« Anotaciones al margen y otros crímenes - J A M | >> Portada << | Tonos, planetas, sirenas - Eugenio Trías »

Mayo 30, 2009

El fin de una guerra - Mercedes Monmany

Originalmente en | abc.es | ABCD

Sandor Marai.jpg
Nacido en Kassa, una pequeña ciudad hoy perteneciente a Eslovaquia, en el seno de una familia de la minoría sajona, el que más tarde sería el célebre y aclamado escritor Sándor Márai creció en un ambiente bilingüe germano-húngaro, entre volúmenes de una biblioteca paterna que alternaba a Goethe y Schiller con poetas como Petöfy y Arany, tal y como narraría en sus espléndidas memorias, tituladas, de forma provocativa y casi programática, Confesiones de un burgués (Salamandra). Autor extraordinariamente prolífico, que escribiría unas treinta novelas, además de varios volúmenes de excelentes diarios, la burguesía, culta, cosmopolita y civilizada, sería su orgullosa reivindicación y parapeto ideológico frente al sórdido y despótico régimen comunista, que prohibiría sus obras y que sería instaurado tras finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Lúcido, pesimista y extraordinariamente dotado para reflejar la tensión dramática de un mundo a punto de desaparecer, fue un verdadero maestro a la hora de retratar ese obsceno transformismo o traspaso de poderes. Y lo llevó a cabo con una pasión y una enorme exigencia de profundidad psicológica, que no desfallecía jamás, obra tras obra.

Testigo implacable.
Su rigor moral y su sentido crítico e insobornable de la coherencia íntima le harían convertirse en testigo implacable y demoledor de aquella misma clase burguesa que lo había visto nacer y que él había acabado convirtiendo en centro de su gran y sutil literatura. Una literatura que haría propia la fórmula del vienés Hofmannsthal de esconder la profundidad en la superficie.

En 1919, Márai deja Hungría en un primer período de exilio voluntario, cuando apenas tiene veinte años. Tras pasar por Fráncfort y Berlín, llega a París, donde tiene pensado pasar sólo tres semanas. Se quedará seis años, junto a una joven de su ciudad, con la que acaba de casarse. Cuando regresa a Budapest a finales de los años 20, siendo ya un escritor de talento reconocido, comienza a publicar intensamente: novelas, relatos de viajes, ensayos, poemas en prosa, obras de teatro, su autobiografía y cientos de artículos para la prensa. Será en esa misma época, en 1930, a los treinta años, cuando publique Los rebeldes, excelente novela de aprendizaje. Una obra que formaría parte del ciclo de «la dinastía de los Garren» (Los celosos, Los ofendidos y La retaguardia), considerado por el autor como lo mejor de su producción.

Bajo tutela.
Los rebeldes es una áspera y desencantada novela de frontera, de profundas metamorfosis humanas «entre el bien y el mal», que atañen tanto al cambio de edad -el paso de la adolescencia o primera juventud a la vida adulta- como al derrumbe y desintegración de un mundo, el Imperio Austrohúngaro, y el paso de una vida civil y acomodada, sin preocupaciones, a la inminente entrada en la vida militar.

Unos meses antes del desenlace de la Primera Guerra Mundial, varios amigos, señoritos de provincias «aún bajo la tutela de sus padres», recién cumplidos los 18 años, se disponen a correrse sus últimas juergas, seis semanas antes de ser llamados a filas. Márai dibuja de una manera desasosegante y clínica, de febril y angustiosa pesadilla a la espera de algo desconocido, el ambiente opresivo, claustrofóbico y de «putrefacción de la familia» (como diría él mismo en Divorcio en Buda) que planea por la abúlica rutina de la ciudad de provincias donde vegetan los cuatro protagonistas, Tibor, Ábel, Ernö y Béla. Una rutina macabra y casi indiferente propia del final de una guerra, que ya no se espanta por nada: ni por los cadáveres que no dejan de aparecer por las noches, arrastrados por el río, desde frentes lejanos, ni por los hijos de muchas de las familias locales, que regresan mutilados o que ni siquiera regresan.

Como reclusos a la espera desquiciante de algo por venir, llevados por un nihilismo y un instinto de rebelión que cada vez exige de ellos rituales de un riesgo mayor y más descabellado para conjurar el aburrimiento, el rechazo frontal y posiblemente el inmenso pavor que les provoca el ingreso en la edad adulta, la «pandilla» empieza a ingeniar «juegos» cada vez más temerarios y desafiantes: mienten, ridiculizan a sus mayores, roban dinero y objetos cada vez más valiosos y difíciles de restituir de sus casas. También empiezan a intuir que ese afán compulsivo y extravagante de rebeldía, así como el odio feroz albergado hacia el mundo de los adultos que los había unido hasta entonces, quizá era «tan caótico e irreal, e igualmente falaz, que el que habían construido con sus juegos».

Enviado el 30 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario.

[ Netiquette: Protocolo de publicación de comentarios ]

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del administrador del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: