siguen una serie de profesionales del sector que tienen méritos sobrados o superiores a algunos de los que se pavonean indecentemente en los desangelados pabellones. Tanto retranqueo de paredes, tanta vaciedad, e incluso ese poner los stands en la zona India como si fueran dados caídos sobre el tapete, terminan por producir la sensación de que se dan palos de ciego sin comprender que todo es más fácil que como arquitectos, diseñadores y directiva de ARCO piensan.

Como les gusta decir a los de «Muchachada Nui» estamos en pleno mundo viejuno. La frase de moda es: «¿Cuánto descuento me vas a hacer?». Aunque te dediques a tatarear algún arcaico tema de Supertramp (nunca estará más de moda el Crisis What Crisis?), la cantinela ortodoxa es la de las plañideras que, por una vez, no carecen de razón ni de trabajo. A falta de talento y de ideas, lo oportuno es quejarse y buscar «culpables». Con todo, en un recorrido que culmina en un terrible dolor de espalda, me han «seducido» algunas (pocas) cosas que enumero.

La pieza específica de Juan López (La Fábrica); la delirante osadía de Karmelo Bermejo, que quiere hacer una especie de fontanería sustitutoria o alquímica en casa de los ansiados coleccionistas (Maistierravalbuena);los dibujos anatómicos de Ángeles Agrela y las calaveras en hórror vacui de Antonio Sosa (Magda Bellotti); el pesado de Hirst, que se suicida en la versión sarcástica de Eugenio Merino (ADN); las esculturas informes de Wilhelm Mundt y las balas convertidas en sutiles hilos de Cornelia Parker (Carles Taché); el hombre esforzado que carga con la luz en el imaginario espléndido de Bernardí Roig (Mario Mauroner); el recorrido por la vida del hamster que plantea Luis Bisbe (Moriarty);la instalación procesual de Ruiz Infante y las alegorías arquitectónicas de Garaicoa (Elba Benítez); el montaje de loza de Diego Santomé (Pilar Parra)...

De bosques y árboles. Continúo: los árboles realizados con billetes usados de Máximo González (Travesía Cuatro); el bosque calcinado con la locura de Pep Llambias (Studio Trisorio); la arquitectura móvil de Gruber y el imaginario barroquizante de Serzo (Siboney); las lágrimas de aguas pescadas por Ricardo Calero; los dibujos perforados con alfiler de Amparo Sard y las magistrales composiciones de Chema Cobo (Miguel Marcos); el cuadro maravilloso y sobrio de Soledad Sevilla (Soledad Lorenzo); la escultura especular de Sinaga (Trayecto); los «cuadros» de Perianes devorados por bichitos (Ad Hoc); el vídeo de PSJM sobre las guerra de ejércitos corporativos (Espacio Líquido); los cables telefónicos de Daniel Canogar y las fotos soberbias de Dionisio González (Max Estrella); los dibujos de Arrechea (Casado Santapau); el viaje polar de Pamen Pereira (Altxerri); los ensamblajes de Jacobo Castellano (Fúcares) o el cuadro que alegoriza todo de Anne Berning (Espacio Mínimo), una especie de portada de catálogo en el que se lee «Casi nada» con la famosa ampolla duchampiana de «aire de París».

Estaba riéndome con Martín Lejárraga y Verbis junto a su escultura (Rafael Ortiz) cuando, a lo lejos, desde un pasillo, Lourdes Fernández, me hizo un gesto cariñoso: movió la mano como si amenazara con darme una azotaina. Supongo que estaba haciendo algo mal o, con toda justicia, pensó que soy un infantil. Terminará por ser verdad de la buena lo de Button. Volveremos a ser unos mamones.

Enviado el 18 de Febrero. << Volver a la página principal << | delicious

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