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Mayo 24, 2009

Lágrimas de lluvia - Gabriel Albiac

Sobre El rival de Prometeo, edicion de Marta Peirano, Imedimenta Libors. Originalmente en | abc.es | ABCD

DeckardRachel.jpg¿Quién no se enamoró de Rachel? De entre los de mi edad y a inicio de los ochenta. Desde aquel plano larguísimo de su primera irrupción en Blade Runner, todos la percibimos demasiado bella para ser humana. Y sólo lo inhumano es digno de hacer que sin mentir un hombre se enamore. Rachel, en el ascensor, acechando a Deckard que retorna derrengado a casa, con la mueca inequívoca del Philip Marlowe más triste, del agujero más sombrío de la gran novela negra. Deckard, que quisiera ser el Descartes frío que desentraña hombres máquina, perfectos como relojes suizos; y que no es más que un pobre tipo enamorado de una máquina sublime. «Ella morirá», dirá la voz en off del paciente killer, al final de la película? «Pero, ¿quién no?» ¿Quién no? Mejor la máquina. Rachel.

En primorosa edición, Impedimenta acaba de editar uno de los más bellos libros que me he echado a la cara últimamente. En El rival de Prometeo, Sonia Bueno y Marta Peirano antologan, bajo el subtítulo de Vidas de autómatas ilustres, a esos seres perfectos de los cuales vienen los humanos enamorándose desde al menos aquel siglo XVII en el cual Descartes los invistiera de la más intensa simbólica de la edad moderna. Lacan entendería muy bien hasta qué punto aquella apuesta cartesiana nos determina a todos, hombres modernos que nada sabemos ver en los humanos que no venga traducido en la metáfora primordial de los relojes: artefactos de tiempo repetido. Autómatas: máquinas del amor puro, sin tacha, proyectos materiales del amor cortés, a los cuales daría presencia perfecta la aquí incluida Hadaly de Villiers de l?Isle Adam, a la cual yo dediqué el que prefiero de mis libros -y, por supuesto, el menos leído-: Caja de muñecas. ¿A quién amar, sino a la que no existe?

Me he perdido estos días en las páginas de esos seres infinitamente más puros y deseables que los de miserable biología que nosotros somos. En la aritmética perfección del autómata al cual Metzel atribuyó la propiedad de ganar todas sus partidas de ajedrez, y al cual Poe primero, más tarde el maravilloso Walter Benjamin, dedicaron dos de sus más lúcidos textos. En el horror que asedia al personaje de Hoffmann. En la impensable grandeza del que muere evocando una memoria extraordinaria, al final de la película legendaria de Ridley Scott: «He visto cosas que vosotros no podríais creer. [...] Y todos estos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia». Como lágrimas.

Enviado el 24 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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