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Mayo 14, 2009

Fuera artistas del barrio. “Clases creativas” y segregación social - Rafael Pinilla Sánchez

Window Blowout 1976 Matta Clark.jpgAntes del éxito global del I love NY de Milton Glaser (1981), el SoHo era un barrio más o menos marginal que atraía a una bohemia, en algunos casos más interesada en un determinado lifestyle, que en el propio trabajo artístico. La historia de ello es bien conocida; el SoHo pasó de ser el siniestro Hell’s Hundred Acres, a convertirse durante la década de los 60 y 70 en lugar de residencia de artistas locales y foráneos, que en un devaluado -y por tanto barato- entorno fabril podían satisfacer la exigencia de estar donde se tenía que estar[1].

Poco tiempo después, en un contexto de progresiva recuperación económica, el reclamo del arte contribuirá decisivamente a que los nuevos residentes -de mayor estatus económico- desplazaran a la población autóctona; la euforia yuppie convirtió las destartaladas fábricas en coquetos lofts, aparecieron las boutiques de lujo, y los artistas acabaron por irse de un barrio que ya no tenía los discretos encantos (baratos) del underground. A día de hoy, cualquiera que se de una vuelta por el SoHo sabe lo que hay.

La “mutación” del conocido barrio neoyorkino es la historia de un proceso, cuyo aparatoso nombre -gentryfication- viene a colación cada vez que un barrio se convierte en el marco idóneo para la ocupación por individuos con un nivel adquisitivo mayor que el de los anteriores residentes . El tema empezó a ocupar la atención de los estudiosos (geógrafos, urbanistas y arquitectos, sobretodo) en la década de los 60-70, cuando en un problemático contexto de crisis metropolitanas, se prestó atención a una serie de dinámicas que se visibilizaban sobretodo en Europa y Estados Unidos, unas dinámicas que parecían remitir a viejos conflictos de clase, aunque en este caso sin derramamiento de sangre.

Al margen de actitudes pioneras susceptibles de interesar a los cronistas del arte, lo que el SoHo vendría a explicitar es la proliferación de entornos posfordistas de desigualdad social; principalmente porque la irrupción de avanzadillas con “fines creativos” tiende a re-situar un área determinada para la posterior irrupción de equipamientos culturales, galerías de arte, locales de ocio, y demás “espacios dinamizadores”. O dicho de otra manera: tras los artistas, la explotación simbólico-material y los espacios de segregación social. Y lo más problemático de todo ello, es que dicho fenómeno no sólo incumbe al ámbito de las denominadas “políticas culturales”.

Hay que remarcar que no sólo la movilidad artística interviene en este proceso de “aburguesamiento excluyente”; es evidente que la llegada de inquietos creadores a un barrio no tiene porqué ser el detonante para convertir un entorno marginal en un emplazamiento de dinamismo económico para individuos más o menos pudientes, estudiantes Erasmus, y turistas ávidos de consumo cultural. De hecho, como el ejemplo del SoHo sugiere, no es tanto el sujeto-artista que busca un lugar para vivir o trabajar, si no más bien la importancia del reclamo del arte lo que juega un papel determinante a la hora de atraer a otros vecinos en busca de estatus simbólico.

Richard Florida, el avispado gurú de la economía progresista lo tiene claro; en su best-seller El auge de la clase creativa constata el potencial de una serie de profesiones -las que se conocen como liberales, artistas incluidos- que podrían ser la esperanza que contrarrestaría los excesos (o limitaciones, según se mire) de la vieja guardia[3]. Ni que decir tiene, que la obra se ha convertido en el libro de cabecera de más de un estadista con ambiciones teóricas, no se sabe si para tener a mano las claves con las que superar la crisis, o para estar al día de lo que hay que hablar. Parece ser que lo demás -la ubicación de esta “nueva clase” y los conflictos que pueda llegar a generar- no plantea demasiados problemas.

Por lo pronto, lo único que se puede afirmar en relación a esta ubicación es que la artistización de un determinado lugar tiende a generar -antes o después- una serie de conflictos urbanos cuyo “rostro social” es la exclusión de sectores económicamente desfavorecidos; una exclusión que favorece los intereses (culturales, económicos, y políticos) de una parte de esa “clase creativa” que Florida celebra con tono optimista. Ni que decir tiene, que esa artistización no presenta visos de remitir ni está restringida a un área determinada: siguiendo una previsible lógica económica, la tendencia que se impone en relación al arte -y habría que decir que la cultura en general- es una creciente descentralización / desterritorialización.

El panorama da para especular sobre cuestiones como la estetización de la realidad, los usos-abusos de la cultura, o incluso volver a recuperar a Foucault para vincular esos usos-abusos de la cultura y el papel que juega en el control gubernamental. Todo ello es pertinente en un momento en que las resistencias a estos procesos socio-económicos no van a ser planteadas desde dicha esfera si no se asumen unos mínimos y se es lo suficientemente consecuente. Hoy más que nunca el arte se ha aliado con el poder en un sentido tan sutil, que muchos siguen creyendo (ingenuamente) en el supuesto potencial crítico de esas prácticas artísticas sin querer ver el destacado papel estratégico que el arte ocupa en la economía global.

Algo de ello no pasó desapercibido a quien puso en una pared un papel con la frase que encabeza este artículo. Su “fuera artistas del barrio”, vendría a expresar un creciente malestar ante una especie segregación social “blanda” que se está dando en tantas y tantas ciudades con la coartada del arte. Seguramente, planteado en unos términos tan tajantes pueda resultar excesivo -sobretodo, porque ese sujeto-artista también necesita vivir en algún sitio-; sin embargo, tras esa contundencia sin matices se encuentra cierta conciencia de clase que sabe ver de dónde provienen unas desigualdades que ya no enfrentan al proletario y al burgués. Hoy día de hoy esas desigualdades presentan un rostro tan agradable que convendría estar alerta. Y por eso, por si acaso: “fuera artistas del barrio…”

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[1] Esto es, la ciudad de Nueva York, la capital del arte moderno, que tan bien se consolidó con el apoyo gubernamental de la administración norteamericana. Para ello, véase Guilbaut, S., De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno, Valencia, Tirant Lo Blanch, 2007.

[2] Producción inmaterial que remite a las prácticas que involucran el conocimiento, la información, o la creatividad. Para una visión optimista de su “potencial revolucionario” véase Hardt, M. y Negri, Antonio, Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio, Barcelona, Random House Mondadori, 2005.

[3] Florida, R., The rise of creative class: and how it’s transforming work, leisure, community and every day life, Nueva York, Basic Books Inc, 2004.

Enviado el 14 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Estimado Rafael:
Me ha sorprendido tu artículo, pensaba que ese proyecto pasó inadvertido.
Donde lo viste? Te acabas de ganar unos ejemplares ¡
un saludo

tena@ibernet.com


me gustaría saber a qué punto responde la nota de pie (2) ya que no está reseñada en el artículo..pero promete ser una patinada como la copa de un pino..


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